– No le creo.
Etchenaik levantó las cejas y terminó de beber su vaso de agua.
– Jodete. Ésta es la vencida con ustedes: la primera me la dieron; la segunda, tuvieron que piantar. Ahora, mano a mano con vos ya no puede haber más equivocaciones.
Cora se puso violentamente de pie.
– No sé qué hace Berardi, a qué juega. Apenas lo vi dos veces.
– A mí me alcanzaron.
101. Regalar la chapa
Una categórica soltura le permitió al veterano pasar al frente. La competencia no estaba clara ni en sus términos, pero existía. Ella lo corría con desplantes y paradojas, le quitaba espacio a sus sueños de detective, lo descalificaba para pegar bien duro. Etchenaik iba a los bifes: no tenía nada para ganar pero igualmente había perdido todo. Valían los gestos limpios entonces, puros y definitivos como ademán de estatua.
El veterano se quitó el saco y quedó como esos fulleros viejos de película de cowboys con su camisa a rayas.
Y parecía realmente que se estaba preparando para una mano brava.
– Hay tres cosas claras: ustedes tenían gente metida en la droga, husmeando ahí, y se la reventaron: la pobre Chola Benítez; ustedes se meten después con Berardi-Huergo y Cía., donde hay mucha guita, con Vicentito bien adentro de la cosa, tanto que papá y mamá se pelean por él… Y ustedes también, me parece. La tercera cuestión es por qué yo resulto ser el hilo conductor entre las dos historias. Paso de una a otra con ustedes: la diferencia está en que yo no sé de qué se trata. Explícame lo de Vicente y vos, por ejemplo.
– Es mi novio.
– Pero antes se fue de la casa, empezó a estudiar, los conoció a ustedes, se mudó hace tres meses y desapareció para el viejo.
– Si lo tiene él…
– Lo sabías, ¿eh?
– Lo supimos después: vos se lo marcaste cuando estaba con nosotros y el Negro Sayago se lo llevó. Está clarito que trabajabas para Berardi.
– Yo no marco ni señalo, piba.
– Dijiste que querías hechos; ahí tenés uno. Lo marcaste.
El tuteo se había convertido en un ida y vuelta fluido.
– ¿Lo querían apretar a Berardi con el pibe? ¿Se puede hablar de un autosecuestro o de un secuestro sentimental? No es nuevo eso.
Cora se aferró al borde de la mesa con la tozudez y la furia inútil de un náufrago.
– Dame la peluca y la valija. Te va a costar caro.
– Oíme, piba -dijo suavemente-. Ahora, si no me explicás todo, seguimos Pavón derecho hasta la cana. O ni siquiera eso: hay tanto milico en la calle que no va a ser necesario.
Ella se paró y apoyó las manos en el respaldo de la silla. Etchenaik vio cómo los nudillos se ponían blancos mientras la sangre huía despavorida de los dedos apretados contra la madera.
– Sentate -dijo.
Cora dio media vuelta y caminó vigorosamente entre las mesas hacia la salida. Los jeans y la melena pelirroja la llevaban fácil, como una correntada que busca el desagüe. Pero el veterano no la siguió. Dejó la propina, terminó el agua de su cafecito, se puso el saco.
Cuando salió a la noche creciente, a la vereda desmantelada, Cora estaba apoyada en el guardabarros del Plymouth con las piernas encimadas, los brazos cruzados sobre el pecho.
– ¿Subís? -dijo Etchenaik dando vuelta al auto y hablando por encima del techo.
– Las cosas -dijo ella girando la cabeza.
– Las cosas, no. Me las llevo.
El auto ya estaba en marcha cuando se decidió a subir.
Y no hablaron más. Etchenaik manejaba con soltura pero movía demasiado la lengua dentro de la boca. Ella se miraba las manos. Era el silencio tenso de una mano de fulleros, un vacío repleto de complicidades, certezas sin confesar.
