Se me ocurrió de pronto que podría encontrar a Zerlina a través del depósito de cadáveres. Si había recogido el cuerpo de Cerise, tendrían registrada su dirección. Lo que necesitaba era alguien que pudiese conseguírmela. Un agente de policía podría hacerlo, pero difícilmente podía llamar a Furey pidiéndole su ayuda y luego negarle la posibilidad de pasar un rato conmigo. Bobby preferiría verme muerta antes que ayudarme en una investigación. O al menos preferiría verme en el talego. John McGonnigal estaba más bien distante conmigo últimamente. Había alguien entre el personal de Bobby que no manifestaba una hostilidad especial hacia mí. Terry Finchley. No voy a decir que éramos amigos, pero todos nuestros encuentros en el pasado habían sido agradables. Y una vez, unos años atrás, me dijo que le gustaba la forma en que defendía a mis amigos. Valía la pena intentarlo.
Por milagro, Finchley estaba en la comisaría. Expresó un cauteloso placer de oírme.
– Necesito un favor -dije de buenas a primeras.
– Ya lo sé, Warshawski. Si no, no hubieras llamado. ¿No se tratará de Furey, verdad? -tenía una agradable voz de tenor con un matiz de humor.
– No, no -le aseguré. Claro, todo el mundo en la unidad de Bobby debía estar al tanto de los altibajos de mi relación con Michael. Le conté lo de Cerise y mi intención de buscar a Zerlina.
Al contestarme, su voz era fría y me dijo que no le parecía un uso muy apropiado de su tiempo.
– No, seguramente no lo es. Pero creo que responderían a una solicitud de tu parte, pero no de la mía.
– Pídeselo a Furey. O a McGonnigal -dijo con doble intención.
– Detective -me apresuré a decir antes de que me colgara-, te he llamado porque no me sentía capaz de llamarlos a ellos. Ya sé que los conozco más que a ti, que nosotros no nos conocemos tanto, pero pensé que no te importaría. No se trata de una ingrata tarea, es algo que la policía puede hacer y yo no. Necesito encontrar a la señora Ramsay para averiguar si vio algo -ante su falta de respuesta, mi voz se fue desvaneciendo, tropezando en una sintaxis desesperanzada-. Lo siento. La próxima vez no te molestaré.
– Dices que no te sientes capaz de llamar a Furey o a McGonnigal. ¿Por qué?
Yo también estaba empezando a sentirme fastidiada.
– No es exactamente asunto tuyo, Detective. Es totalmente personal y sé que los asuntos personales son un tema muy agradecido en las discusiones públicas de la sala de guardia.
– Ya veo -guardó silencio durante un minuto, pensando, y luego dijo bruscamente-: ¿No será porque soy negro?
– ¡Oh! -sentí que mis mejillas ardían-. ¿Porque también lo es la señora Ramsay? No, no había pensado en eso. Lo siento. No se me había ocurrido que lo verías de ese modo.
– Te perdono -dijo volviendo a su tono más liviano-. Pero sólo por esta vez. La próxima vez mira por dónde pisas. Y ándate con cuidado con Furey, no es un mal tipo, sólo son ribetes de tío rudo. ¿Cuál es tu número?
Se lo di y colgó. Me acerqué a la ventana y observé pasar los coches de viajeros de cercanías del ferrocarril elevado. No conseguía discernir si yo había estado fuera de tono o si Finchley había reaccionado demasiado fuerte. El problema era que probablemente él oía tantas pifias tantas veces al día, que, no importaba cuáles fuesen mis intenciones, terminaban por parecerse a toda la basura que estaba acostumbrado a oír.
Observé a las palomas buscándose los piojos sin reparar en el color de su plumaje. Superficialmente, el reino animal parecía algo más sano que nosotros los humanoides. Pero el verano anterior, un día que una gaviota se había parado en el alféizar, las palomas la habían atacado a picotazos y graznidos hasta que se fue, con el cuello ensangrentado.
