Выбрать главу

Subí por la senda hacia Belmont a paso lento, llamando a Peppy en las intersecciones, procurando no desgarrarme un músculo. En el puerto me sentí por fin lo suficientemente suelta como para correr a tope durante un kilómetro o así, pero a la vuelta reduje otra vez a un paso ligero.

Recogí a Peppy en su lugar habitual junto a la laguna. Había descubierto una familia de patos y se estaba zambullendo con la esperanza de alcanzarlos. Hasta que no se echaron a volar en dirección al lago, hizo como que no me oía llamarla: mi merecida réplica por haberla ignorado los últimos dos días. Luego vino hacia mí dando saltos, con la lengua fuera, mostrando perversamente los dientes: sabía que me estabas llamando, pero nunca podrás probarlo.

Mi cabeza estaba mucho más despejada conforme volvíamos a casa. Cuando llegué al apartamento, me sentía incluso lo suficientemente bien como para reconciliarme con el señor Contreras. Llamé a la puerta de la cocina, le dije que había estado ocupada en un caso hasta las cuatro, y le pregunté si tenía café hecho. Con eso me sentí totalmente virtuosa: su café es un pésimo brebaje recocido, y hubiese ahorrado tiempo haciéndome una cafetera nueva en lugar de quedarme de palique con él.

Admitió que le quedaba algo del desayuno y abrió la puerta, mirando severamente a la perra, y luego a mí.

– ¿Por qué has dejado que la princesa se metiera en el agua? Aparte de que afuera no hace más de quince grados, no han limpiado el agua de esa laguna desde 1850.

Característico. Para poder ser perdonada, tenía que aguantar una regañina. Enseñé los dientes en un sucedáneo de sonrisa.

– Ya sé, ya sé. Le supliqué una y otra vez, pero ya sabe cómo es, la señorita quiere hacer algo, y lo hace sin pedir permiso a nadie.

Me miró con agudeza.

– Me parece que conozco a una señorita de ésas, hum hum. Y uno no tiene más remedio que aguantarse hasta que están dispuestas a volverte a oír.

Sonreí con aire entendido.

– Eso es, así es exactamente. Bueno, ¿qué tal si tomamos ese café?

Capítulo 17

Para una tía no hay más castillo que su casa

El señor Contreras goza por carambola de mis sensaciones fuertes. Había oído el jaleo anoche, cuando Bobby nos había abordado a Robin y a mí, pero aún estaba dolido -"sé que te gusta guardarte tus cosas para ti sola, niña", fueron sus palabras-, así que había sujetado a la esclavizante Peppy. Y yo no creía tener buenas noticias que contar. Cuando le hube relatado lo del depósito y mi ronda nocturna por las Torres Rapelee, estaba palpablemente celoso.

– Tenías que haberme llevado contigo, chiquilla. Te amenazan con vaciarte encima una carga de acero; yo hubiera sabido cómo replicar.

– Por supuesto que sí -convine, palideciendo levemente. El par de veces que había salido en mi defensa con una llave inglesa aún ronda mis pesadillas-. Gracias por el café. Ahora tengo que irme, tengo algo urgente que nadie puede hacer por mí y todo ese rollo.

O tal vez alguien sí podía hacer algo por mí, pensé seriamente mientras subía corriendo las escaleras hacia mi casa. Era hora de obligar a Elena a que soltase algo que se aproximara a la verdad. Me di una ducha rápida, me sequé someramente mientras me enfundaba los vaqueros, remetí mi blusa de seda rosa en el cinturón, y me dirigí a la puerta.

Cuando estaba cerrándola con llave, sonó el teléfono. Volví corriendo adentro. Era Robin. Robin. Me había olvidado de llamarle, pero no parecía enfadado por ello.

– ¿Todo fue bien anoche?

– Depende de a qué te refieras. Querían que identificara a una chiquilla cuyo cadáver encontraron en una obra.

Emitió algunos sonidos de comprensión.

– ¿Y la identificaste?

– Sí. Era negra, pobre y drogadicta, así que todo se conjugaba para un triste final, pero aun así fue espantoso.

– Los maderos podían haberse comportado un poco más humanamente contigo dadas las circunstancias.

