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Etchenaik se encontró otra vez solo, mirándola cruzar la plaza desde un auto ajeno y sin libreto. No entendía cómo seguía la historia.

De pronto vio que la flaca se detenía un instante apenas junto a un hombre que daba de comer a las palomas. Acaso le hacía un gesto dirigiéndose a él y seguía viaje.

El hombre, un inofensivo pelado de bigotito recortado, se levantó lentamente y se vino caminando, arrastrando los pies, hasta el auto. Tenía la bolsita de maíz en la mano y las palomas lo seguían. Llegó, se acodó a la ventanilla y metió la mano en la bolsita. Sacó una pequeña pistola y la puso debajo de la nariz de Etchenaik.

– Buenas tardes -dijo.

– Malas.

– ¿Te pasa algo a vos? -dijo el otro arqueando las cejas.

– Paseaba, tomaba sol.

Y Etchenaik sintió que todo era como en un sueño o en alguna de las miles de novelas que había leído. Ahí, en pleno Congreso, alguien apuntaba con una pistola y podía disparar y se acabaría todo y nadie haría nada. Sólo habría un revuelo de palomas.

– No te hagás el piola que te puedo amasijar ahora mismo, chabón. ¿Vos te crees que son giles los que están en esto?

– No. Claro que no.

El otro revoleó la pistola, movió el caño como si estuviera regando con una manguera sobre Etchenaik.

– Agarra lo que te ofrecen entonces.

El sobre estaba ahora otra vez sobre el asiento, como una carta tirada para que la diera vuelta y ganase.

– ¿Y? -el pelado parecía impaciente por volver a su banco a seguir alimentando a las palomas.

– Ando nervioso… El Falcon…

– ¿Qué Falcon?

– El de la cana. Nos siguen desde que salí de la Central.

El tipo hizo un levísimo giro de su cabeza. Fue suficiente. La izquierda de Etchenaik se apoderó de la muñeca que empuñaba el arma mientras la derecha golpeaba dos veces, corta y llena contra la mandíbula. Después dio un tirón hacia arriba con todas sus fuerzas y le estrelló la pelada contra el borde de la ventanilla. Una vez, dos, tres veces. Lo soltó. La pistola rodó por el asiento y el tipo se deslizó hasta quedar tendido junto al auto. Etchenaik recogió el arma y se bajó.

Nadie había advertido nada. Caminó rápidamente cruzando la plaza y se acercó a un Falcon verde estacionado. Los cuatro que estaban adentro lo miraron.

– Muchachos -dijo Etchenaik-. Hay uno para levantar allá, junto al Fiat 128. Apúrense o se lo van a comer las palomas.

Se vino caminando por Avenida de Mayo, serenito y bastante entero pese a todo. Era como si las cosas pasaran demasiado rápido y no pudiera pararse a pensar.

En el kiosco de la boca del subte, en Sáenz Peña, compró «Crónica» y «La Razón» quinta. Revisó las policiales y no encontró más que lo esperado. Con el título a doble columna de «Pichicata a la dinamarquesa», «Crónica» contaba por segundo día consecutivo su versión del crimen del For Export. No había nombres. «La Razón» le dedicaba un recuadro bajo el título «Tour fatal» y ahí se fantaseaba de lo lindo. Hasta se tiraban hipótesis sobre motivaciones y alguna extraña conexión «porno-droga» Copenhaguen-Buenos Aires.

Eso sí: anoche, en Caminito, no había pasado nada.

28. Novela negra

Ya desde el pasillo oyó una voz estridente y tuvo ganas de volverse. Quién sería, a media tarde y en el epicentro del despelote en que estaban metidos. Pero no tuvo tiempo de pensar demasiado. Un segundo antes de abrir la puerta lo reconoció.

