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Había sido un día demasiado largo para mí para poder hacer una gran demostración de sutileza.

– Roz, me importa un rábano que te hayas acostado con Boots y con toda la plana mayor del condado con tal de estar en las listas. Lo que me fastidia es que te molestes tanto en averiguar si yo te estaba minando el terreno. Qué ha podido hacerte siquiera pensar una cosa así, ¿a no ser que me quieras embarcar en algo de lo que más tarde me podría arrepentir? Yo soy sensible, Roz, y me pone muy nerviosa que alguien intente camelarme.

– Yo me he acercado a ti por respeto a nuestra vieja amistad -dijo, indignada-. Y ahora estás rebajando nuestra amistad a algo sucio. Velma tenía razón. Es una pérdida de tiempo acudir a una blanca con mis preocupaciones.

– Pero acudir a un blanco no lo es, ¿verdad? -estaba totalmente fuera de quicio-. ¿Boots puede ser tu aliado pero yo no? Anda, vete a salvar a los hispanos de Chicago, Roz, pero a mí déjame en paz.

Colgamos sobre esa nota fracturada. Estaba tan furiosa que hubiese llamado a Velma para pedirle cuentas sobre eso de no confiar en mí sólo por ser blanca, pero ese tipo de conversaciones no conducen a nada constructivo.

El domingo por la mañana obtuve un indicio más de que algo se cocía en la olla de Fuentes-Meagher cuando Marissa me invitó a su casa a tomar unas copas esa tarde. Algo espontáneo e informal, así lo definió, para la gente con la que no había pasado suficiente tiempo en la campaña de Roz. Le dije que estaba verdaderamente abrumada de que se acordara de mí y que la idea de una velada de ésas era irresistible. Pero Marissa tenía un buen dominio de sí misma y se negó a dejarse encrespar.

A las cinco salí hacia su casa de Lincoln Park, una de esas construcciones de tres pisos en Cleveland en la que cada ladrillo ha sido pulido y cada madera tiene un acabado brillante y cálido. Marissa alquilaba la planta baja y vivía en los otros dos pisos.

Cuando llegué al primer piso, salió a recibirme al descansillo para escoltarme hasta lo que ella llamaba su cuarto de dibujo. Como siempre, tenía un aspecto magnífico, siendo su idea de la informalidad un amplio pantalón de seda roja, una túnica a juego, y un montón de adornos de plata. No es que yo me hubiese puesto unos vaqueros viejos, pero no pude evitar la sensación de que se había vestido con la intención de hacerme parecer corriente.

El cuarto de dibujo, que antes eran los dos dormitorios exteriores, ocupaba todo el ancho del edificio, con una hilera de ventanas con parteluz que daban a la calle Cleveland. Por muchos pensamientos negativos que tuviese respecto a Marissa, éstos no incluían sus gustos: la habitación estaba amueblada de forma sencilla pero preciosa, predominando un estilo victoriano de primera época, completado con tapices turcos escarlatas repartidos en sitios estratégicos. Un exótico despliegue de plantas le daban calidez a todo el escenario.

Cuando la felicité, se echó a reír y dijo que era gracias a su hermana, que tenía un negocio de alquiler de plantas y cada pocas semanas se las iba cambiando por follaje fresco.

– Déjame presentarte a alguna gente, Vic.

Unas quince o veinte personas charlaban con la fluidez que da la familiaridad. Mientras me conducía hacia el grupo más cercano, el timbre volvió a sonar. Se disculpó, diciéndome que me sirviera yo misma una copa y viera si conocía a alguien.

En parte esperaba ver a Roz, o incluso al contingente Wunsch y Grasso, pero la única persona a la que reconocí fue Ralph MacDonald. Me quité el sombrero ante Marissa; debía de estar incluso mejor conectada de lo que pensaba, para que el gran hombre consintiera pasar una tarde del domingo en una función de tan poca categoría.

Estaba hablando con un par de tipos con pinta de banqueros que se habían puesto cómodos para el fin de semana con camisas de cuello abierto y chaquetas deportivas. Dos mujeres de su pequeño grupo hablaban sotto voce entre sí para no molestar a los chicos. Esta escena de buena conducta mujeril me hizo alegrarme más que nunca de no haberme quedado junto a mi propio maridito, un abogado que ahora vivía con esplendor palatino en Oak Brook.

