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El hombre de la caja no levantó la mirada cuando entró al bar por la puerta que daba al patio. Las mesas estaban desiertas y toda la gente en la vereda, mirando hacia la mitad de cuadra.

– ¿Dónde fue, patrón? -dijo.

– Aquí al lado -contestó el gallego sin mirarlo-. ¿Usted qué tiene?

– ¿Cómo?

– Qué consumió, digo. Se fueron todos sin pagar -y miraba al grupo de la puerta con desconfianza.

– Un café -dijo, y puso el dinero.

Salió por la puerta más lejana y caminó rápido, pegado a la pared. En la esquina tomó un colectivo verde que arrancaba con el cambio de luces. Una cuadra más allá vio pasar los patrulleros.

Se bajó en el centro luego de viajar un rato largo agitado, acariciando con los dedos el revólver entibiado por los disparos. Entró a La Victoria y llamó por teléfono al gallego. Atendió la vieja porque el niño dormía. Sin explicarle demasiado le dijo que si no venía rápido podían pasar cosas graves. Todo siguió un curso lento, sin embargo. Al rato, un adormilado Tony admitió bajo protesta que trataría de estar en La Victoria en menos de una hora.

Etchenaik se instaló en una mesa junto a la ventana, tomó y pagó un café; luego tomó y pagó otro. Estaba leyendo la quinta sin demasiada atención por los rumores de cambios de gabinete y la «tranquilidad reinante en todo el país» que mentía el ministro del Interior cuando llegó Tony.

– ¿Qué lees? -dijo parado frente a él, del otro lado de la mesa.

– Boludeces, gallego. Mañana va a estar interesante…

– ¿Qué hiciste?

– Nada productivo. Sentate y pedí algo rápido que nos vamos. ¿Trajiste el auto?

Tony ni se preocupó en contestar. Le interesaba otra cosa.

– ¿Qué hiciste?

– Fui a Boedo. Me metí de prepo pero tuve que balear a uno y no conseguí nada. Me salvé por los techos.

Y le mostraba la ropa sucia, los zapatos raspados.

– Vos estás en pedo. ¿Lo lastimaste mucho?

– No -vaciló-. No mucho, bah.

Llegó el mozo, Tony pidió un café. Vino el café. Lo tomó.

– Te traje la dirección de Sayago -dijo casi con miedo.

Etchenaik se puso de pie.

– Vamos -dijo-. Hoy es mi día.

112. La isla del Negra

Iban por el Bajo. En el semáforo de Parque Lezama, Tony intentó por cuarta vez iniciar una conversación explicativa, tiró redes infructuosas al silencio del veterano. No hubo respuesta.

El Plymouth aceleraba ahora por Almirante Brown y entraba en la Boca rodeado de colectivos de todos los colores.

– Hay que subir -dijo Tony y señaló el puente que se abría hacia la izquierda-. ¿Querés ir en serio a lo de Sayago o lo dejamos?

– Dale, que es la última.

Etchenaik sintió la presión de la espalda contra el asiento en la subida. El gallego esperó que recorrieran todo el puente para volver a hablar.

– Lo que tendrías que hacer es quedarte en el molde. Ya cobraste, hiciste tu laburo.

Etchenaik no contestó. Encendió un cigarrillo y después otro. Pegó dos pitadas fuertes y puso uno en la boca de Tony.

– ¿Y el pibe? -dijo al final de la operación.

– Es grande ya… Mayor de edad. ¡Qué carajo te importa a vos!

– No me gusta que me usen de forro -dijo el veterano con un énfasis desproporcionado.

Las palabras quedaron ahí, como un cartel pegado contra el parabrisas y nadie levantó la mirada para verlo.

El Plymouth dobló a la derecha y entró por callecitas angostas de casas bajas, chapa gris, la Isla Maciel. El gallego disminuyó la velocidad y sacó la cabeza frente a un bar. Había un diariero y cuatro o cinco revistas apoyadas en la ventana.

– La calle Cruces -preguntó.

– Ésta no, la otra -dijo el muchacho.

