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Macías se sentó junto al uniformado que manejaba.

– A la Central -dijo.

Arrancaron. El gallego le dedicó una amplia sonrisa al agente de guardia.

– ¿Qué haces? -dijo Etchenaik por lo bajo.

– El que ríe primero, ríe dos veces -aseguró Tony con una soltura desconocida.

Etchenaik iba a contestarle y después suspiró. Nadie hizo ningún comentario.

Luego de observar por unos momentos las nucas rapadas de adelante, Tony García se estiró en el asiento y se quedó mirando pensativamente su pie lastimado.

25. Cantate algo

Cuando Etchenaik salió de la Central de Policía, la tarde clara y soleada no parecía parte del incómodo febrero. El veterano sintió ganas de celebrar algo; que fuese su cumpleaños, por ejemplo. Pero no. Daba lástima desaprovechar tanto cielo celeste y limpio, regalar el aire a la desgracia o los malentendidos.

Cruzó la calle, entró al primer bar que encontró y telefoneó a la agencia. Mientras la campanilla sonaba vio en el espejo su aspecto deplorable. Necesitaba un baño, una afeitada, una cama.

Atendió Tony, tranquilo.

– Hola, gallego.

– ¿De dónde me hablas?

– Macías me acaba de largar. Me dijo que a vos no te iba a retener.

– Casi no estuve adentro… ¿Pero, quién es ese tipo? ¿De dónde lo conoces? Si no es por él, los turros aquellos nos exprimen como una rejilla.

– Es largo. Después te explico; es buen tipo.

– A mí me mandó a la enfermería, me curaron y a la media hora un ofiche me preguntó si podía irme solo. Le dije que sí y le pregunté por vos. No sabía nada. Rajé igual, antes de que se arrepintieran.

– Estuvo bien Macías. No quiso apretarnos por separado para ver si nos contradecíamos.

– ¿Vos qué le dijiste?

Etchenaik se entretuvo observando un Falcon detenido enfrente. El que estaba al volante lo miraba también.

– ¿Me oís? -insistió Tony.

– Sí. ¿Cómo anda la gamba?

– Bien. Exageré un poco nomás. ¿Qué le contaste a Macías?

– Le dije que Duggan era Marcial y que me había llamado. Me prometió guardarse el dato y no usarlo en la investigación hasta que se clarifique algo más. Era lo menos que podía decirle. Si no, no salía más.

– Claro. ¿Venís para acá?

– En media hora estoy ahí… Hay que averiguar todo lo que se pueda sobre Chola Benítez y conseguir localizar a algunos de los que estaban la otra noche. Los peces gordos no… los otros. Encárgate de revisar el archivo y llama a Willy Rafetto y a Robledo de parte mía, con cuidado de no deschavarte demasiado. Ellos te pueden dar puntas, conocen el ambiente.

Hubo una pausa del otro lado, demasiado larga.

– Después quiero decirte algunas cosas que estuve pensando… -dijo Tony.

Etchenaik se lo imaginó sentado en la silla, mirando su pata y temiendo futuras palizas o algún balazo.

– ¿Qué te pasa? ¿Vas a arrugar ahora?

– No, coño… No es eso -y se hizo otra pausa-. Quedate tranquilo que los llamo a ésos.

– De acuerdo. Hasta luego.

– Hasta luego.

Colgó. Tomó un café en el mostrador y salió a la calle. Caminó por Moreno hacia Entre Ríos y el Falcon dobló con él. En la esquina torció a la izquierda y el auto siguió derecho. Se apuró para llegar a Belgrano y se disponía a cruzar cuando un Fiat 128 que salió de detrás de un colectivo le mordió los zapatos y clavó los frenos a dos metros.

La mujer sacó la cabeza por la ventanilla.

– Venga, Etchenaik. Suba.

No la reconoció enseguida. Acaso el pelo recogido, los anteojos negros.

– No se quede ahí. Lo llevo.

Subió y se acomodó junto a ella. La mujer aceleró, se levantó los anteojos y los suspendió en su frente, como las antiparras de un corredor. Sonrió ampliamente y desnudó varias docenas de dientes.

