– Ha sido un día pesado -expliqué-. Esta noche lo único que quiero es olvidar que soy detective y desconectar.
No pareció importarle. La conversación giró hacia el béisbol y la infancia, mientras terminábamos de comer. Bailando después en la otra sala, no hablamos mucho que digamos. A eso de la medianoche decidimos que había llegado la hora de desplazarnos unas manzanas al norte, hacia mi casa. Robin dijo que dejaba su coche junto al restaurante y lo recogería por la mañana: ambos habíamos bebido demasiado para conducir, y además, era una espléndida noche de finales del verano. Las seis manzanas se convirtieron en un recorrido de media hora, avanzando despacio cogidos del brazo, deteniéndonos cada pocas casas para un largo beso. Cuando finalmente llegamos a casa susurré unas urgentes advertencias de silencio a Robin: no quería que el señor Contreras o Vinnie el banquero se nos echaran encima. Mientras Robin me rodeaba con sus brazos por la espalda, hurgué en mi bolso en busca de mis llaves.
Frente a la casa se cerró con fuerza la puerta de un coche. Nos apartamos hacia un lado al oír pasos que se acercaban por la senda. El reflector de un coche nos inmovilizó frente a la entrada de la casa.
– ¿Eres tú, Vicki? Siento interrumpir, pero tenemos que hablar -la voz, cargada de una pesada ironía, me era casi tan familiar como la de mi propio padre. Pertenecía al teniente Robert Mallory, jefe de la unidad de homicidios del Distrito Central de Policía de Chicago. Sentí cómo se sonrojaban mis mejillas en la oscuridad: por muy fría que una sea, es molesto que el más antiguo amigo de tu padre te sorprenda en un apasionado abrazo.
– Me siento halagada, Bobby. Dos millones y medio de almas en la ciudad, contando a tus siete nietos, y cuando tienes insomnio acudes a mí.
Bobby me ignoró.
– Despídete de tu amigo ese, vamos a dar una vuelta.
Robin hizo un encomiable intento de intervenir. Le agarré del brazo.
– Te meterán en el talego con los manguis y los maricas si le pegas, es un teniente de policía. Bobby, Robin Bessinger, de Seguros Ajax. Robin, Bobby Mallory, lo mejorcito de Chicago.
A la luz del reflector, la cara roja de Bobby parecía gris pálido; unas arrugas que normalmente no advertía cobraban un accidentado relieve. Al fin y al cabo se acercaba a su sesenta aniversario. Incluso me habían invitado a la fiesta sorpresa que su mujer le preparaba para principios de octubre, pero no había pensado en esa fecha como en algo que significaba que se estaba poniendo viejo. Rechacé la punzada de angustia que me había provocado la idea de su envejecimiento y dije, más fuerte de lo que pretendía:
– ¿Adonde vamos, y para qué, Bobby?
Vi cómo se esforzaba por contener las ganas de agarrarme y arrastrarme a la fuerza hasta el coche que esperaba. Mucha gente no sabe que si uno no está arrestado no tiene por qué seguir a un policía sólo porque se lo pida. Y mucha gente no se resiste aunque lo sepa. Hasta un buen policía como Bobby lo da por sentado para empezar; una ciudadana como yo le ayuda a relativizar su poder.
– Dile a tu amigo que se dé un paseíto – señaló a Robin con la cabeza.
Si le obedecía en eso, jugaría conforme a las reglas. No era un gran compromiso, pero era un compromiso. Le pedí a regañadientes a Robin que se fuera. Aceptó a condición de que lo llamara tan pronto como los polis hubiesen terminado conmigo, pero al llegar al final de la senda, se quedó para observar. Me conmovió.
– Bueno, se ha ido. ¿De qué tienes que hablar?
Bobby frunció el ceño y apretó los labios. Un simple gesto de fastidio.
– El vigilante nocturno ha encontrado un cuerpo junto a una obra a eso de las nueve y media. Tenía encima algo que la relaciona contigo.
Tuve una súbita visión de mi tía, borracha perdida, atropellada por un coche y abandonada a su muerte. Me apoyé con una mano en la pared del edificio para conservar el equilibrio.