Volví a mi despacho y leí el correo inútil que había recibido en los últimos días: seminarios sobre cómo administrar mejor mi negocio, seminarios para mejorar las técnicas de vigilancia, ofertas especiales de armas y municiones. Lo tiré todo a la basura con impaciencia. Finalmente, irritada contra mí misma por haber descuidado tanto mis asuntos en las últimas semanas, consulté mi archivo de potenciales clientes y me puse a escribirles cartas ofreciendo mis servicios.
Llevaba tres cuando sonó el teléfono. No era Finchley, sino alguien del depósito de cadáveres, le había pedido que me llamase directamente. El cuerpo de Cerise había sido entregado a Otis Armbruster en un domicilio de la calle Christiana.
Le di las gracias a la mujer y extendí mi plano de la ciudad. El seis mil de Christiana sur no es precisamente la parte más alegre de la ciudad. No es un lugar fantástico para pasearse sola por la noche, especialmente si una es mujer y blanca. Pensé en postergarlo hasta por la mañana, y entonces volví a sentirme incómoda por lo que había hablado con Finchley. Si Cerise o Zerlina podían navegar por esas calles, también podía yo.
En el preciso momento en que estaba apagando las luces, llamó Furey. Enseguida me puse tensa, pensando que Finchley podía haber comentado con él nuestra conversación, pero llamaba a propósito de Elena.
– No sabes nada de ella, ¿verdad? -me preguntó-. Porque anoche hemos recibido otra queja por intento de prostitución, de un bar de la parte alta de la ciudad que pretende ser de yuppies, y podría haber sido ella.
Me froté la nuca, tratando de relajar algo de su rigidez.
– No sé nada de ella, pero ahora mismo iba a salir a ver a una mujer que la conocía bastante bien, del Indiana Arms. Voy a ver si Elena se ha dejado ver por ahí.
– ¿Quieres que te acompañe? -intentó ocultar su ansiedad, sin lograrlo.
– No, gracias. No es que se esté muriendo de ganas de hablar conmigo, para empezar. Si ve a un agente de policía, se va a cerrar en banda.
– Llámame después, ¿vale? Hazme saber si te has enterado de algo.
– Claro -volví a levantarme-. Tengo que irme. Adiós.
Colgué antes de que pudiera seguir preguntándome algo, por ejemplo el apellido y la dirección de Zerlina, y me marché rápidamente para eludir otras llamadas. Bajé las escaleras de dos en dos: si tienes que cumplir una misión desagradable, cuanto antes mejor.
El Chevy tenía una papeleta de multa bajo el limpiaparabrisas. El crimen no paga en Chicago, especialmente para los infractores del aparcamiento en el Loop.
Bajé por Van Burén, eché un vistazo a la lenta hilera de coches que desfilaba por Congress, y opté por coger las calles secundarias. Por Wabash hasta la calle Veintidós era un buen trayecto. Una vez que hube dejado atrás las intersecciones con la autovía, el tráfico hacia el oeste avanzó bastante bien. No eran más que las seis y unos minutos cuando giré hacia el norte y entré en la calle Christiana.
En ese lugar estaba a unos doce kilómetros del edificio Rapelec de Navy Pier. Si Cerise vivía allí, ¿por qué había recorrido toda esa distancia buscando un sitio tranquilo para chutarse? No le encontraba ningún sentido.
Solares vacíos intercalados con edificios de tres pisos de piedra gris conformaban toda la calle. Sus ventanas rotas o tapadas con tablas indicaban que los edificios se tambaleaban al borde del derrumbamiento. En pleno día parecía Beirut. Ahora, el crepúsculo púrpura suavizaba los montones más grandes de cascajos en los baldíos, y difuminaba los contornos de los coches abandonados, convirtiéndolos en suaves formas oscuras. Los únicos comercios parecían ser las tabernas generosamente propagadas en cada esquina. Había pocos coches en las calles. Alguien me venía pisando los talones desde Cermak hasta la Diecisiete, poniéndome bastante nerviosa, pero cuando por fin reduje la velocidad y me aparté a la derecha, me pasó como una flecha con un gran bocinazo. Parecía un pueblo fantasma, deshabitado, a excepción de algún que otro grupo de jóvenes que discutían o bromeaban frente a los bares.