– Ah, quién le prendió fuego -asintió cinco o seis veces con la cabeza-. No tengo la menor idea. Fue una gran conmoción, una terrible conmoción. He estado esperando que la policía o los bomberos vinieran a hablar conmigo, pero hoy día uno paga impuestos para nada. Dejan que se consuma hasta los cimientos sin hacer nada por apagarlo, y luego no hacen nada por atrapar al que lo hizo.
– Estoy de acuerdo -puntualicé-. Por eso Ajax me ha contratado para que se lo investigue. Me gustaría pasar y hablar de ello.
Me estudió cuidadosamente, decidió que no parecía una gran amenaza, y me invitó a pasar. Tan pronto como cerró la puerta tras de mí y echó uno de los cerrojos, me arrepentí de no haber proseguido la conversación en el umbral. El olor combinado a moho, platos sucios y grasa rancia parecía exudar de las paredes y los muebles. No sabía que podía existir vida en esa atmósfera.
La salita adonde me condujo estaba oscura y fría. Intenté no soltar un taco al tropezar con una mesita baja, pero al retroceder ante ésta me enganché el pie en algún pesado objeto de metal y no pude evitar una palabrota.
– Cuidado con eso, joven, todo eso eran cosas de Fanny y no quiero que se estropeen.
– No, señor -dije dócilmente, esperando a que terminara de manipular una lámpara para encender la luz antes de volver a moverme. Cuando la lámpara de grandes flecos cobró vida, vi que había tropezado con un juego de atizadores misteriosamente colocados en medio de la habitación. Como no había chimenea, tal vez ése era el lugar idóneo para ellos. Me abrí camino entre el resto de los obstáculos y me senté cautelosamente en el borde de un sillón demasiado blando. Mi trasero se hundió profundamente en su muelle y polvorienta tapicería.
El señor Seligman se sentó en un diván a juego que estaba al lado, sin contar la jaula de cobre vacía que colgaba entre nosotros.
– Bueno, ¿qué es lo que quiere, joven?
Era duro de oído y estaba deprimido, pero ciertamente no estaba mentalmente disminuido. Cuando captó lo esencial de mis observaciones, sus blandas mejillas se motearon de color.
– ¿Mi compañía de seguros cree que yo he quemado mi propia finca? ¿Para qué pago las primas? Pago mis impuestos y la policía no me ayuda, pago mi seguro y mi compañía me insulta.
– Señor Seligman -le atajé-, usted lleva mucho tiempo viviendo en Chicago, ¿verdad? ¿Toda su vida? Bueno, yo también. Sabe tan bien como yo que aquí todos los días hay gente que incendia sus propiedades sólo para cobrar el seguro. Me alegro de pensar que usted no es uno de ellos, pero no puede reprocharle a la compañía que quiera asegurarse.
El rubor de la cólera desapareció de sus mejillas pero siguió farfullando entre dientes sobre los ladrones que le quitan a uno su dinero sin darle nada a cambio. Se calmó lo suficiente como para responder a algunas preguntas de rutina, sobre dónde estaba la noche del miércoles anterior. En casa y en la cama, ¿quién creía que era a su edad, un Don Juan que se va de parranda por ahí toda la noche?
– ¿Se le ocurre qué razón podían tener para quemar el Indiana Arms?
Alzó las manos, exasperado.
– Era un viejo edificio, que no le servía a nadie, ni siquiera a mí. Uno paga los impuestos, paga el seguro, paga los servicios públicos, y cuando cobra el alquiler no tiene bastante para comprar la pintura. Sé que la instalación eléctrica era vieja, pero no podía permitirme instalar una nueva, tiene que creerme, joven.
– ¿Por qué simplemente no lo hizo derribar si le resultaba tan costoso de mantener?
– Es usted igual que la gente de hoy, sólo tienen en cuenta los dólares y no el corazón de las personas. Viene la gente, prácticamente a diario, creyendo que soy un viejo estúpido que les voy a vender mi corazón y dejarles que lo destrocen. Y usted igual.
Sacudió lentamente la cabeza, deprimido por la perfidia de las jóvenes generaciones.
