– Había pensado ponerle Lizzy -comentó, tocando el pelo del bebé con un nudillo-. ¿Qué os parece?
– ¿Lizzy? -Donald Wade arrugó la nariz.
– ¿Por la lagatija? -intervino Thomas.
Todos soltaron una carcajada.
– ¿De qué lagartija hablas, hijo?
– De la de la historia que nos contaste sobre por qué las lagartijas tienen bultitos en el cuerpo -le recordó Donald Wade.
– Oh… -Siguió toqueteando el fino pelo negro de la cabecita del bebé-. No. Se llamará Lizzy, pero no por la lagartija. Sí, Lizzy. Elizabeth Parker.
– ¿Parker? -Will miró rápidamente a Elly.
– Bueno, tú la has traído al mundo, ¿no? Te mereces un reconocimiento por algo así.
Dios santo, estaba a punto de explotar. Esa mujer se lo daría todo. Todo. Acarició la cabecita de la niña y la sien con el dorso de un dedo.
«Lizzy -pensó-. Lizzy Parker, tú y yo vamos a querernos mucho, cielo.» Tocó con una mano el pelo de Elly, rodeó el trasero de Donald Wade con el brazo libre y acarició la pierna de Thomas, al otro lado de Elly. Y, mientras sonreía a Lizzy Parker, se dijo: «El paraíso no es nada comparado con ser el marido de Eleanor Dinsmore.»
Capítulo 14
La sonrisa de Will anunció la buena nueva a la señorita Beasley antes incluso que sus palabras.
– Ha sido niña.
– Y usted la trajo al mundo.
– No era tan difícil después de todo -aseguró tras encogerse de hombros y ladear la cabeza.
– No sea tan modesto, señor Parker. Yo me desmayaría del susto si tuviera que atender un parto. ¿Fue todo bien?
– Perfectamente. Empezó ayer hacia mediodía y terminó alrededor de las tres y media. Se llama Lizzy.
– Lizzy. Un nombre muy bonito.
– Lizzy P.
– ¿Lizzy P.? -preguntó la señorita Beasley con una ceja arqueada.
– Sí. -Temblaba de emoción, algo muy inusual en él.
– ¿Y a qué se debe la «P»?
– A Parker. Figúrese, le ha puesto mi nombre a la niña. El nombre de un vagabundo bueno para nada que ni siquiera sabe de dónde sacó ese apellido. Espere a verla, señorita Beasley. Tiene el pelo tan negro como el carbón, y unas uñas tan pequeñitas que apenas se distinguen. ¡Nunca había visto un bebé tan de cerca! Es increíble.
La señorita Beasley sonrió encantada mientras contenía el pesar por el hijo que nunca tuvo, por el marido que nunca pudo alegrarse de ello.
– Felicite a Eleanor de mi parte y dígale que espero que Lizzy empiece a visitar la biblioteca en cuanto cumpla cinco años. Nunca es demasiado pronto para despertar el interés de los niños por los libros.
– Se lo diré, señorita Beasley.
Los inmediatamente posteriores al nacimiento de la niña fueron días especiales: Will se despertaba al oír que Lizzy se volvía en el cesto, se levantaba con Elly para girarla y le decía cositas cariñosas. Los dos se reían juntos cuando el bebé notaba aire frío en su piel y arrugaba la carita preparándose para el adorable llanto tenue que todavía no se había convertido en una molestia. Y cada mañana Will preparaba el desayuno a los niños, llevaba una bandeja a Elly, a la que daba un beso, y bañaba después a Lizzy P. antes de lavarle los pañales y tenderlos para que se secaran. Le cambiaba el pañal a Lizzy siempre que lograba llegar antes que Elly. Quitaba el polvo de la casa y le dejaba el ruiseñor azul en la mesilla de noche. Hasta que a Elly le subió la leche, esterilizaba las tetinas, preparaba la leche diluida y los biberones. Cocinaba, daba de cenar a los niños y les ponía el pijama antes de darles un beso de despedida a ellos, a Elly y a Lizzy, y se iba al pueblo.