– Bienvenido el guerrero de la jungla de cemento -dijo el estridente con un ademán largo-. Pero… ¿Qué veo? Huellas de recientes combates surcan su frente y las consecuencias del insomnio entorpecen sus párpados…

– Qué hacés, Giangreco -dijo Etchenaik al pasar-. Sentate allá y andá guardando todos tus papelitos…

El gallego estaba desparramado en un sillón, de espaldas a la puerta, con los pies sobre el apoyabrazos.

– ¿Por qué tardaste tanto? ¿Adonde fuiste?

– Macías me puso un Falcon. Después hubo un intento clásico de corrupción que desbaraté con sagacidad y estupidez en Plaza Congreso, a cuatro cuadras de esta oficina, el lugar ideal. A los del auto los tengo atrás todavía. Fíjate.

Etchenaik señaló la ventana. Tony no se movió pero el muchacho al que había llamado Giangreco corrió hacia el balcón.

– Ahí están los polizontes -dijo.

Etchenaik se tiró en otro sillón. Señaló el mate que había quedado olvidado en un extremo del escritorio y Giangreco se apuró a poner nuevamente la pava sobre el calentador.

– Detective, ¿por qué no me pormenoriza el caso en que anda? Su compañero de rubro no ha sido muy explícito esta vez.

– Déjate de joder y ceba, pibe. Tres mates, me baño y me voy.

Tony volvió apenas la cabeza.

– ¿Adonde vas a ir? ¿Los vas a sacar a pasear a los del Falcon?

El veterano percibió el aire burlón, las oscuras ganas de pelear del gallego.

– ¿Qué te pasa ahora?

– Nada.

– Ah.

Giangreco le alcanzó el mate y Etchenaik dio dos chupadas largas.

– ¿Y? ¿Me cuenta o no me cuenta?

– ¿Para qué? ¿No terminaste todavía la encuesta de oficios raros para «Siete Días»?

– Cambió de idea -dijo el gallego sin volverse-. Ahora quiere escribir una novela policial de ambiente porteño y se viene a inspirar.

– Y en eso estoy, detective -dijo el de los rulos con el block en la mano y una birome roja.

Etchenaik estaba desolado. Por una razón u otra el sobrino del gallego siempre terminaba instalado en la oficina. Desde que apareció la víspera de Navidad para arreglar el timbre había intentado convencerlos sucesivamente de que podía encargarse de las relaciones públicas, la limpieza, la decoración y el archivo de la agencia. Casi siempre, terminaba mangándolo cuando el gallego no estaba…

– ¿Qué escribís ahí? -curioseó el veterano con fastidio.

– Tomo nota. Quiero algo con gancho: una historia verídica, una investigación real como se hace en Buenos Aires, que se pueda contar y al lector lo enganche.

– Eso no existe.

– ¿Por qué no? Puede interesar porque nadie cree que estas cosas pasen en Buenos Aires. Suponen que los detectives privados viven en Los Angeles solamente. O en Nueva York.

Etchenaik se rió con ganas.

– Deben tener razón -dijo-. Cébame otro.

– Bueno, pero cuente.

Y mientras el pibe cebaba, Etchenaik le hizo una detallada crónica de un caso de Meneses que recordaba muy bien, una pinturita. Y se lo atribuyó, por supuesto.

29. Afeitarse y seguir

Cuando Etchenaik terminó su relato, Giangreco tenía material para tres novelas. Aunque nadie le iba a creer.

– No sirve, detective -dijo el pibe-. Le falta gancho, acción. Tiene que combinar elementos de la novela de «detection» al estilo Agatha Christie con la violencia y la crítica social implícita en la novela negra… Más Hammett que Goodis, un poquito de Chase. ¿Usted leyó las cosas más recientes, Etchenique?

– ¿Qué cosas?

– Los argentinos: Tizziani, Sinay, Martini, Urbanyi, Feinmann, Soriano sobre todo… Algunos cuentos de Piglia también.

El veterano lo miró como le hubiera gustado a Chandler para poder describirlo minuciosamente.

– Yo hace rato que no leo, pibe… Yo vivo las policiales. Yo soy un detective privado con oficina y todo, con ayudante y todo. Lo demás es literatura.