– ¿Cerise, querida? -parpadeó en la escasa luz-, ¿qué le ha pasado?
La miré solemnemente.
– Me temo que está muerta. La policía vino anoche de madrugada y me llevaron a que identificara su cadáver.
– ¿Muerta? -repitió. Su cara cambió rápidamente de expresión mientras decidía cómo iba a reaccionar, desde la incomprensión hasta la indignación. Me pareció que una de las fases intermedias era algo ladina. Finalmente unas cuantas lágrimas le corrieron por las veteadas mejillas.
– No deberías soltarle esas noticias así a la gente, eres terrible. Espero que no hayas ido al cuarto de hospital de Zerlina aporreando la puerta para despertarla y contarle cosas espantosas de su hija. Gabriella estaría avergonzada si supiera lo que has hecho. Tremendamente avergonzada. Además, creí que estabas cuidando de esa pobre chica. ¿Por qué la has dejado escapar para que la mataran? -era evidente que se estaba esforzando mucho por ponerse furiosa.
– Más bien lo hizo sin que nadie la dejara. Cuando volví a la consulta de la doctora Herschel el lunes por la tarde, ya se había largado. Llamé a la policía y les dije que estuvieran atentos, pero la ciudad es muy grande y no hay bastantes monos para patrullarla. Así que ha muerto de sobredosis en el fondo de un hueco de ascensor en una obra.
Elena sacudió la cabeza, frunciendo y apretando los labios.
– Eso es horrible, cariño, horrible. No puedo soportar que me den noticias así tan bruscamente. ¿Por qué no te vas y me dejas sola para digerirlo? Tendré que ver a Zerlina, ¿y qué le voy a decir? Ahora vete, Vicki. Eres una buena chica por venir a decírmelo, pero ahora necesito estar sola.
Sostuve la amable sonrisa en los labios y la miré seriamente.
– Sí, Elena. Enseguida me voy. Pero primero necesito que me digas qué chanchullo os traíais entre manos Cerise y tú.
Se enderezó y me lanzó una mirada de dignidad ofendida.
– ¿Chanchullo, Victoria? Esa palabra es muy insultante.
– Pero describe el proceso a la perfección. ¿Qué martingala os habíais montado las dos para sacar dinero?
– La pobre niña aún no está fría y ya vienes aquí a ensuciar su memoria. No sé qué diría Gabriella -se estiró nerviosamente la bata.
El recuerdo de mi madre me provocó una sonrisa simplemente divertida.
– Diría: "Elena, di la verdad, dolerá un poco al salir, pero después te sentirás mucho mejor" -Gabriella creía firmemente en el valor de las purgas.
– Bueno, sea como sea, yo no sé de qué me hablas.
Sacudí la cabeza.
– Eso no cuela, tía. Tú y Cerise aparecisteis en mi puerta asustadísimas por lo que pudo pasarle a la pobre Katterina. Pero en una sola noche ese temor se evaporó: Cerise montó la escena de la desaparición y tú misma estabas coqueteando por ahí. Si alguna de las dos hubiese estado preocupada de verdad, se habría ingeniado alguna forma de ponerse en contacto conmigo.
– Cerise probablemente no tenía tu número de teléfono. Puede que ni siquiera recordara tu apellido.
Asentí con la cabeza.
– No me extrañaría nada. Pero lo único que tenía que hacer es esperar en la clínica de la doctora Herschel y allí estaba yo: leal, concienzuda y activa, o como diga la divisa esa de los scouts. No. Vosotras dos teníais planeado algo. De lo contrario no os hubiera costado tanto decirme el apellido de Zerlina.
– Lo único que pensaba era que no debías ir a molestarla…
Chasqueé la lengua.
– Le dijiste a Zerlina el miércoles pasado que no se podía quedar con la niña en el Indiana Arms. ¿Qué pensabas, chantajearla por el precio de una botella? Mal rollo, Elena, pero le salvó la vida a la niña. Sabíais, cuando me visteis el domingo, que Zerlina había mandado a la niña a otro sitio. Quiero saber qué coño estabais haciendo, y por qué me metisteis a mí -la intensidad de mi sentimiento me puso en pie; miré a mi tía de arriba abajo.
