«Gracias, Levander Sprague, dondequiera que estés.»
El cuarto del encargado olía a aceite de limón y a líquido de limpiar. Le encantaba la idea de que aquel lugar fuera territorio suyo. Reunió el material que necesitaba y se dirigió ilusionado al espacio público para levantar las sillas y limpiar el suelo de madera noble con una mopa. Sacó el polvo de los marcos de las ventanas, de los muebles, de la ordenada mesa de la señorita Beasley, vació la papelera, quemó los papeles en la incineradora y se sintió como si acabaran de elegirlo gobernador.
A las seis y media, regresó a casa.
A casa.
La palabra jamás había sido tan prometedora. Ahí lo estaba esperando ella, la mujer que lo había llamado «cariño». Aquella a la que había besado en la mejilla. Aquella cuya cama compartía. Al pensar que regresaba con ella, empezó a imaginar cosas: que se acercaba y ella lo estrechaba entre sus brazos mientras él le hundía la cara en el cuello. Que lo abrazaba como si le importara.
Ahora que tenía un trabajo se sentía distinto. Más atrevido, más digno. Quizás esa noche la besara y a la mierda las consecuencias.
Cuando llegó, la cocina estaba vacía, pero la cena lo esperaba en una fiambrera, encima del depósito para el agua. La tarta de cumpleaños estaba en el centro de la mesa recogida. Desde el dormitorio de los niños le llegaba un poco de luz y un murmullo de voces. Se llevó el plato y el tenedor hasta la puerta y vio que Elly estaba metida en la cama de Donald Wade, sentada con un brazo alrededor de cada niño.
– … rodeó corriendo el gallinero gritando al zorro, preparado para disparar, y cuando… -se interrumpió al verlo en la puerta-. Oh… Will… Hola. -Su semblante expresó alegría-. Estaba contando un cuento a los niños.
– No pares.
Sostuvieron la mirada unos instantes eléctricos mientras Eleanor se sonrojaba y se ponía un mechón de pelo tras la oreja. Finalmente, prosiguió el cuento. Will se apoyó en el marco y empezó a comerse el picadillo de carne con patatas y judías escuchando y riendo entre dientes mientras ella entretenía a los niños con un cuento alegre lleno de bichos peludos. Cuando terminó de contar la historia, dio un beso a cada uno de sus hijos, se levantó de la cama y tendió las manos hacia Thomas.
Will se acercó.
– No deberías cargarlo. Ten, aguanta esto.
Le dio el plato y llevó a Thomas a la cuna. Después siguió el ritual de los besos de buenas noches y, al final, dejaron la puerta de los niños entreabierta y se dirigieron tranquilamente a la cocina.
– ¿Cómo te ha ido en la biblioteca?
– ¿Sabes qué ha hecho la señorita Beasley? -preguntó Will, atónito.
– ¿Qué?
– Me ha dado la llave. Figúrate. Yo, con la llave de algo.
Eso la conmovió. No sólo el asombro de Will, sino el hecho de que la señorita Beasley confiara en él. Mientras él enjuagaba el plato y le describía sus obligaciones, se sentó en una mecedora y puso uno de los tapetitos de Madeira en un tambor de bordar. Will acercó una silla a ella para tomarse una taza de café mientras miraba cómo creaba flores de colores donde antes sólo había habido tinta azul. Hablaron en voz baja, tranquilos en apariencia, pero con una creciente tensión subyacente a medida que el reloj se iba acercando a la hora de acostarse.
Cuando llegó el momento, Will arqueó el cuerpo y lo estiró mientras Eleanor guardaba su labor. Hicieron sus salidas, cerraron la casa para la noche y se retiraron a su cuarto para desvestirse, dándose la espalda, como era su costumbre. Cuando se hubo quedado en ropa interior, Will volvió la cabeza y captó un momento la espalda desnuda y el costado de un pecho de Eleanor, que se estaba pasando un camisón blanco por la cabeza.
«Cariño.» El recuerdo de esa palabra le llevó a plantearse todas las posibilidades que podía abarcar. ¿Lo habría dicho en serio? ¿Era realmente el cariño de alguien por primera vez en su vida?
Se sentó en el borde de la cama y dio cuerda al despertador a la espera de notar cómo el colchón se hundía con el peso de Eleanor para tumbarse y bajar la luz de la lámpara.
Yacían memorizando el techo mientras repasaban mentalmente lo sucedido ese día: un regalo de cumpleaños, una palabra de cariño, un apretón de manos, un beso de despedida; nada demasiado extraordinario en apariencia. Lo extraordinario estaba pasando en su interior.
Permanecían tumbados, temblando por dentro, obligándose a no moverse. Con el rabillo del ojo, Eleanor veía el pecho desnudo, los codos imponentes, las manos bajo la cabeza de Will. Con el rabillo del ojo, Will veía el contorno embarazado de Elly y el camisón abrochado hasta el cuello con las sábanas que la tapaban hasta las costillas. Bajo sus manos, Eleanor notaba, a través de la colcha, cómo el corazón le latía desenfrenado. En la parte posterior de la cabeza, Will se notaba el ritmo acelerado del pulso.
Los minutos pasaban lentamente. Ninguno de los dos se movía. Ninguno de los dos hablaba. Ambos estaban inquietos.
«Un beso, ¿tanto te cuesta?»
«Sólo un beso, por favor.»
«Pero ¿y si ella te rechaza?»
«¿Qué podría verle a una mujer embarazada que anda como un pato?»
«¿Qué mujer va a querer a un hombre que ha estado con tantas?»
«¿Qué hombre va a querer sentir bajo su cuerpo el hijo de otro hombre?»
«Pero la mayoría fueron pagando, Elly, ninguna de ellas significó nada.»
«Sí, es hijo de Glendon, pero él nunca me hizo sentir así.»
«No soy digno.»
«No soy atractiva.»
«Soy incapaz de despertar el amor de nadie.»
«Me siento sola.»
«Búscala», pensó él.
«Búscalo», pensó ella.
La mecha de la lámpara chisporroteó. La llama se retorció y distorsionó la sombra que la repisa de la chimenea proyectaba en el techo. El colchón parecía temblar con sus dudas. Y cuando daba la impresión de que el aire mismo sisearía con la electricidad del ambiente, los dos hablaron a la vez.
– ¿Will?
– ¿Elly?
Sus cabezas se giraron y sus ojos se encontraron.
– ¿Qué?
Una pausa.
– Se… Se me ha olvidado lo que iba a decir.
Diez segundos de un silencio insoportable.
– A mí también -dijo entonces Elly en voz baja.
Se miraron, sintiéndose como si se asfixiaran, ambos temerosos…, ambos desesperados…
Entonces, todo el pasado de Will y todos los defectos de Eleanor se elevaron por el aire y explotaron como una estrella remota.
Los labios de Eleanor se separaron, invitándolo inconscientemente. Will levantó el hombro de la cama y se volvió hacia ella, lo bastante despacio como para darle tiempo a rehuirlo si quería.
Pero en lugar de hacer eso, Eleanor dibujó su nombre con los labios: «Will…», aunque de ellos no salió ningún sonido mientras él se agachaba y le tocaba la boca con la suya.
No fue un beso apasionado, sino un contacto lleno de inseguridades. Vacilante. Indeciso. Una unión del aliento más que de la piel. Mil preguntas encerradas en el roce trémulo de dos bocas tímidas mientras sus corazones tronaban y sus almas buscaban.