Se enderezó en su silla; sus ojos azul pálido lanzaron chispas a través de las gafas.
– Esa insinuación es ofensiva. ¡Vaya una idea! El señor Seligman no podría… ¿Tiene alguna prueba que apoye lo que acaba de decir?
Sacudí la cabeza.
– No le estoy acusando de provocar el incendio. Lo único que necesito es asegurarme de que no lo hizo.
– No lo hizo, eso se lo puedo jurar.
– Estupendo. Eso significa que la encuesta será corta y fácil. ¿Cuántas propiedades posee?, además del Indiana Arms, quiero decir.
– El señor Seligman es el hombre más dulce, más honesto… escucha, él es judío, de acuerdo, y yo soy católica. ¿Crees que eso le molestó alguna vez? Cuando mi marido me dejó y me quedé con mis dos hijas que cuidar, ¿quién pagó sus gastos de enseñanza para que pudieran seguir en el St. Inanna? Y los regalos de Navidad que les hacía, por no hablar de los que me hacía a mí, y no digo uno, sino cien, más vale que Fanny no se enterara de la clase de regalos que me hacía, al menos si quería seguir estando felizmente casado, como así fue hasta que ella murió hace tres años. Desde entonces ya no ha sido el mismo, ha perdido interés por el negocio, pero si crees que hubiera sido capaz de quemar un edificio, la que está loca eres tú.
Cuando terminó, estaba roja y jadeaba un poco. Sólo una bestia hubiera insistido.
– ¿Usted percibe aquí los alquileres, señora…?
– Donnelly -me espetó-. Eso es cosa de los gerentes de las fincas. Escucha. Más vale que me enseñes algún tipo de autorización si piensas irrumpir aquí agobiándome a preguntas.
Extraje mi licencia del billetero y se la alargué con una de mis tarjetas: V. I. Warshawski, Investigaciones Financieras. Las examinó con desconfianza, estudió la foto, la comparó conmigo. Por alguna razón la cara me había salido de color langosta en esa foto. Siempre deja perpleja a la gente.
– ¿Y cómo sé que trabaja para la compañía de seguros? era un tiro franco no muy convencido, pero válido.
– Puede llamar a la compañía y preguntar por Robin Bessinger, de la sección de incendios criminales. Él le responderá de mí -tendría que hacer que me dieran algo por escrito, lo mejor sería que les llevara una copia de mi contrato por servicios y les pidiera una carta de autorización.
Volvió la vista hacia el teléfono, pero pareció decidir que era demasiada molestia seguir defendiéndose de mí.
– Bueno. Pregunta lo que quieras, pero jamás encontrarás ninguna prueba que relacione al señor Seligman con ese incendio.
– ¿Cuál es su situación en la compañía, señora Donnelly?
– Soy la directora de la oficina -su cara estaba preparada con una dura expresión para rechazar cualquier ataque al señor Seligman.
– ¿Y eso significa que usted…?
– La gente viene con quejas, yo hago que el encargado del edificio las compruebe, o el administrador de la finca, el que esté a su cargo. Me ocupo de las ofertas si hay que hacer alguna obra, esa clase de cosas. Los detectives vienen haciendo preguntas, y yo hablo con ellos.
Era un inesperado destello de humor; sonreí apreciativamente.
– ¿Cuántas propiedades hay?
Las contó con los dedos: la de Ashland, la de la Cuarenta y Siete, ésta, ésta, siete en total, contando el Indiana Arms. Apunté las direcciones para poder pasar por delante con el coche, pero, a juzgar por su situación, ninguna era una gran fuente de lucro. No, los alquileres no habían bajado. Sí, solían tener mucha más gente en la oficina, eso era cuando el señor Seligman era más joven, solía comprar y vender propiedades sin parar, y necesitaba más personal para hacerlo. Ahora sólo estaban ella y él, formando equipo como siempre, y nunca iba a encontrar a una persona con más corazón, por mucho que buscara, tanto en las afueras como en la ciudad.