– Fue el primer edificio que poseí. Junté poquito a poco el dinero, durante la Depresión. Usted no lo puede entender. Trabajé haciendo repartos con un camión durante años y ahorraba cada centavo, cada penique, y cuando Fanny y yo nos casamos todo fue para el Indiana Arms.
Hablaba más para sí mismo que para mí, con su ronca voz tan baja que tenía que inclinarme hacia él para oírle.
– Tenía que haberlo visto en aquel tiempo, era un hotel magnífico. Yo iba a hacer entregas allí por la mañana y hasta las cocinas me parecían maravillosas: yo me crié en dos cuartos, éramos ocho en dos cuartos, sin cocina, y había que bombear el agua a mano. Cuando los dueños quebraron, todo el mundo quebraba en aquellos días, reuní todo el dinero que pude y lo compré.
Sus ojos descoloridos se nublaron.
– Luego vino la guerra y la gente de color lo invadió todo, y Fanny y yo nos mudamos aquí arriba, entonces teníamos una familia, no se podían criar niños en un hotel de residentes, aunque la vecindad fuese decente. Pero nunca pude decidirme a venderlo. Ahora ya no existe, tal vez sea mejor así.
Por respeto a sus recuerdos esperé antes de volver a hablar, echando un vistazo circular por la habitación para dejarle un poco de intimidad. En la mesita más cercana a mí había una foto de estudio de un solemne joven y de una muchacha en traje de novia que sonreía tímidamente.
– Ésos somos Fanny y yo -precisó al ver mi mirada-. Es difícil de creer, ¿verdad?
Le trabajé con suavidad con las preguntas de rutina: quién trabajaba para él, qué sabía del vigilante nocturno del Indiana Arms, quién heredaría el negocio, a quién podía beneficiar el incendio. Contestó con bastante fluidez, pero le era totalmente imposible pensar mal de alguien que trabajara para él, ni de sus hijas, que se quedarían con el negocio a su muerte.
– No es que sea mucho para dejarles. Cuando uno empieza, se cree que va a terminar como Rubloff, pero lo único que he conseguido con todos mis años son siete edificios hechos una ruina -me dio los nombres de sus hijas y sus direcciones, y quedó en decirle a Rita que me facilitara una lista de los empleados: los encargados y vigilantes del edificio y el personal de mantenimiento.
– Supongo que hay quien sería capaz de incendiar un edificio por una buena suma. Es cierto que no les pago mucho, pero míreme, mire cómo vivo, a fin de cuentas no soy Donald Trump, les pago lo que puedo.
Me acompañó hasta la puerta de entrada, repitiendo lo mismo sin parar, que pagaba sus impuestos y que nadie le daba nada ni tenía nada, pero él pagaba a sus empleados, y ¿es que se iban a volver contra él? Mientras bajaba los escalones de la entrada, oí correr lentamente los cerrojos detrás de mí.
Capítulo 19
Había una misión que no podía soslayar antes de ir a casa. Cuadré los hombros y me dirigí hacia el sur, entre los atascos de hora punta, con destino al Michael Reese. Zerlina seguía en su habitación de cuatro camas, pero una de ellas estaba vacía y las otras dos contenían a nuevas compañeras que me miraron inexpresivamente antes de volver a la Ruleta de la Fortuna.
Zerlina volvió la cabeza a otro lado cuando me vio. Vacilé al pie de su cama, sería más fácil tomarme su rechazo por lo que valía y volverme a casa, que hablarle de su hija. "El que renuncia, no gana, y el que gana, no renuncia", me dije para darme valor, y fui a colocarme junto a su cabecera.
– Se ha enterado de lo de Cerise, señora Ramsay.
Los ojos negros me miraron sin pestañear, pero al cabo de un tiempo emitió un gruñido afirmativo.
– Lo siento muchísimo. Tuve que identificarla esta madrugada. Parecía tremendamente joven.
Hizo una mueca horrible al esforzarse por contener las lágrimas.
– ¿Qué le hicisteis, tú y esa tía tuya, para empujarla a quitarse la vida?