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Le di la dirección del Windsor Arms, pero le dejé encontrar su propio camino. Nunca hace falta dirigir por las calles a un policía de Chicago. Tal vez deberíamos exigirles un año de servicio en las patrullas de policía a todos los aspirantes a taxista.

Michael hizo uso de su privilegio bloqueando la boca de incendios frente al hotel. Un par de borrachos se acercaron a inspeccionar el Corvette, pero se esfumaron en la noche cuando Furey les dejó casualmente ver su fusta. Cuando entró no había nadie en el mostrador.

Yo me había dirigido a las escaleras, y Michael me seguía, cuando una voz gritó desde la salita:

– ¡Eh! ¡Sólo pueden subir los residentes!

Nos giramos y vimos a un hombre en ropa de trabajo verde levantándose de una silla y dirigiéndose hacia nosotros. Detrás de él, algún estúpido serial vociferaba desde el altísimo televisor. En su juventud el hombre había sido musculoso, tal vez llegó a jugar al fútbol en la escuela superior, pero ahora ya sólo era grandote y desgalichado, y su barriga presionaba los botones de su camisa verde de trabajo.

Michael enseñó su blanca dentadura.

– Policía, colega. Tenemos que hablar con una de las inquilinas.

– ¿Tiene una identificación? Cualquiera puede entrar aquí diciendo que es de la poli.

Podía estar más que medio trompa y algo carroza, pero tenía ciertas agallas. Michael pareció pensar en hacer el numerito del poli duro, pero cuando vio que yo lo estaba observando, se sacó la placa del bolsillo del pantalón y la enseñó fugazmente.

– ¿A quién buscan? -preguntó el vigilante.

– A Elena Warshawski -dije antes de que a Michael le diera por la línea policiaca del no-es-asunto-tuyo-. ¿Sabe si está?

– No está aquí.

– ¿Y si subimos y lo comprobamos nosotros mismos? -dijo Michael.

El hombre sacudió la cabeza.

– No serviría de nada. Se fue hace tres días. Recogió todos sus bártulos y se largó en plena noche.

– ¿El jueves? -pregunté.

Reflexionó un instante para hacer cuenta atrás.

– Sí, eso creo. ¿Tiene algún problema?

– Es mi tía -dije-. Se siente sola y trata de encontrar gente para hacerle compañía. Quiero cerciorarme de que está bien. ¿Sabe adonde ha ido?

Negó con la cabeza.

– Yo estaba aquí sentado, viendo la peli de las dos de la madrugada, y la vi colarse por la escalera. "Eh, seño, no hay ley que diga que no pué bajar la escalera a media noche. Pué andar recta", que le grito. Y ella boquea y me dice que vaya fuera para ver si no hay moros en la costa. Yo no me meto en qué negocios anda la gente, así que salgo y la miro encaminarse a Broadway. Nadie la molestó, así que me volví a meter. Y es la última vez que la he visto.

Era una trama inquietante. Algo la había puesto tan nerviosa que la había empujado a abandonar la seguridad de su cama, tanto que le había impedido venir a llamar a mi puerta.

– ¿Puedo subir a ver su habitación? -pregunté bruscamente-. Tal vez haya dejado algo, alguna señal de por qué se ha fugado.

El vigilante nocturno me escudriñó con sus ojos empañados por la bebida. Después de pedirme el carnet de conducir para echarle un vistazo, decretó que pasaba la prueba que él había pergeñado para sus adentros. Volvimos a las escaleras y seguimos sus pesados pasos hasta el tercer piso. Michael me preguntó con un apremiante susurro si tenía alguna idea de adonde podía haber ido.

– Nnnnn -sacudí la cabeza con impaciencia-. Probablemente, la única amiga que tenía del Indiana Arms está aún en el hospital y no tiene dónde quedarse tampoco.

El vigilante manipuló laboriosamente las llaves de su cinturón hasta que encontró la que abría la habitación de Elena. Pulsó un interruptor que encendió la bombilla desnuda del techo. La habitación estaba vacía. Elena había dejado revuelta la colcha de nailon. Tiré de un extremo que arrastraba por el suelo y descubrí la delgada colchoneta, más que colchón, como una vergonzosa acusación a la habitación entera.

