– Venga, Elly, cariño, un empujón más y podrás descansar.
De algún lugar oculto, Elly sacó las fuerzas necesarias para hacer un esfuerzo increíble que le hizo expulsar un último chorro de líquido que incluía la placenta y la separaba totalmente de la vida que había sostenido durante nueve meses.
Will relajó los hombros. Cerró los ojos, inspiró hondo y se secó la frente con una manga.
– Muy bien, cariño -la alabó sencillamente-. Ya está. Ahora, espera un momento.
Tenía las manos extraordinariamente tranquilas cuando ató el primer nudo a pocos centímetros del cuerpo del bebé y dejó el espacio suficiente entre éste y la segunda constricción para que las tijeras cumplieran su cometido. Las hojas plateadas se encontraron y el bebé ya vivía por su cuenta.
«¡Respira! ¡Respira! ¡Respira!»
La palabra retumbaba en la cabeza de Will mientras levantaba a la niña y veía cómo adoptaba la postura fetal en sus manos. Repasó mentalmente las distintas instrucciones para lograr que un recién nacido respirara por primera vez. Una nalgada rápida. Agua fría. Respiración artificial. Pero hacer cualquiera de esas cosas a alguien tan diminuto se le antojaba sádico.
«Venga, chiquitína, respira… ¡Respira! -Pasaron quince segundos y, luego, treinta-. No me hagas utilizar agua fría. Y preferiría cortarme la mano antes que darte una bofetada.»
Oyó que los niños se acercaban y llamaban desde el otro lado de la puerta. Apenas se fijó en ellos. El corazón le latía muy rápido. Estaba desesperado. Zarandeó con cuidado al bebé. «¡Respira, maldita sea, respira!» Presa de pánico, lanzó a la pequeñina unos veinte centímetros hacia arriba para recogerla al caer. Un segundo después de golpear sus manos, abrió la boca, soltó un hipido, empezó a agitar las cuatro extremidades y a berrear con la vocecita más débil que pueda imaginarse. Era un búa, búa, búa intermitente, acompañado de una cara cómica con los labios apretados, la nariz chata y el movimiento de los puñitos en el aire. Era un llanto suave, pero saludable y maravillosamente irritado por haber sido tratada de una forma tan brusca el primer minuto que estaba en este mundo.
Will bajó los ojos hacia el rostro ensangrentado, oyó la queja y soltó una carcajada. De alivio. De felicidad. Besó la nariz minúscula y pensó: «Muy bien, pequeña. Eso es lo que queríamos oír.»
– Está respirando -le dijo entonces a su mujer-. Y es bonita, y lo tiene todo normal. -De repente, se puso serio-. Estás tiritando, Elly.
El minuto que Will se había concentrado en su tarea, Elly se había enfriado y había empezado a temblar. Era natural, porque tenía las piernas húmedas y la ropa de cama estaba empapada debajo de ella. Dios santo, un hombre necesitaba seis manos en un momento como aquél.
– Estoy bien -lo tranquilizó-. Ocúpate primero de ella.
No era fácil, pero no tenía demasiada elección, dado que lo que Elly le ordenaba coincidía con lo que había aprendido de memoria. Hasta entonces, todo había seguido un orden natural perfecto. Había hecho lo que indicaba el libro y esperaba seguir teniendo suerte. Pero se detuvo el tiempo suficiente para dejar con cuidado el bebé, sacar las piernas de Elly de los tirantes, bajárselas y tapárselas.
– Volveré en cuanto la haya bañado -comentó, tras darle un beso suave en los labios-. ¿Estarás bien?
Elly asintió débilmente y cerró los ojos.
Cargó el bebé en un brazo, abrió la puerta con la otra y se encontró con Donald Wade y Thomas en el otro lado, llorando lastimosamente, juntos de la mano.
– Hemos oído gritar a mamá.
– Ya está mejor… Mirad -dijo, y se arrodilló. Ver el bebé colorado berreando hizo que dejaran de llorar de repente-. Tenéis una hermanita. -Donald Wade se quedó boquiabierto. El pequeño Thomas tenía las pestañas cargadas de lágrimas. Ninguno de los dos dijo nada-. Acaba de nacer.
Volvieron a gimotear al unísono.
– ¡Quiero ver a mamáaaa!
– ¡Mamáaaa!