– Perfecto -me levanté del borde de la mesa y me froté la dolorida marca que el metal me había grabado en el muslo-. Por cierto, ¿cuál es su banco, no el suyo personal, sino el de Fincas Seligman?
La desconfianza volvió a brillar en su mirada, pero respondió lo suficientemente rápido: el Edgewater National.
Mientras abría la puerta se me ocurrió otra cosa:
– ¿Quién sustituirá al señor Seligman en el negocio? ¿Tiene hijos que estén metidos en él?
Me volvió a mirar de hito en hito.
– Ni se me ocurriría inmiscuirme en un asunto tan personal. Y no vayas a molestarle con eso, no se ha llegado a recuperar del todo de la muerte de Fanny.
Solté la portezuela, que se cerró con un chasquido. Conque ni siquiera se le ocurriría. Probablemente conocía todos los pensamientos de Seligman desde hacía veinte años, y ahora que su mujer había muerto, todavía más. Mientras forzaba la puerta sobre el linóleo suelto, me pregunté vanamente cómo serían las propias hijas de la señora Donnelly, que el viejo había educado tan generosamente.
Antes de subirme al coche, encontré un teléfono en la esquina para llamar a Robin. Estaba en una reunión -ocupación perenne de los jefes de seguros-, pero su secretaria me prometió que a la mañana siguiente me aguardaría una carta de autorización.
La tarde tocaba a su fin; no había comido decentemente en todo el día, sólo una tostada con el execrable café del señor Contreras. Es difícil pensar estando hambrienta: las exigencias del estómago se vuelven primordiales. Encontré un restaurante polaco que cerraba tarde donde me dieron un tazón de espesa sopa de coles y un plato con pan de centeno casero. Estaba tan bueno que también me tomé un pastel de frambuesa y una taza de café recocido antes de seguir rumbo al norte en busca del señor Seligman.
Estes es una tranquila calle residencial en Rogers Park. Seligman vivía en una deslucida casa de ladrillo al este del Ridge. El pequeño jardín de la entrada no había estado muy atendido durante el largo y tórrido verano; grandes matas de maleza y hierba rastrera habían suplantado al ralo césped. La senda estaba malamente desbaratada, no era el camino ideal para una persona mayor, sobre todo cuando se instalaba el invierno de Chicago. Los escalones no estaban en mejor estado: evité un gran hoyo en el tercer escalón justo a tiempo para no torcerme el tobillo. Un felpudo raído antecedía la puerta. Resbalé sobre su brillante superficie al tocar el timbre.
Oí resonar debidamente la campanilla tras la gruesa puerta de entrada. No sucedió nada. Esperé unos minutos y volví a llamar. Tras una segunda espera, empecé a preguntarme si no me habría cruzado con Seligman por el Ridge. Pero justo cuando me disponía a marcharme, oí el forcejeo de los cerrojos. Era un proceso largo y laborioso. Cuando se descorrió el último pestillo, la puerta se abrió lentamente hacia adentro y un anciano me miró parpadeando desde el umbral.
Debía de tener más o menos la edad del señor Contreras, pero mientras mi vecino tenía una vitalidad y una curiosidad que lo mantenían en forma, el señor Seligman parecía jubilado de la vida. Su rostro se había arrugado en una serie de blandos pliegues descendentes que se metían en el cuello alto de su desgastado jersey beige. Por encima llevaba una rebeca raída, con una parte remetida en su pantalón de pijama. No tenía pinta de haber planeado un incendio y maquinado un fraude.
– ¿Sí? -su voz era floja y ronca.
Me esforcé en poner una sonrisa en mis labios y le expliqué mi misión.
– ¿Es usted de la policía, joven?
– Soy detective privada. Su compañía de seguros me ha contratado para investigar el incendio.
– ¿El seguro? Mi seguro está al corriente, estoy seguro, pero tendrá que comprobarlo por medio de Rita -cuando sacudió la cabeza, confuso, pude vislumbrar un audífono tras su oreja izquierda.
Levanté la voz y traté de hablar con claridad.
– Ya sé que su seguro está pagado. La compañía me ha contratado. Ajax quiere que descubra quién le prendió fuego a su hotel.