El bar, instalado en un rincón tras uno de los árboles, tenía prácticamente todo lo que se puede desear, incluida una botella de indiferente champán. El whisky era J &B, una marca que ni me va ni me viene, así que me serví un vaso del chardonnay. Me hacía sentirme demasiado como una nativa de Lincoln Park como para consolarme, pero no era mal vino.

Me lo llevé hasta un sillón y observé a Marissa, que volvía con los recién llegados, una pareja de treinta y tantos que tampoco reconocí. Los condujo hacia un grupo no muy alejado de mí, donde fueron recibidos con entusiasmo por Todd y Meryl. Marissa, anfitriona perfecta, se quedó a charlar, y luego se acercó al grupo de MacDonald antes de contestar otra vez al telefonillo.

Al poco, dos mujeres con pantalones negros y blusas blancas entraron con unas bandejas de entremeses calientes. Ralph MacDonald se alejó de su grupo con las dos mujeres justo en el momento en que yo me servía un par de triángulos de espinacas.

– ¿Vic? Soy Ralph MacDonald, nos conocimos en la fiesta de Boots el fin de semana pasado.

– Le recuerdo, por supuesto, pero me sorprende que se acuerde de mí-procuré parecer afable mientras tragaba apresuradamente el resto de mi pastel de espinacas.

– No seas modesta, Vic, eres una chica bastante memorable.

El comentario era inofensivo, pero el tono parecía recalcón. Antes de que pudiese interrogarle, me presentó a las dos mujeres, que obviamente estaban tan entusiasmadas por conocerme como yo a ellas. Llenaron unos platitos con un surtido de exquisiteces y se retiraron hacia los banqueros mientras Marissa nos acercaba a otro hombre no acompañado. Se presentó como Clarence Hinton; él y MacDonald evidentemente se conocían bastante bien.

– Recuerdas a Vic del domingo pasado, Ralph -declaró Marissa.

– Precisamente le estaba diciendo que no se subestimase -se volvió hacia mí-. De hecho, probablemente no te hubiese recordado de no haberme tropezado con Clarence, aquí presente, cuando te fuiste.

Sacudí la cabeza.

– Clarence y yo éramos ambos amigos de Edward Purcell.

Enrojecí a pesar mío. Purcell había sido presidente de Transicon, y el instigador del mayor fraude que había descubierto en mi primera gran investigación. No fue culpa mía que se suicidara un día antes de que los federales llegaran a por él, pero tuve que reprimir una respuesta defensiva.

Me forcé a preguntarle a Clarence en voz neutra si él también era promotor.

– Oh, me entretengo montando proyectos. No tengo la energía de MacDonald para esa clase de cosas. Ralph, quiero tomar algo, y esta dama necesita una segunda copa. Vuelvo enseguida.

– Lo mío es bourbon con hielo -dijo MacDonald mientras Hinton se acercaba al bar. Añadió dirigiéndose a mí:

– Me alegro de que hayas venido, Vic. Esperaba tener una oportunidad de hablar contigo.

Enarqué las cejas.

– ¿De Edward Purcell? Fue hace casi diez años.

– Oh, siempre me sentí un poco decepcionado por Teddy con aquello. No hay golpe tan duro como para no poder llevarlo a los tribunales.

– Sobre todo en esta ciudad -dije secamente.

Sonrió brevemente para hacerme saber que había pillado el chiste sin encontrarlo particularmente gracioso.

– No voy a recriminarte por lo de Teddy. No, quería hablarte de algo más actual.

Tal vez había llegado mi gran oportunidad, mi estrellato como detective. La posibilidad de fundar una empresa internacional que haría palidecer de envidia a mi tío Peter. Antes de poder preguntar nada, Clarence volvió con las bebidas y Ralph nos condujo a través del vestíbulo a un pequeño cuarto interior. Probablemente fue el cuarto de la criada en los primeros tiempos de la casa, pero Marissa lo había decorado en distintos tonos de blanco y lo utilizaba para ver la tele.