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– ¿No es Victoria Warchasi? ¿La detective privada? -preguntó, irritado.

– Soy detective privada, pero mi apellido es Warshawski -mantuve mi tono afable.

– Eso es lo que he dicho, zorra. Es a ti a quien hablo. Si sabes lo que te conviene, aparta tus narices de los asuntos de los demás.

– Oh, Luuui, Luuui, acabas de pronunciar la palabra mágica. Odio absolutamente que un extraño me llame zorra. Acabas de ganarte un lote completo de mi curiosidad por lo que Alma Mexicana está haciendo en el Ryan.

– Te lo aviso, Warchasi, que dejes de meterte en lo que no te importa. O podrías arrepentirte muchísimo -el teléfono restalló en mi oído.

Me até las zapatillas de correr y bajé de dos en dos las escaleras. Tras la puerta del señor Contreras oí a Peppy gimiendo. Reconocía mi paso y quería venir conmigo. No era justo dejarla vagar todo el día con el señor Contreras, él no podía llevarla a correr como es debido. Pero no podía detenerme por ella.

Me sentía a punto de estallar con todas esas presiones sobre mí. La perra. Furey. La misma Elena. Graham. Mis demás clientes. Y ahora mi bravata con Luis Schmidt. Bah, de todas formas que le dieran por saco por llamar con sus estúpidas amenazas.

Si al menos pudiese conseguir algo de pasta como anticipo, me tomaría un descanso, sólo limpiarme de esta ciudad por unos seis meses. Apreté los dientes ante la futilidad de la idea y puse ferozmente el Chevy en marcha.

A eso de las tres había terminado una búsqueda exhaustiva sobre la vida y amores del vicepresidente de prospección de mercado de Graham. En mi informe incluí el hecho de que el chico tenía una amante fija además de su mujer y su hijo pequeño, y no es que eso le fuera a importar a Graham. A mí me haría correr quince kilómetros en dirección contraria, pero Graham pensaba que lo que pasaba más abajo de la cintura no tenía ninguna incidencia en el rendimiento en el trabajo.

Hasta que no terminé de pasar a máquina el informe y lo mandé a la otra punta del Loop por mensajero, no me paré a comer. Para entonces el hambre me había provocado un persistente dolor de cabeza, aunque me sentí mentalmente mejor por poder tachar una tarea importante de mi programa.

Fui a un café vegetariano al doblar la esquina, para tomarme una sopa y un tazón de yogur. Eso dio cuenta del hambre, pero mi dolor de cabeza se volvió más intenso. Traté de ignorarlo, traté de obligarme a pensar en Luis Schmidt y en su cabreo por mi visita a la obra del Ryan. La cabeza me dolía demasiado para la lógica. Cuando saqué el Chevy del aparcamiento subterráneo, lo único que quería era irme a casa y volver a meterme en la cama, pero me seguía preocupando todo el tiempo que había perdido últimamente. Enfilé penosamente hacia el norte, dirección: la casa de Saúl Seligman.

No se puso muy contento al verme. Ni tampoco quería darme fotos de sus hijas. Necesité hasta el último gramo de energía para mantenerme amable y persuasiva a pesar del dolor cegador que me punzaba las sienes.

– En su lugar yo también estaría furiosa. Tiene derecho a esperar una indemnización con las primas que paga. Desgraciadamente, hay demasiada gente deshonesta por ahí y el resultado es que pagan justos por pecadores.

Proseguimos así durante tres cuartos de hora. Finalmente, Seligman hizo un gesto de irritación. Se acercó a un macizo escritorio en un rincón y abrió la tapa de persiana. Una pila de papeles cayó en cascada al suelo. Los ignoró y hurgó en un cajón detrás de los papeles que quedaban hasta que encontró un par de fotos.

– Supongo que sería capaz de quedarse hasta el alba si no se las doy. Quiero un recibo. Y luego váyase, déjeme solo. No vuelva hasta que no sea para decirme que ha limpiado mi nombre.