Sacudí la ropa de la cama. El único objeto oculto allí era un sostén que se había vuelto gris e informe con el tiempo. Elena había vaciado la cómoda de plástico. No quedaba nada en la caja bajo la cama. Puesto que el vigilante tenía una llave maestra, siempre existía la posibilidad de que ya la hubiese limpiado, pero por lo que yo sabía Elena no tenía nada de valor para dejarse. El sostén parecía una reliquia tan triste que lo doblé y me lo metí en el bolso.

Sacudí la cabeza con impotencia.

– Tal vez podría hablar con algún otro residente y ver si alguno de ellos sabe por qué puede haberse ido.

El vigilante se frotó sus manos enormes en el costado del pantalón.

– Puede, claro, pero cuando vean que su amigo éste es de la pasma, lo más probable es que no quieran hablar con usted. Además, no creo que su tía conozca tanto a nadie de aquí.

Estando borracha pudo haberle dicho algo a alguien, incluso a alguien que no conociera de nada. Alguien con quien hubiese compartido una botella tres o cuatro veces sería ya como un amigo de toda la vida. Le pregunté al vigilante cuándo terminaba su turno: sería más fácil actuar con él que con la cancerbera diurna.

– A las seis. Libro mañana y el lunes.

Así que si quería interrogar a los residentes, tenía que hacerlo esa noche. Mis hombros se encorvaron de desánimo.

Michael me observaba con simpatía.

– Mira, Vic. ¿Por qué no preparas una buena descripción? Se la daré a los uniformes. Si la buscamos en serio, tenemos bastantes posibilidades de dar con ella, y eso te evitará muchos sudores.

– Gracias -le sonreí, agradecida. Era ese tipo de gestos de preocupación por los demás lo que había constituido siempre su rasgo más atractivo.

Seguimos al hombre otra vez hasta abajo. Antes de irnos decidí asegurarle la habitación a Elena para octubre. El vigilante -por fin me enteré de su nombre, Fred Cameron- se cobró y me extendió un recibo escrito con letra torpe y grande.

De vuelta en el Corvette de Michael, le di una descripción detallada de Elena, incluyendo lo que recordaba de sus ropas. La emitió por radio, haciendo hincapié en la urgencia de encontrarla, y pidiendo que cualquier avistamiento se le informara directamente a él.

Cuando girábamos rumbo al sur le pregunté cuándo habían visto a Elena de buscona.

– Si la han visto después del jueves, el lugar donde se la haya visto estará probablemente cerca de donde se esté quedando.

– Bien dicho. Comprobaré los informes cuando llegue a la comisaría -se metió a todo trapo delante de otro coche en una intersección y siguió a todo meter entre el tráfico de Broadway hacia el sur. Ese es el tipo de maniobra que siempre me ha gustado menos en él.

– No tienes la menor idea de por qué ha podido largarse así, ¿verdad?

– No. Algo ha debido de asustarla, pero no sé qué. Tenía cierta amistad con la chica que murió en la obra del Rapelec. Sé que se quedó perturbada, cuando se lo conté, pero no se fue hasta tarde en la noche después de que se lo dijera. No tengo ninguna pista. Supongo que tendré que hablar con algunos de los residentes.

Paró frente a mi edificio y aceleró un poco el motor.

– A pesar de lo que dijo ese tipo, Carneron, creo que la gente sí hablaría conmigo, Vic. Por qué no me dejas que me ocupe de esto, tú estás demasiado implicada en la situación y eso siempre es malo para un interrogatorio.

Acepté enseguida, incluso de buena gana. Tras una pausa le pregunté si habían dado con algo respecto a Cerise que explicase por qué había elegido el Rapelec para chutarse.

– No. Sólo fuimos porque Boots tiene invertido dinero en el proyecto y quería cerciorarse de que no había nada raro relacionado con la presencia allí de ese cadáver. Es muy sensible a los escándalos en período electoral. El tío Bobby estaba cabreadísimo de que le obligaran a ir, te lo puedo asegurar. Y a Ernie le cabreó que fueras después a rondar por allí.