– ¿Elena? -pregunté estúpidamente.
– ¿Elena? -Bobby se quedó momentáneamente mudo-. ¡Ah! La hermana de Tony. No, a menos que haya rejuvenecido cincuenta años y se haya teñido la piel para esta ocasión.
Tardé un minuto en caer en lo que quería decir. Una mujer joven y negra. Cerise. No era la única joven negra que conocía, pero no pude imaginar a ninguna de las demás muerta junto a una obra.
– ¿Quién era?
– Queremos que tú nos lo digas.
– ¿Qué habéis encontrado que os ha hecho relacionarla conmigo?
Bobby volvió a apretar los labios. Simplemente no quería decírmelo, los viejos hábitos son duros de desterrar. Pensé que estaba a punto de hablar cuando la puerta se abrió detrás de mí y Vinnie el banquero irrumpió en la noche.
– Ahora sí, Warshawski. Es la última vez que me despiertas a media noche. Para que te enteres, los polis están en camino. ¿Es que tus amigos nunca piensan, para echar así la luz a una ventana donde hay gente durmiendo y para largar con toda la fuerza de sus pulmones? ¿O estás intentando pescar algún cliente?
Se había cambiado el pijama por unos vaqueros y una camisa blanca con botones. Su espeso pelo castaño lo llevaba cuidadosamente peinado hacia atrás. Debió incluso tomarse el tiempo para lavárselo y secárselo antes de marcar el 091.
– Me alegro de que les hayas llamado, Vinnie, se pondrán muy contentos de venir aquí. Y también todos los de la manzana cuando los coches patrulla lleguen con esas nuevas luces pintando la noche de azul.
Bobby miró a Vinnie.
– ¿Has llamado a la poli, hijito?
El banquero sacó agresivamente la mandíbula.
– Sí, los he llamado. Estarán aquí en cualquier momento. Si eres su chulo, tienes unos dos minutos para desaparecer.
Bobby mantuvo su tono paternal.
– ¿Adonde has llamado, hijo? ¿A la comisaría, o a los de urgencias?
Vinnie se erizó.
– No soy su hijo. No se crea que a mí también me va a engatusar.
Bobby me miró, torciendo el gesto.
– ¿Has estado intentando venderle papelinas, Vicki?
Se volvió hacia Vinnie, mostrándole su placa.
– Sé que la señorita Warshawski no es la vecina mas fácil del mundo, y ahora mismo me la voy a llevar. Pero necesito saber si has llamado al 091 o a la comisaría, para avisar de que no vengan las patrullas, no quiero malgastar más dinero del municipio, quitando a los agentes del trabajo que deberían estar haciendo porque tú tienes una bronca con tus vecinos.
Vinnie frunció los labios, sin querer rajarse pero sabiendo que no tenía más remedio.
– El 091 -murmuró, y añadió más desafiante-: Y ya es hora de que alguien se encargue de ésta.
Bobby miró hacia la calle y gritó:
– ¡Furey!
Michael bajó del coche y se acercó a nosotros. Lo que me faltaba para completar la transformación del romance en farsa: Michael debió de verme en la puerta abrazando a Robin.
– Este chico ha llamado al 091 cuando me ha oído hablar con Vicki. Llama por radio y averigua quién viene y cancélalo, ¿vale? Y apaga las luces. El chico necesita su sueño reparador de belleza.
Michael, lo más inexpresivo que podía, me ignoró por completo y volvió al coche. Vinnie intentó averiguar el número de placa de Bobby para ponerle una denuncia ante el comandante de guardia -su "jefe", según dijo-, pero Bobby le apoyó su pesada mano en el hombro, asegurándole que todos tenían algo mejor que hacer con su tiempo, y que si Vinnie tenía que estar en su oficina por la mañana, tal vez ya era hora de que se metiera en casa.
– Bueno, al menos impídale a esa mujer que siga despachando sus asuntos en el vestíbulo en plena noche -le pidió Vinnie con petulancia mientras abría su puerta.