Pero después llegaba lo mejor. Tras el largo día, regresaba a casa y holgazaneaba unos minutos en la cama con la pequeña entre él y Elly, mientras ambos observaban cómo dormía, o tenía hipo o bizqueaba o se chupaba el puño. Y ellos soñaban con el futuro de la niña y con el de ellos, y se miraban a los ojos y se preguntaban si habría otra como ella, una de ambos.
Disfrutaron de tres gloriosos días así antes de que cayeran las bombas.
El domingo Elly estaba acostada en la cama escuchando cómo la Filarmónica de Nueva York interpretaba la Sinfonía número 1 de alguien llamado Shostakovich por la radio cuando, de repente, la voz de John Daly anunció: «¡Los japoneses han atacado Pearl Harbor!»
Al principio, no lo comprendió del todo. Luego, se dio cuenta de la tensión de voz de Daly y se incorporó de golpe.
– ¡Will! ¡Ven rápido! -gritó.
Como creyó que le pasaba algo a ella o a la niña, Will llegó corriendo.
– ¿Qué ocurre?
– ¡Nos han bombardeado!
– ¿Quiénes?
– Los japoneses… Escucha.
Lo escucharon, como todo el país, el resto del día. Oyeron hablar del hundimiento de cinco acorazados estadounidenses en una pacífica isla hawaiana, de la destrucción de ciento cuarenta aviones y de la pérdida de más de 2.000 vidas de ciudadanos estadounidenses. Oyeron la voz de Kate Smith cantando God Bless America y la banda del Ejército de Estados Unidos tocando el himno nacional. Oyeron las alertas de oscurecimiento de las poblaciones para dificultar posibles ataques enemigos en el litoral occidental, donde se temía una invasión japonesa y donde millares de voluntarios corrieron a alistarse en las Fuerzas Armadas. Se contaban historias increíbles de hombres que se habían levantado de la mesa de un restaurante dejando el plato a medias para ir a la oficina de reclutamiento más cercana y se habían encontrado con que la cola de voluntarios, una hora después de las primeras informaciones radiofónicas, ya tenía una longitud de ocho manzanas.
En Whitney, Georgia, a poca distancia en avión de otra costa vulnerable, Will y Elly apagaron las luces pronto y se acostaron preguntándose qué les depararía el día siguiente.
Fue la voz del presidente Roosevelt.
Ayer, 7 de diciembre de 1941, una fecha que será recordada con infamia, los Estados Unidos de América fueron atacados repentina y deliberadamente por fuerzas navales y aéreas del Imperio de Japón. Además, se ha informado que diversas embarcaciones estadounidenses fueron torpedeadas en alta mar entre San Francisco y Honolulú.
Ayer, el Gobierno japonés también lanzó un ataque contra la península de Malaca.
Anoche, el Ejército japonés atacó Hong Kong.
Anoche, el Ejército japonés atacó Guam.
Anoche, el Ejército japonés atacó las islas Filipinas.
Anoche, los japoneses atacaron la isla de Wake.
Y esta mañana, los japoneses han atacado Midway…
Las hostilidades existen. Es innegable que nuestro pueblo, nuestro territorio y nuestros intereses se encuentran en grave peligro.
Con confianza en nuestras Fuerzas Armadas, con la determinación ilimitada de nuestro pueblo, obtendremos el inevitable triunfo con la ayuda de Dios. Pido al Congreso que declare que desde el vil ataque sin provocación de Japón del domingo, siete de diciembre, ha existido un estado de guerra entre Estados Unidos y el Imperio japonés.
Will y Elly miraron el aparato de radio. Y luego se miraron.
«Ahora no -pensó Elly-. Ahora que todo iba bien, no.»
«Se acabó -pensó Will-. Me iré como cientos de hombres más.»
Le sorprendió sentir la misma indignación que los demás estadounidenses: por primera vez conocía la equidad de las «cuatro libertades» del presidente Roosevelt porque por primera vez gozaba de todas ellas. Y ser cabeza de familia hacía que fueran más importantes aún.
Esa noche, en la cama, le dio vueltas a la cabeza, incapaz de dormirse. Elly estaba tensa. Después de un largo silencio, se volvió hacia él y lo abrazó posesivamente.
– ¿Tienes que ir, Will?
– Shhh.
– Pero ahora eres padre. ¿Cómo pueden llevarse a un padre con un niño recién nacido y dos más que dependen de él?