Por eso cuando el Plymouth se detuvo pocas cuadras antes de Mitre, último en la fila que desembocaba en los dos patrulleros cruzados cien metros más allá, bastó una mirada de Cora para que el veterano metiera la marcha atrás, girara a contramano y se perdiera en la primera transversal pese a los silbatos y a la chapa que regalaba inconscientemente para inaugurar un prontuario.
102. Soñar que te pisan
Doblaron a la derecha con todo el vigor que el Plymouth se podía permitir, a las dos cuadras viraron a la izquierda, otra vez a la derecha y recién entonces el veterano levantó la pata del acelerador, miró el espejito y lo vio vacío de azules o marrones que se agrandaran.
– Gracias -dijo ella.
Sin decir una palabra, Etchenaik comenzó un rodeo largo y silencioso que los dejó otra vez en Avenida Mitre, plena Avellaneda, pero lejos, al dos mil y pico. Detuvo el auto. Sin dejar de mirar para adelante agarró la valija liviana con la mano libre y la puso junto a ella.
– Tomá -dijo-. Sacá la peluca de la guantera.
Cora no se apresuró. Se la puso mirándose en el espejito. Quedaba más fea.
– No juegues a los disfrazados, piba.
– ¿Qué te pasó? ¿Te asustaste?
Se dio vuelta como para darle el sopapo. Pero ella sonreía muy limpito, sin trampas.
– Los muchachos se equivocaron con vos.
– Si fuera solamente conmigo no sería nada.
La mano de Etchenaik pasó por encima del regazo de ella y abrió la puerta.
– No me jodan. Cuidate.
Y la devolvió a la noche como se tira un pescadito al agua después de tenerlo un rato boqueando en la escollera.
Ella cruzó la avenida corriendo y tomó el colectivo que pasaba, uno cualquiera según Etchenaik.
Después que cruzó el puente, empedrado de patrulleros y carros de asalto llenos de gente con cara de enojada, el veterano supo que no sabía muy bien adonde iba. Eran las nueve cuando se bajó en Montes de Oca y California y entró a un bar. Recién después de la segunda ginebra comprendió que había entrado para emborracharse. Ahí se detuvo. Fue al teléfono y llamó a Alicia.
– Hijita mía, necesito abrigo y alimento.
– Y yo muebles nuevos. -Ya sé.
– ¿Venís a cenar?
– Voy.
Media hora después llegaba al departamento de Sarmiento y Riobamba precedido de un poderoso aliento ginebrero.
– ¿Qué te pasó? -dijo Alicia en medio del baldío del living.
– Después te cuento.
Se aflojó la ropa de a tirones, tiró el saco en una silla y se dejó caer en el sillón cortajeado como quien se arroja al mar o sobre una mujer.
– Necesito apoliyar. Estoy medio borracho… Despertame en un rato, por favor.
El último gesto, antes de cerrar los ojos, fue señalar el saco y decir:
– Ahí hay guita, Alicia. Eso es tuyo por todo este despelote.
Cuando se despertó estaba solo en la oscuridad del living. Le dolía el cuello de dormir torcido y tuvo repentinas ganas de fumar. Se sentó y vio que Alicia fumaba cerca de él, en otro sillón. El humo blanqueaba en la negrura.
– ¿Qué hacés ahí?
– Nada. Pienso. Estoy segura de que así descanso más que vos en todo ese rato que dormiste.
– ¿Qué hora es?
– Más de las diez. ¿Cómo te sentís? -Etchenaik hizo un gesto en la oscuridad que Alicia no vio-. Hiciste un lío durante el sueño… Te movías, hablabas; habrás soñado como loco.
– Sí, algo me acuerdo -dijo encendiendo su cigarrillo-. Debo haber estado bastante inquieto.
– Ronroneabas… Después me diste un susto bárbaro porque pegaste unos gritos…
– Era en el Plymouth… Soñé que me pisaban.