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Marcelo había amontonado pan, manteca y dulce en un rincón de la boca:

– Vamos a subir el living nuevo, abuelo. -Tenés razón. Vamos, que tengo que salir.

Y fue natural que Fretes se sacara prestamente la campera, que Marcelo ayudara, que Etchenaik se admirara de la celeridad de la operación.

En media hora terminaron el acarreo, distribuyeron los sillones y se tiraron uno en cada uno. El pequeño esfuerzo compartido, la felicidad simple de atravesar una puerta sin colisiones son cosas que alimentan una camaradería espontánea.

– Quedan bien, ¿no le parece?

No era cierto. Habría que haber cambiado la casa, no los sillones.

– Mejor que en lo del doctor -se arriesgó Fretes-. Están como nuevos. Allá… Siempre con las fundas…

– Hay gente que usa forro para todo -dijo Etchenaik confidencial-. Viven con forro.

Fretes sonrió y se aflojó en el sillón por primera vez.

– No hay como una buena grosería para acercar a la gente -dijo o pensó Etchenaik mirándolo divertido.

Cuando llegó Alicia la sorprendieron, la asustaron. Lo llevó al baño a Etchenaik «a hablarle seriamente». El padre responsable y el abuelo consciente prometieron dejar las cosas ahí, no embarrar más el asunto pero Alicia agradeció la vitrina.

Comieron amontonados, salamín con pan y vino. Al final fue Fretes el que dijo:

– Si tiene que ir a algún lado, lo acerco.

Volvieron a acomodarse en la cabina del fletero.

– Tengo que ir a Boedo. San Juan al cuatro mil.

Fretes conducía serio y Etchenaik lo miraba de reojo. Sentía que ese hombre jamás había esgrimido un revólver en la oscuridad, jamás había huido, maniatado, por una escalera llena de zancadillas. Pero no había que mezclar los tantos.

– No quiero verte más, Fretes… ¿Nunca, eh? Porque se acabó esta joda. Vos tendrías que haber quedado seco con un tiro en la nuca la otra noche. Y no había por qué chillar, ¿no?

– No -dijo Fretes.

Llegaban a San Juan, el petiso fue arrimando al cordón. Se detuvo. Etchenaik bajó y dio un portazo.

– Gracias -dijo Fretes como pudo.

Pero el veterano no lo oía, caminaba ligero hacia la cortada.

110. Pateando la puerta

Anduvo media cuadra y entró en el edificio franqueado por la funeraria. Esta vez sí usó el ascensor sucio y ruidoso. Cuando bajó en el tercero se cruzó con una mujer llena de rulos y de bolsos. Esperó que el ascensor se la llevara. Tapó la mirilla con una curita que sacó del bolsillo y tocó timbre. Escuchó los pasos, el ruido del desplazamiento de la tapa que cubría la ranura. Hubo una pausa.

– ¿Quién es? -preguntó una voz de hombre.

– Lavadero -contestó.

Sintió que ponían la traba de la cadena de seguridad y dio dos pasos atrás. La puerta no se había desplazado un centímetro cuando se tiró con toda la violencia y el peso de su cuerpo contra la abertura, golpeando con el hombro. El marco crujió, los tornillos que retenían la cadena vacilaron. Hubo un grito adentro. Sin perder un instante, Etchenaik levantó el revólver y golpeó con todas sus fuerzas contra el enganche de la cadena tensa. Empujó y la puerta se abrió violentamente, rebotó contra la pared del pasillo. Cuando volvió ya Etchenaik estaba adentro, barriendo el ambiente con el caño amenazante, cerrando la puerta de una patada hacia atrás.

– Quieto, Esteban -dijo sin énfasis.

El muchacho lo miraba sorprendido, en calzoncillos, a medio camino hacia la puerta del otro extremo de la habitación.

Etchenaik miró esa puerta, hizo un gesto mínimo.

– No hay nadie -contestó Esteban tranquilo, como si todo no fuera para tanto.

– El de bigotes -apuró el veterano-. ¿Dónde está?

– Salió.

