Esa noche me dijo secamente que estaba muy ocupado y que si se trataba de un asunto de trabajo podía esperar al día siguiente a que estuviera en su oficina.
– ¿Cómo se llama ella? -pregunté esperanzada.
– Abrevia, Warshawski, no estoy de humor.
Era fácil ser breve, ya que no tenía mucho que decir.
– Roz Fuentes. Está en la lista para las elecciones al condado y cree que yo creo que está ocultando algo. ¿Está ocultando algo?
– Dios santo, Vic, yo qué sé. Y tienes que molestarme en mi casa para preguntarme eso.
– No hubiese querido hacerlo -le interrumpí-. ¿Sabes quién es Ralph MacDonald?
– Me estás haciendo perder el tiempo, Warshawski. Todo el mundo conoce a MacDonald. Es el principal contendiente para llevarse la concesión del nuevo complejo de estadio, comercios y viviendas.
Eso no lo había oído yo. Murray me dijo arrogantemente que yo no lo sabía todo, que no era más que información confidencial del condado, por eso de que Boots estaba tan amigado con MacDonald.
– Y no necesito que me llames a casa catequizándome para recordar lo llano que tiene el camino Ralph MacDonald para los proyectos urbanísticos del condado. Él y Boots crecieron juntos. Prosperaron juntos. Todo el mundo sabe eso. Así que ve al grano o cuelga.
Le hice una mueca al teléfono, pero me lancé al agua con mi mejor estilo de exploradora.
– Ralph sale con una chica que conozco, Marissa Duncan. Es una mujer bastante metida en política, colectas de fondos y todo eso. Anoche le hizo ir a su casa de Lincoln Park para que me dijese que deje en paz a Roz.
– Sí, conozco a Marissa. Está en todos los acontecimientos donde hay que estar. Si ella y Ralph te han dicho que los dejes tranquilos, no es ninguna noticia, deben saber lo pesada que eres. Sigo pensando que eso podía esperar hasta mañana.
Como no dije nada, admitió a regañadientes que no sabía nada respecto a Roz que el periódico se estuviese callando. Lo hacen más veces de lo que el confiado público se imagina: no sacan a relucir una historia jugosa porque daría al traste con algún importante anunciante o figura religiosa. O incluso peor, prefieren esperar y soltarlo como una bomba apestosa cuando puede dañar a más gente.
– ¿Pero lo comprobarás mañana por mí? -insistí.
– Sólo si me das la exclusiva de tus funerales, Warshawski.
Le hice otra mueca al teléfono.
– Con la cantidad de patatas fritas que comes, soy capaz de sobrevivirte, Murray. ¿Has visto algo sobre una yonqui muerta que ha aparecido en la obra del Rapelec?
Sentí que estaba intentando descubrir, allí, ante el teléfono, cuál era el verdadero motivo de mi llamada, Roz o la yonqui.
– Me lo he perdido -dijo cautelosamente-. ¿Amiga tuya?
– En cierta manera -Peppy se levantó y empezó a olfatear por los rincones-. La he identificado. Lo único que me pareció extraño es que algunos de los peces gordos de la bofia estaban allí, pensé que sabrías algo de ello. Bueno, siento haberte molestado en tu casa, te llamaré mañana al periódico.
– Warshawski, mira, vete al cuerno. Búscate a otro que te haga los recados -colgó de golpe.
Peppy había encontrado bolas de pelusa detrás del piano y estaba agachada comiéndoselas. Se las saqué de la boca y busqué una pelota de tenis para jugar a tirársela allí mismo, en la casa. Le gusta sentarse sobre sus patas y atrapar la pelota sin dejarla botar. El problema es que yo tengo que correr a buscarla si a ella se le escapa. Estaba tumbada cuan larga era, sacándola de debajo del piano, cuando sonó el teléfono. Me enderecé para contestar y le lancé la pelota a Peppy. La vio pasar delante de ella con una mirada de asco y se desplomó, abatida, sobre sus patas delanteras. Era Michael Furey. Instantáneamente me puse tensa, pensando que Bobby debió de darle algún paternal consejo sobre la forma de manejar a las mujeres testarudas.