– ¿No se acordaba de mí?

– Hilda Sanders, cantante internacional… -susurró Etchenaik-. Cántate algo, flaca.

26. Volando a Río

La flaca agradeció el chistecito con una levísima reverencia de su barbilla y canturreó algo así como «Feeling».

Etchenaik metió bruscamente la mano en la guantera y agarró un portadocumentos. Ella hizo un gesto sin dejar de sonreír pero oí veterano la contuvo con su mano libre.

– Atendé al volante -dijo-. Y seguí cantando, seguí…

La oscura mujer que se llamaba Itala Sandretti en la cédula se parecía vagamente a la flaca rubia platinada que ahora tarareaba sin ganas a su lado, enfundada en una especie de mameluco verde de lujo, pegado a su cuerpo como la goma tensa de un globo barato de carnaval.

Etchenaik repuso el portadocumentos en su lugar. No dijo nada.

– ¿Sigo derecho? -preguntó la Hilda al llegar a la Nueve de Julio.

– No tengo apuro.

Tomó Bernardo de Irigoyen y avanzó hasta el semáforo de Avenida de Mayo.

– Quiero ayudarlo -dijo sacando cigarrillos obvios, largos y perfumados.

– Gracias.

– ¿Me cree?

– ¿Por qué no?

– Así vamos bien.

Metió la primera y sacó el autito en un viraje. Se mojó los labios con una lengua roja y estrecha que se abrió paso a duras penas entre la dentadura.

– Anda en dificultades -dijo.

– No soy el único.

– Claro que no. Pero a todos no se los puede ayudar. Yo, a usted, puedo.

Etchenaik puso los ojos como Robert Mitchum.

– No sea tonto, no me juzgue mal… Esto es lo que le quiero regalar. -Metió la mano en la cartera y sacó un largo sobre que puso en el asiento, a su lado-. Eran para mí pero no puedo ir. Ahora son para usted y su socio. Sé que no fueron de vacaciones.

Etchenaik abrió el sobre y vio los dos pasajes a Río. Estaba previsto también el regreso.

– Por el alojamiento no tiene que preocuparse. Le puedo dar las llaves de un departamento en Copacabana -las hizo tintinear con un golpecito en un bolsillo del mameluco-. Se queda el tiempo que quiera. Cuando regrese, las dificultades habrán pasado. Volverá a trabajar más tranquilo y un poco más tostado.

Le guiñó un ojo cómplice y atendió al tránsito que se adensó a la altura de Congreso. Sonreía, lo dejaba a solas con el regalo. Esperaba como una tía que acaba de llegar de visita y observa al sobrino deshacer el paquete.

Etchenaik dejó el sobre en el asiento y miró al frente.

– ¿A quién debo la atención?

– Ya le dije que el pasaje era mío.

Etchenaik suspiró.

– Dejémoslo así. Pero me preocupa pensar que soy muy barato.

Ella dobló por Rincón y fue dando la vuelta.

– No me contestó -dijo sin volverse.

– Dígales que Shangai o nada.

– ¿Cómo?

– Shangai o nada.

Ella quedó con la mirada fija al frente. Pasaron algunos segundos y sonrió tristemente.

– Qué tonto -dijo.

Habían llegado a la altura de Congreso por Yrigoyen. La Hilda fue aminorando la velocidad y detuvo el auto junto al cordón de la vereda de la plaza. Abrió la puerta y apoyó los pies en la calle.

– Lo siento en serio -dijo-. El sol de Copacabana le mejoraría las ideas.

– Shangai o nada. Tengo parientes ahí. Además, el clima…

El golpe de la puerta lo dejó monologando.

27. Comida para las palomas

La Hilda se inclinó hacia la ventanilla.

– Espere un momento, gilito… -dijo.

Después se alejó a grandes pasos con su disfraz de chaucha satinada, revoleando la carterita y haciendo ruido con las llaves del auto, del departamento en Copacabana, del Cielo también, probablemente.