– Está bien, ¿lo veis? -preguntó a la vez que abría un poco la puerta para que pudieran asomarse y confirmarlo. Lo único que vieron fue a su madre acostada en la cama con los ojos cerrados. Will cerró la puerta-. Shhh. Está descansando, pero más tarde entraremos todos a verla, en cuanto hayamos bañado al bebé. Venid conmigo, puede que tengáis que ayudarme.
– ¿En la bañera de verdad? -Parecían hipnotizados.
– No, todavía no está instalada.
– ¿En el fregadero?
– Sí.
Acercaron un par de sillas, que situaron una a cada lado de Will y, desde ellas, observaron cómo éste bajaba a su hermana hacia una palangana con agua caliente. La pequeña dejó de llorar al instante. Mecida en las manos grandes de Will, se estiró, abrió los ojos oscuros y vio el mundo por primera vez. Thomas acercó un dedo vacilante como para comprobar si era de verdad.
– No. Todavía no hay que tocarla. -Thomas apartó el dedo y miró respetuosamente a Will.
– ¿De dónde ha salido? -quiso saber Donald Wade.
– De dentro de vuestra madre.
– Imposible -soltó Donald Wade, escéptico.
Will soltó una carcajada y movió al bebé en el agua.
– En serio. Estaba acurrucada dentro de ella como una mariposa en su crisálida. Habéis visto alguna crisálida, ¿verdad? -Claro que sí. Con una madre como la suya, los niños tenían que haber visto crisálidas desde que eran lo bastante mayores para pronunciar la palabra-. Si una mariposa puede salir de una crisálida, ¿por qué no va a poder salir una hermanita de una madre?
Como ninguno de los dos tenía respuesta para eso, lo creyeron.
– ¡No tiene pito! -comentó entonces Donald Wade.
– Es una niña. Las niñas no tienen pito.
Donald Wade observó la piel rosada de su hermana y, después, alzó los ojos hacia Will.
– ¿Le saldrá?
– No.
Donald Wade se rascó la cabeza.
– ¿Qué es eso? -preguntó entonces, y señaló con un dedo lo que quería identificar.
– Será el ombligo.
– Oh. -Y, tras reflexionar un momento, dijo-: No se parece al mío.
– Ya se parecerá.
– ¿Cómo se llama?
– Eso tendrás que preguntárselo a tu madre. La niña soltó un hipido y los niños se rieron. Después, se quedaron mirando muy atentos cómo Will la lavaba con jabón de glicerina. Se lo extendió por el cuero cabelludo, por las larguiruchas piernas, entre los deditos de los pies y de las manos, que tenía que obligarle a abrir. Tan frágil, tan perfecta. Jamás había tocado una piel tan suave, jamás había manejado algo tan delicado. En lo que tardó en bañarla por primera vez, esa personita se había metido tan profundamente en el corazón de Will que ya nunca dejaría de ocupar un lugar en él. Daba igual que no fuera suya. Para él, lo era. ¡La había traído al mundo! ¡La había obligado a respirar por primera vez y le había dado su primer baño! Era imposible que a un hombre tan feliz le importara de quién era la semilla de esa nueva vida que lo estaba haciendo sentir tan realizado. Esa niña sería una hija para Will Parker y conocería el amor de un padre y una madre.
La dejó sobre una toalla suave, le limpió la cara y las orejas, y le secó todos los rincones del cuerpo, sintiendo un entusiasmo creciente que le hacía dibujar una dulce sonrisa. La pequeña se enfrió y se echó a llorar.
– Tranquila, cielo, lo peor ya ha pasado -murmuró Will-. Enseguida estarás calentita. -Le sorprendió disfrutar de este primer monólogo con la pequeña. Se dio cuenta de que nadie hubiese podido evitar hablar con alguien tan tierno.
Will se ocupó entonces del cordón umbilical, al que aplicó alcohol y una venda de algodón. Luego, le puso vaselina en la tripa antes de sujetar bien el vendaje y de ponerle el primer pañal. Cada vez que intentaba mover la mano para sujetárselo, la pequeña retrocedía como un resorte. Los niños se rieron. La pequeña doblaba los brazos cuando él intentaba pasárselos por las mangas del pelele. Los niños se rieron un poco más. Cuando Will fue a recoger un patuco rosa, Donald Wade estaba aguardando orgulloso para dárselo.