– Me llamo Warshawski. Soy detective y estoy aquí para algunos datos que nos faltan sobre esa chica muerta que encontró.
– Hace horas que se largaron los polis -apartó la mano de la pistola, pero su dura mirada no se suavizó.
– Acabo de llegar del depósito, donde he estado hablando con el sargento McGonnigal y el teniente Mallory. Olvidaron preguntar un par de cosas que necesito saber. Y también, ya que estoy aquí, me gustaría saber dónde la encontró.
Durante un momento de tensión creí que me iba a pedir alguna identificación policial, pero mi fluidez manejando los nombres adecuados pareció satisfacerle.
– No puedo llevarla allí abajo donde la encontré si no lleva casco.
Cogí uno de los cascos de Hurlihey y Frain de la mesa de dibujo.
– ¿Por qué no este mismo?
Sus helados ojos me volvieron a sopesar; no quería dejarme hacerlo, pero parecía ser un hombre de lógica y no estaba tan convencido de devolverme a Mallory con las manos vacías.
– Si hicieran su trabajo como es debido no tendrían que hacerme perder tanto tiempo. Vamos. No me voy a quedar esperando mientras se pasea con esos ridículos zapatos: nuestra póliza de seguros no cubre a los policías que no van vestidos de acuerdo a su tarea.
Cogí el casco y le seguí mansamente por el oscuro laberinto.
Capítulo 16
Mientras le seguía vacilante en la oscuridad, le convencí de que me dijera su nombre -León Garrison. Estaba encargado de la seguridad nocturna y era jefe de un equipo que trabajaba en el Rapelec. Su empresa, LockStep, estaba especializada en la vigilancia de edificios en construcción. Me pareció que parte de su irritación contra mí era orgullo herido por el hecho de que alguien hubiese entrado en el recinto para morir sin que él se enterara. Aún le fastidió más que yo consiguiera entrar igualmente inadvertida. Cuando le expliqué que había gritado un par de veces intentando despertar a alguien, no se entusiasmó tampoco.
Me llevó hasta abajo en un montacargas que corría por el exterior del edificio, moviendo las palancas con una taciturna eficiencia. Cuando salimos, proyectó la luz de la linterna frente a él haciendo arcos de círculo, iluminando rollos de cable, tablones, pedazos sueltos de hormigón. A medio paso de él, podía ver los obstáculos a tiempo para evitarlos. Tuve la sensación de que eso le decepcionaba.
Se detuvo bruscamente frente a un profundo hueco cuadrado.
– ¿Entiende algo de construcción? -preguntó.
– No.
Eso le levantó el ánimo, lo suficiente para que me explicara que lo último que se pone son los ascensores, hasta que no están construidos todos los pisos del edificio y el mecanismo queda instalado arriba. Las plataformas suspendidas sobre las que descansan llegan bastante más abajo, deben ser capaces de amortiguar los ascensores si los cables se rompen o si ocurre algún otro accidente fatal.
Este edificio tenía cuatro series de ocho ascensores cada una. Garrison recorrió todas ellas cuando descubrió el cuerpo de Cerise, mirando en cada una para cerciorarse de que no le esperaba alguna otra sorpresa desagradable. Cuando llegamos a la de marras, la enfocó con la linterna para que pudiera ver la plataforma que soportaba la grúa, unos veinte pisos más arriba. La grúa ocupaba el espacio donde se instalarían los ascensores una vez terminada la construcción.
Entre la profundidad del hueco y la plataforma de la grúa que oscilaba suavemente sobre mi cabeza, me asaltaron las náuseas. Al dar un paso atrás desde el borde, capté una sonrisita satisfecha en la cara de Garrison: estaba intentando impresionarme.
– De todas formas, ¿por qué miró ahí dentro? -traté de que mi voz sonara firme, no como si estuviera a punto de devolver.
– Tuvimos un incendio en una de las plataformas la semana pasada. Los tíos suelen tirar basura ahí dentro sólo porque es un hoyo abierto. Alguien tiró una colilla y lo que había empezó a arder. Sólo compruebo qué clase de basura se amontona ahí dentro.
