Como yo no sabía nada de las prácticas de la construcción, poco podía decir del equipamiento. Mi cerebro giró a mil en busca de una idea.
– Yo me dedico a investigaciones financieras -dije, inventándomelo conforme iba hablando-. Mi cliente piensa que Alma está hinchando su capacidad, que ha aceptado proyectos que no puede atender, simplemente para hacer creer que come a la mesa de los grandes. Se preocupa por su inversión. Quería ver su equipamiento para saber si es alquilado o propio.
Me pareció lamentablemente flojo, pero al menos Collins no pareció encontrarlo raro.
– No puede entrar en la obra buscando esa clase de cosas. Tengo a varios miles de hombres ahí fuera. Todo lo que están haciendo está cuidadosamente coordinado. No puedo dejar entrar a personal civil no autorizado.
Iba a defender mi causa, pero él frunció el ceño, pensando.
– Chuck -le dijo abruptamente al blanco rubicundo-, llama allí y pregunta sobre sus camiones. Dale la información a la señora -y añadió dirigiéndose a mí-: Es todo lo que puedo hacer por usted, y más de lo que debería.
– Se lo agradezco -dije con tanta sinceridad como pude reunir. En realidad no me satisfacía en absoluto: quería ver a Alma trabajando, ver si algo extraño se me aparecía de pronto sólo con mirarlos. Pero no tenía otra elección. La obra del Dan Ryan no era sitio donde yo pudiese infiltrarme.
Collins regresó a su oficina y Chuck volvió al teléfono. Tras diez o quince minutos de conversación a gritos con una gran variedad de personas, me hizo señas de que me acercara a su mesa.
– Creía que estaban en el sector cincuenta y nueve, pero se han trasladado al ciento treinta y uno. No creo que tenga que preocuparse de si pagan o no sus camiones: todo el material que tienen en la obra pertenece a Wunsch & Grasso.
Como le miré sin expresión, me repitió la información en voz más alta. Me recompuse, le ofrecí mi más dulce sonrisa, y le di las gracias lo mejor que pude.
Capítulo 23
Cuando quise llegar al Loop ya era demasiado tarde para buscar alguna referencia en las salas del Centro Daley. Aparqué ilegalmente frente al Pulteney para comprobar mis mensajes. Cuando entré en el ascensor, me llevó unos cuantos minutos darme cuenta de que no se movía, tan concentrada estaba en mis pensamientos. Mientras subía los cuatro pisos, seguía dándole vueltas en mi cabeza.
En realidad, ¿qué tenía de extraño el que Luis utilizase la maquinaria de Wunsch & Grasso? Me había sacudido como un rayo en el remolque, pero puede que no significara nada especial. Luis y su socio conocían a Ernie y a Ron, eso quedaba claro con su estrecha confabulación en la fiesta de Boots. Si Alma Mexicana se estaba esforzando por escalar en el negocio de la construcción de Chicago, era muy plausible que alquilaran equipamiento a otra empresa más fuerte.
– Ocúpate de tus asuntos, Vic -salmodié en voz alta al abrir mi oficina-. Si Roz oculta algo sucio de su juventud, no es asunto tuyo.
Encendí las luces y llamé a mi servicio de contestación de llamadas. Robin había llamado, y también Darrough Graham, que quería saber dónde coño estaba su informe. Llamé primero a Graham, ya que era un cliente que pagaba fijo, le conté que había estado unos días fuera, y que tendría el trabajo hecho al día siguiente. No estaba contento, pero llevábamos muchos años trabajando juntos: no iba a romper conmigo por una cosa así. De todas formas, no podía seguir ignorando a mis buenos clientes.
Mientras esperaba que la recepcionista buscara a Robin -le había dejado dicho que le interrumpiera si llamaba yo-, saqué un taco de papel periódico de detrás de mi archivador. Utilizando un marcador grueso, elaboré la lista, con horarios y todo, de mis tareas corrientes. Sujetando el auricular bajo la oreja, pegué la hoja con celo a la pared frente a mi escritorio.
– Ese es tu trabajo -me amonesté severamente-. No hagas ninguna otra cosa hasta que todas estas tareas no estén cumplidas.