– Supongo que, dadas las circunstancias, querían impresionarme para que dijera la verdad.

Vaciló un instante.

– No quiero ponerme pesado, sobre todo después de la noche que has pasado, pero ¿te has pensado algo más lo de llevar la investigación del Indiana Arms? Necesitamos avanzar.

Sentí un ligero calorcito bajo mis costillas. Alguien pensaba que yo era un ser humano competente, no un grano en el culo que debería ocuparse de sus asuntos. Aunque la noche anterior ya había decidido hacer el trabajo, era bueno sentir que alguien -un hombre- me llamaba y pensaba de entrada que yo debería estar trabajando, y no metida en casa jugando a las muñecas.

– El único problema es que yo no entiendo de incendios. Y no creo que pueda aprender tan rápido como para hacer una investigación técnica.

– No necesitamos que hagas ningún trabajo técnico, contratamos a un laboratorio para que haga esas cosas. Lo que puedes hacer es una investigación financiera sobre el propietario, ver si tenía algún motivo para provocar él mismo el incendio. Por lo que he oído, parece ser que eres la mejor para ese tipo de trabajo.

El calorcito se extendió de mis costillas a mis mejillas.

– Estupendo -apunté el nombre y la dirección del propietario: Saúl Seligman, en Estes norte. Tenía unos setenta y estaba semi jubilado, pero iba a su oficina de Irving Park Road muchas tardes. Concienzudamente apunté también el número de teléfono.

– ¿Podríamos intentar quedar otra vez para cenar? -preguntó Robin-. ¿En algún sitio cerca de mi casa para que los polis no te arresten en plena velada?

Me eché a reír.

– ¿Qué tal el viernes? Estoy bastante hecha polvo y tengo un montón de trabajo para estos próximos días.

– Estupendo. Te llamaré el viernes por la mañana para elegir el sitio. Muchas gracias por hacerte cargo del caso.

– Sí, lo haré -colgué.

Eran ya más de las doce. Si mi tía seguía siendo la misma mujer, estaría apenas levantándose. Conduje con un temerario nerviosismo, haciéndome los seis kilómetros en menos de diez minutos, y me detuve con un chirrido de frenos enfrente del Windsor Arms. Había una pareja sentada en la acera, la espalda apoyada contra la pared, enfrascada en una profunda discusión sobre quién tenía la culpa de que Biffy hubiese desaparecido. Me detuve lo suficiente como para imaginar que Biffy era un gato. Ninguno de los dos me dirigió una mirada.

Tampoco en el vestíbulo conseguí llamar mucho más la atención. El ama del castillo estaba mirando la tele en la salita, de espaldas a mí. Las cinco o seis personas que había con ella estaban absortas en la intensidad de los sentimientos que latían en la altísima pantalla. Uno de ellos levantó la vista pero volvió al programa cuando empecé a subir los escalones.

Los subí de dos en dos y corrí a buen paso hasta el cuarto de Elena. La puerta estaba cerrada. Intenté girar el pomo, y luego aporreé la puerta. Nada. Volví a tocar pero no la llamé: si me reconocía, se haría la muerta durante las próximas veinticuatro horas.

Finalmente chilló con una voz pastosa por el sueño:

– Lárgate. Tengo derecho a mi sueño reparador lo mismo que tú, puta barata.

Volví a aporrear la puerta, fuerte y sin parar, hasta que se abrió hacia dentro bajo mi mano. Intentó darme con ella en las narices pero entré tras ella en la habitación.

– Siento interrumpir tu sueño reparador, tiíta -dije con una amable sonrisa-. ¿No es un poco arriesgado llamar a tu casera puta barata?

– Victoria, cariño, ¿qué haces aquí?

– He venido a verte, Elena. Traigo una mala noticia respecto a Cerise.

El camisón violeta aún no había visto el agua y el jabón. La mezcla de olor a cerveza agria y a sudor que exudaba era sofocante. Fui hacia la ventana e intenté abrirla, pero una mano pródiga la había sellado al pintarla. Me senté en la cama. El colchón debía de tener unos tres centímetros de espesor; los muelles crujieron y una pequeña espiral de alambre se me clavó en el culo.