Furey estaba incomodísimo. No hice nada para ayudarle a relajarse.
– Siento molestarte tan tarde. ¿Tienes un minuto? Tengo que hablarte de algo. ¿Puedo acercarme a tu casa?
– ¿Es una idea de Bobby? -pregunté.
– Bueno, sí, quiero decir, no el que vaya a verte, pero…
– Puedes decirle de mi parte que no se meta en mis asuntos. O se lo diré yo misma.
– No me lo pongas más difícil de lo que ya es, Vic. No se trata únicamente de tus asuntos privados, aunque eso es lo que tú quisieras.
Aparté el aparato de mi cara y lo contemplé durante un minuto.
– ¿No me llamarás… por lo del martes por la noche? -pregunté estúpidamente.
– No, no, nada de eso. Aunque admito que te debo una disculpa. Es… se trata de tu tía, y no es fácil hablar de eso por teléfono.
El corazón se me encogió.
– ¿Ha muerto?
– No, no, sólo… mira, odio ser el que tenga que hacer esto, pero el tío Bobby -el teniente- creía que tú y yo estábamos, bueno, como hemos sido amigos, creyó que preferirías saberlo por mí que por cualquier otro.
Insensatas ideas de que Elena fuese de alguna forma responsable del incendio del Indiana Arms se mezclaron con el temor a que un coma etílico hubiese tomado proporciones desastrosas. Me senté en la banqueta del piano y quise saber a qué se refería Michael.
– No hay una forma fácil de decir esto. La han visto un par de veces buscando plan en los barrios altos, sobre todo con tíos mayores, pero también un par de veces con tíos jóvenes que se sulfuraron bastante.
Me eché a reír, aliviada de que fuese algo tan trivial, imaginándome a Elena echando los tejos a alguien como Vinnie el banquero o el propio Furey. Me carcajeaba tan fuerte que Peppy se acercó a ver qué pasaba.
– No es tan gracioso como te parece, Vic. La única razón por la que no ha sido arrestada es por su relación con tu familia y la policía. Esperaba que pudieras ir a hablar con ella, que le pidieras que parara.
– Haré lo que pueda -prometí, recuperando el aliento-, pero nunca le ha hecho mucho caso a nada de lo que le dicen los demás -no pude evitarlo y me eché a reír otra vez.
– ¿Y si voy yo también? -sugirió tentativamente-. El tío Bobby piensa que puede tener más impacto si alguien del cuerpo está allí respaldándote.
– Dime la verdad, él es demasiado gallina para enfrentarse a ella, ¿a que sí?
Eso hizo erizarse a Michaeclass="underline" no estaba dispuesto a desdorar a su jefe, aunque fuese su padrino. Más bien me preguntó, aún más vacilante, si estaba libre para hacerlo esa noche. Consulté mi reloj. Eran sólo las ocho y media; bueno, cuanto antes termináramos con ello, mejor.
– Si está en casa, lo más probable es que esté borracha -le advertí.
– No será la primera que veo. Te recojo dentro de veinte minutos.
Aún tenía puesta la falda de rayón de seda roja que llevaba en la fiesta de Marissa. La cambié por unos vaqueros, no quería que Furey pensara que me había arreglado para él. Cuando tocó el telefonillo, a la hora justa, devolví a Peppy al señor Contreras. Estaba totalmente disgustada: ni carrera, ni juegos, y ahora tenía que quedarse encerrada mientras yo me iba a correr aventuras que sin lugar a dudas implicaban cazar un montón de ardillas y de patos.
Michael había recuperado cierta dosis de su jovialidad. Me saludó alegremente, me preguntó si había superado el choque de tener que identificar a Cerise, y me abrió solícitamente la puerta del Corvette para que subiera. Recogí mis piernas y las puse de lado, que es la única forma posible de subir a ese tipo de coches: siempre me he preguntado cómo Magnum subía y bajaba de su Ferrari.
– ¿Dónde vive? -preguntó, arrancando con un gran rugido del motor.