Las lágrimas ya preparadas anegaron sus ojos.
– Fuera de aquí, Victoria Ifigenia. Sal de aquí. Siento haber acudido a ti después del incendio. No eres más que una jodida mocosa, una cotilla incapaz de respetar a sus mayores. Te crees la dueña de Chicago, pero ésta es mi habitación y llamaré a la policía si no te vas.
Miré a mi alrededor y mi cólera se desvaneció, sustituida por la lástima y una oleada de desesperación. Elena no podía cumplir su amenaza: ni siquiera tenía teléfono. Lo único que tenía era su bolsa de mano y su inmundo camisón sudado. Reprimí mis propias lágrimas y me fui. Mientras me alejaba bajo los apliques de la luz vacíos, la oí girar la llave en la cerradura.
Afuera, la pareja había dejado de discutir y se estaba reconciliando con la ayuda de una botella de Ripple. Caminé lentamente hasta mi coche y me senté, apoyándome en el volante. A veces la vida es tan penosa que duele hasta mover los brazos.
Capítulo 18
Lo que deseaba era largarme a algún rincón remoto del globo donde la miseria humana no estuviera tan al desnudo. A falta de fondos para hacerlo, podía retirarme a mi cama durante un mes. Pero entonces mi hipoteca vencería y sería devuelta sin pagar, y al final el banco me desahuciaría y entonces ya tendría mi propia y desnuda miseria, sentada frente a mi edificio con una botella de Ripple para olvidar todo eso. Encendí el motor y me dirigí hacia el norte, a la oficina de Saúl Seligman en Foster.
Era una fachada estrecha y pobre. Las ventanas tenían la parte inferior tapada con tablas; en la parte superior derecha se leía "Administración de Fincas Seligman", pintado sobre el cristal en desconchadas letras doradas. Entre las tablas y la mugre de los cristales, no podía ver el interior, pero creí ver la luz encendida.
La puerta se movió pesadamente bajo mi empuje; se había enganchado en un trozo de linóleo suelto que hacía de muy efectiva cuña. Después de entrar intenté aplanarlo, pero se volvía a abarquillar tan pronto como retiraba el pie. Lo dejé estar y avancé hacia la alta y deteriorada barrera que separaba a Saúl del resto del mundo. Si nadaba en oro, no lo demostraba en la recepción de su oficina.
La parte de atrás contenía cinco mesas de despacho, pero sólo una estaba ocupada. Una mujer de unos sesenta años leía un ejemplar de préstamo de Judith Krantz. Su descolorido cabello rubio estaba esmeradamente esculpido en una serie de ondas. Sus labios se movían levemente mientras recorría la página con un dedo regordete en que el anillo se había ido incrustando. No levantó la vista, aunque debió oírme forcejear con el linóleo. Tal vez tenía que devolver ya el libro: le faltaba por leer casi la mitad.
– Puedo decirle cómo termina -ofrecí.
Dejó de mala gana a Judith.
– ¿Querías algo, guapa?
– El señor Seligman -dije en mi tono más claro y profesional.
– No está, querida -su mano se extendió hacia el libro.
– ¿A qué hora le espera?
– No tiene un horario fijo ahora que está jubilado.
Encontré el cerrojo interior de la puerta de la barrera.
– Tal vez usted pueda ayudarme. ¿Es usted la encargada de la oficina?
Se creció un poquito.
– No puedes entrar aquí así como así, guapa. Esto es privado. El público, del otro lado.
Cerré la portezuela tras de mí.
– Soy detective, señora. Me ha contratado Seguros Ajax para investigar el incendio que destruyó una de las propiedades Seligman la semana pasada. El Indiana Arms.
– Oh -se puso a manipular un anillo de casada que se le incrustaba en el dedo-. ¿Hay algún tipo de problema?
– Un incendio intencionado siempre es un problema -me senté en la esquina de la mesa contigua a la suya-. La compañía no pagará la indemnización hasta que esté convencida de que el señor Seligman no tiene nada que ver con la provocación del incendio.