– ¿Vic? -la voz de Robin interrumpió mis amonestaciones-, ¿estás ahí?
– Ah, hola, Robin. Sólo estaba pensando en voz alta. Cuando una trabaja sola no atina muy bien a diferenciar la palabra del pensamiento.
– Oh, me pregunto si el aislamiento es un precio demasiado alto por trabajar solo.
Charlamos durante unos minutos, sobre eso y sobre si me gustaría cenar en compañía. Cuando hube aceptado, llevó la conversación al tema del trabajo.
– Tu informe nos ha llegado hoy, tus dos informes. Los he leído con mi jefe, y hemos decidido que queríamos que siguieras comprobando algunas cosas. No pongo en duda tu afirmación sobre el carácter del viejo, pero esa noche alguien quitó de en medio al vigilante. Y era obviamente alguien que conocía sus costumbres, así que tuvo que ser o un residente, o alguien de la administración de Seligman.
– O alguien de fuera que lo estaba vigilando -añadí.
– Sí, supongo. El problema es que la única persona que se beneficia de verdad con el incendio es el viejo, o sus hijas cuando muera. Antes de pagar la indemnización quiero asegurarme de que Seligman no le envió a ese tipo el dinero para las apuestas. ¿Puedes dedicarnos una semana más?
Consulté mi plan de acción. Si me dedicaba al proyecto de Graham mañana por la mañana, podía estirar el resto de mi tiempo para el encargo de Ajax y tenerlo todo hecho para el viernes a última hora -con tal de que no gastara más tiempo en preguntarme sobre Roz, en preguntarme por qué mi llamada a Velma la había impulsado a echarme encima a Ralph MacDonald, y todo eso.
– ¿Sigues ahí, Vic?
– Aja. Sí, creo que puedo concederos otra semana, chicos. ¿Me vais a pagar la factura actual o queréis que os haga otra nueva con todas mis horas cuando termine esta nueva tarea?
– Ya hemos cursado ésa para el pago, recibirás un cheque en diez días o así… Dices que Seligman no está perdiendo dinero pero que tampoco está ganando mucho.
Tracé un círculo en el papel periódico con mi marcador.
– No creo que le preocupe mucho. Puedo intentar encontrar sus viejos libros, y comparar los beneficios actuales con los de hace quince o veinte años, pero no me da la impresión de ser el tío que se lo pasa suspirando por sus billones perdidos.
– Bueno, investiga un poco más, ve qué puedes averiguar. Sé que no dejarás que la impresión que te ha causado el tipo oscurezca tu búsqueda de pruebas. Nos vemos a las siete y media, ¿no?
– De acuerdo -lo había presentado como un cumplido, pero en realidad era más bien una advertencia. La impetuosidad es el peor enemigo del detective.
Le añadí una nariz y unos ojos al círculo y le planté unos bigotes. Pese a la advertencia de Robin, no podía creer en la culpabilidad del viejo, a no ser que sufriese alguna aberración en su personalidad de la que no me había percatado las dos veces que había hablado con él. Pero Robin tenía razón, Seligman poseía un sólido motivo financiero. Por supuesto sus hijas heredarían los bienes y tal vez eran lo suficientemente listas como para destruir ahora el edificio y así no despertar sospechas después de su muerte.
Doté a la cara de un desgarbado traje y de una mano extendida pidiendo dinero. Alguien del Indiana Arms tuvo que haber visto algo pero era demasiado circunspecto como para airearlo: cuando uno vive al margen aprende a no llamar la atención. Si pudiese localizar a alguno de los antiguos residentes, tal vez pudiese persuadirles de que hablaran. Tal vez podría conseguir fotos de las jóvenes Seligman por medio de su padre y enseñárselas -aunque, por supuesto, podían perfectamente haber contratado a alguien para hacer el trabajo práctico. No importaba que la hija hubiese estado en Brasil, pudo perfectamente planear el incendio.
El problema de este plan era que aunque Rita Donnelly quisiese darme los nombres de algunos de los antiguos inquilinos, haría falta un ejército para averiguar dónde se habían mudado tras el incendio. Claro que tenía a dos inquilinas: Zerlina Ramsay y mi tía. No sabía dónde estaba ninguna de las dos, pero eso era una fruslería para una detective inteligente.