El auto dio su último ronroneo bajo la sombra intermitente de los árboles y se detuvo frente a la dirección que Tony desarrugaba en su papelito.

Etchenaik habló cuando el gallego le tocó el brazo para bajar.

– Para que me entiendas: no es solamente que me usen de forro o no. El asunto es de qué juega uno.

– No seas gil -dijo el otro desalentado-. Siempre alguien se jode o se lastima y no te podés hacer cargo vos.

– No es eso.

Al lado del largo pasillo del 416 había un kiosco con un viejo que apenas sobresalía detrás de los chiches colgados, flanqueado de golosinas y cigarrillos. Cuando entraron, el kiosquero los siguió con la mirada.

Era un pasillo estrecho formado por dos paredones. El de la derecha era un tapial encrespado en vidrios que defendían la tierra de nadie de un baldío vecino. El de la izquierda se interrumpía en sucesivas puertas de hierro con la pequeña reja ornamental, el número pintado, las macetas a los costados. Al fondo, otra puerta cerraba el pasillo.

Llegaron ante la número cuatro. Era acaso la única que tenía la pintura original de su remota construcción y estaba descascarada, con óxido en la punta de la verja.

Etchenaik golpeó tres veces y las hojas se conmovieron. Esperó. Agarró el picaporte y lo agitó fuerte. La puerta se abrió. La retuvo sin soltar y golpeó con la zurda otra vez. Después se asomó.

El viento suave movía la cortina floreada de la cocina. Las otras dos puertas que daban al patio estaban abiertas. Se veía una cama deshecha.

Entraron mirándose y cerraron la puerta con cuidado. Era un patio de baldosas rotas con los rincones llenos de cosas inútiles: una silla agujereada, una escoba apoyada en la puerta entreabierta del baño. Dieron un vistazo a las piezas vacías.

– ¿Qué hacemos? -dijo Tony.

– Yo lo espero hasta que aparezca.

El gallego sacudió la cabeza y regresó al pasillo.

– Voy a ver si le saco algo al viejo.

Etchenaik entró en la cocina. Había un calentador sobre la mesada estrecha y llena de migas. Apoyó el dedo en el mechero. Estaba caliente.

113. In memoriam R. Ch.

Agitó el calentador; no tenía una gota de alcohol, acababa de apagarse solo.

La yerbera estaba abierta, el mate de calabaza, apoyado en la azucarera para no caer. Había un almanaque con unas descoloridas cataratas cagadas por las moscas. Abajo, en rojo, Etchenaik reconoció el logo de la fábrica y la dirección de Avellaneda. Levantó la tapa de la pavita tiznada y la soltó cuando oyó ruido en el pasillo. Se ocultó y por la puerta entreabierta vio pasar a una vecina de bolsa y ojos escrutadores que siguió de largo e hizo sonar una de las puertas del fondo.

Cerró la puerta de hierro y entró en la pieza. Se sentó en una silla de paja, la única que había, arrimada a la mesita cubierta por un hule cuadriculado azul y blanco, descolorido en los bordes y clavado con chinches a la madera. La colcha de la cama, de una cretona de color indefinido, estaba arrugada como si alguien hubiera estado acostado allí, vestido, escuchando la vieja radio eléctrica que descansaba sobre las tablas del piso, junto a la cabecera. El ropero había sido cubierto demasiadas veces por barnices espesos y brillantes. En el lugar del espejo se veía la madera terciada con una rajadura oblicua, de arriba a abajo. En la pared opuesta había un gran rectángulo de telgopor sostenido por dos clavos grandes y sobresalientes. Estaba cubierto de fotos y recortes. Etchenaik se levantó para mirar mejor.

En los lugares preferenciales había cuatro fotos que formaban un cuadrado. En la primera, una mujer morocha y sonriente sostenía un bebé en brazos. La foto era mala, el sol les había hecho cerrar los ojos a la madre y al niño, y las figuras no ocupaban el centro de la imagen. Había, sin embargo, un aire de felicidad espontánea en la escena.