Le pedí que volviera a alumbrar el hueco con la linterna. Habían clavado en uno de los lados una serie de tablas sin desbastar, para poder bajar y subir si se quería, pero no era nada fácil meterse dentro. Era difícil de creer que Cerise, o cualquier otro yonqui, se tomara tanto trabajo sólo por buscar un sitio solitario para chutarse.
– ¿Cada cuánto los comprueba?
– Normalmente, sólo una vez cada noche. Lo hice al empezar mi ronda. Desde el incendio, lo primero que miro son los huecos.
– ¿Así que la vio y llamó al 091?
Se rascó la cabeza por debajo del casco.
– Exactamente, llamé primero a August Cray. Es el responsable de la obra por la noche. Vino aquí, echó un vistazo, y me dijo que llamara a la policía. Luego llamó al contratista.
– ¿A Wunsch & Grasso?
– Tendrá que preguntarle a Cray, en este proyecto hay un montón de contratistas trabajando. Necesitan enterarse si ocurre algo especial en la obra, y supongo que se puede decir que un cadáver es algo bastante especial.
Pareció ostentar otra vez una sonrisa satisfecha, aunque era más bien difícil de determinar en la oscuridad. Me pregunté dónde estaría ese tal Cray cuando yo llamaba desde el tercer piso. De todas formas, llamó a alguien de Wunsch & Grasso, tal vez al propio Ernie. Luego, Ernie llamó a su colega Furey y le pidió que se asegurase de que la obra estaba limpia, de que no les fueran a hacer algún tipo de publicidad adversa o pedirles responsabilidades. Eso era plausible, incluso probable, pero no explicaba por qué habían llamado a Bobby y por qué estaba cabreado por ello.
¿A no ser que los muchachos hubiesen utilizado su relación con Boots para que el condado interviniera en la investigación? Pero eso no tenía sentido, lo que querrían sería echar tierra al asunto, y el implicar a Boots y al condado tendría el efecto contrario. Sondeé a Garrison todo lo que pude, pero no sabía a quién había llamado Cray ni por qué el municipio había mandado al jefe de su sección de homicidios.
– ¿Ha visto todo lo que necesitaba? -preguntó abruptamente Garrison-, no quiero que la pasma envíe a otro relevo esta noche diciendo que se han olvidado otra puñetera cosa. Hay mucho trabajo que hacer aquí.
– Esto debería ser suficiente -dije-. Creo que podrá estar a salvo de la policía al menos durante las próximas doce horas.
– Más vale -apagó la linterna y se dirigió al montacargas-. Supongo que más vale que le diga a Cray que ha estado aquí, le gusta saber quién hay en la obra por la noche.
Bajamos hasta el tercer piso.
– Va vestida un poco raro para una poli, ¿no?-dijo al bajar.
– Voy vestida raro para una obra -corregí-. Hasta los detectives tenemos vida privada. La muerte de Cerise Ramsay ha interrumpido la mía -el recuerdo de Bobby lanzando su reflector sobre Robin y yo me volvió a la cabeza. Ahora parecía más gracioso que en aquel momento. Reprimí una risita cuando Garrison llamó a la puerta de uno de los pequeños cubículos.
Cray resultó ser un blanco corpulento de cincuenta y pico años. Me observó suspicazmente mientras Garrison le contaba el motivo de mi visita.
– ¿No la has oído subir aquí? -preguntó el encargado de la seguridad.
– Estaba en el retrete -respondió brevemente Cray-. ¿Ya tiene lo que necesitaba? La próxima vez, llame antes.
Mostré una radiante sonrisa.
– Por supuesto que lo haré. ¿A quién llamó, a Ernie o a Ron, cuando Garrison le dijo lo del cadáver?
El ceño de Cray se acentuó.
– ¿Importa eso?
– Ya lo creo que importa. Una yonqui muerta no debería mover a un jefe de la pasma, y estoy intentando averiguar por qué.
– ¿Por qué no le pregunta eso a su jefe? -seguía poniendo un matiz grave y desagradable en su voz.
– ¿Al teniente Mallory? Ya se lo pregunté, y no me lo dijo. Y como precisión, no es mi jefe.