– ¿Cuándo vuelve?

– No sé, tarde. No dijo.

El muchacho tenía unos calzoncillos llenos de escuditos dorados sobre fondo verde, las piernas blancas, las medias bordó en las canillas. Estaba en alpargatas y los faldones de la camisa abierta le chicoteaban los muslos al agitar las manos. Tenía anteojos apoyados en la punta de la nariz.

– ¿Para qué vino, tío? -preguntó sin moverse.

– Ponete los pantalones.

– Están en la pieza.

Fueron. Esteban se sentó en la cama desordenada. La radio murmuraba apoyada en la almohada.

– No va a conseguir nada, tío -dijo el pibe con los pantalones a media asta.

– No te preocupes vos -dijo el veterano sin dejar de apuntar pero mirando para otro lado.

En ese momento se oyeron ruidos de llave en la puerta de entrada. Etchenaik revoleó el brazo y calzó exactamente a Esteban en la base del cuello. Se desplomó sin un sonido. Saltó sobre él y dio dos pasos hacía el living. En la otra habitación la puerta de calle ya estaba abierta. Se decidió.

– ¡Quieto! -gritó saltando dentro de la pieza con el revólver encañonando el pasillo.

El de bigotes había dejado una bolsa con frutas en el suelo y tenía una pistola en la mano. Disparó al instante. Etchenaik se echó a un costado y disparó, también, dos veces. El otro se dobló con un quejido y se fue de costado, sobre las naranjas. La pistola quedó junto a su mano, cómicamente apoyada en la pared. El sillón, junto a Etchenaik, estaba sucio por el revoque que había desprendido el disparo clavado a veinte centímetros de su cabeza.

Se acercó y comprobó que no estaba muerto. Un tiro le había dado en el hombro y el otro en la cadera; perdía sangre espesa y oscura boca abajo contra la alfombra.

– No tenés nada, mejicano -le dijo al darlo vuelta.

El otro respiraba agitado. El pecho subía y bajaba como si tuviera cuatro pulmones. Lo agarró por las axilas y lo apoyó contra la pared.

– Escúchame -dijo-. Si hablás y me decís dónde está la cueva del Llanero Solitario, el Pato Donald y sus encapuchados al pedo, no pasa nada. Estás bien y Esteban te puede curar… Si no hablas, te reviento sin asco.

111. Por la ventana

Los ojos del mexicano viborearon. Lo enfocó un instante, levantó el brazo izquierdo y lo llevó vacilante hasta la herida del hombro. Metió el dedo y apretó. Instantáneamente dio un grito y quedó con los ojos cerrados, la cabeza caída hacia adelante.

– Se desmayó, el turro -dijo Etchenaik estupefacto y solo-. Tuvo suerte.

Se levantó, fue hasta la cocina y trajo un vaso de agua. Al pasar frente a la puerta oyó ruidos en el pasillo, los comentarios a los gritos. Volvió junto al herido y le tiró fuerte, con bronca el agua contra la cara. El cuerpo del Bigote se desplazó de costado y Etchenaik lo dejó caer.

Se paró y fue hasta la ventana. Miró. Había una terraza dos metros más abajo; una escalera y un patio; el patio tenía un paredón que daba a los fondos del bar de la esquina, lleno de cajones.

En ese momento sonó un timbre largo, nervioso. Caminó hasta el centro del living y miró para todos lados. Pateó una naranja que había rodado hasta ahí, con fuerza y bronca, y volvió a la ventana.

Se sacó el saco, lo tiró hecho un bollo a la terraza y detrás se descolgó él. Manoteó el bulto, se agazapó y bajó al patio. No apareció nadie. Calculó por lo que había visto desde arriba y se trepó con esfuerzo, raspándose los zapatos y la barriga al segundo paredón. Cayó del otro lado entre los cajones mientras ya había voces a sus espaldas, tal vez en la ventana abierta.

Se reacomodó y entró al baño mientras alguien que salía abrochándose no entendía nada, ni de los tiros que lo habían interrumpido, ni del que entraba apurado, todo sucio.