Las dos fotos eran de grupo, tomadas en alguna fiesta familiar. Sus hijas estaban de pie a ambos lados de su mujer, flanqueadas por Rita Donnelly y otras dos jóvenes. Supuse que esas dos serían las hijas de Rita, pero a esas alturas no me importaban demasiado, ya tenía bastante con intentar discernir algo.

Me saqué del bolso una pequeña libreta de apuntes para anotarle a Seligman la fecha y la descripción de las fotos. Las letras me bailaban ante los ojos al escribir; no estaba segura de que mi nota tuviera algún sentido. Seligman la metió en el escritorio, cerró la tapa, y me empujó hacia la puerta.

Pude llegar a casa más por suerte que por destreza. Cuando llegué, estaba tiritando y sudando. Conseguí no sé cómo trepar hasta mi cuarto de baño antes de vomitar. Después me sentí algo mejor, pero me arrastré hasta la cama, me puse una sudadera gruesa y unos calcetines y me deslicé bajo las mantas. Cuando entré en calor, mis tensos músculos del cuello y de los brazos se relajaron y caí en un profundo sopor.

El timbre del teléfono me devolvió lentamente a la vida. Estaba sumida tan profundamente en el sueño, que me llevó algún tiempo relacionar el ruido con el exterior. Después de un buen lapso de tiempo en que el timbre se entretejió con mis sueños, mi mente terminó por incorporarse perezosamente al mundo consciente. Me sentía como una recién nacida, como cuando un dolor intenso ha sido expulsado del organismo, pero el insistente repiqueteo no me dejó disfrutarlo. Finalmente extendí un brazo y cogí el receptor.

– ¿…iga? -tenía la voz velada y pastosa.

– ¿Vicki? ¿Vicki, eres tú?

Era Elena, llorando aparatosamente. Miré con resignación la pantalla del reloj: la una y diez. Sólo Elena podía despertarme a esa maldita hora.

– Sí, tía, soy yo. Cálmate, deja de llorar y cuéntame cuál es el problema.

– Yo… oh, Vicki, te necesito, tienes que venir a ayudarme.

Estaba verdaderamente aterrorizada. Me incorporé y empecé a ponerme los vaqueros que había dejado al pie de la cama.

– Dime dónde estás y qué clase de problema tienes.

– Yo… oh… -prorrumpió en fuertes sollozos, y luego su voz desapareció.

Por un momento creí haber perdido la comunicación, pero luego me di cuenta de que estaba tapando el micrófono. O se lo estaban tapando. ¿Había huido de algo y sus perseguidores la habían alcanzado? Esperé con ansiedad, indecisa, pensando que debería colgar y avisar a Furey, sin querer colgar hasta estar segura de que la había perdido. Como no tenía ni idea de adonde mandar a la patrulla de policía, esperé, y tras un par de minutos con el corazón en vilo volvió a hablar.

– Me he escapado -resopló miserablemente-. La pobre Elena se ha asustado y se ha escapado.

Así que no es que estuviese mortalmente aterrorizada, sólo ensayando su actuación. Hice un esfuerzo por mantener un tono ligero de voz.

– Ya sé que te escapaste, tía. ¿Pero adonde fuiste?

– He estado viviendo en uno de los edificios viejos junto al Indiana Arms, hace meses que está abandonado pero algunas de las habitaciones están en muy buen estado, se puede dormir ahí sin que nadie te vea. Pero ahora me han encontrado. Vicki, me matarán, tienes que venir a ayudarme.

– ¿Estás ahora en ese edificio?

– Hay un teléfono en la esquina -dijo con un hipido-. Me matarán si me ven. No podía salir durante el día. Tienes que venir, Vicki, no deben encontrarme aquí.

– ¿Quién te quiere matar, Elena? -hubiera querido poder ver su cara y no sólo oírla, era imposible discernir cuánta verdad había en todo su parloteo.

– Los que me están buscando -chilló-. Tú ven, Vicki, deja de hacer tanta puñetera pregunta, pareces un jodido inspector de hacienda.

– Bueno, bueno -dije en el tono apaciguador con que se habla a los niños-. Dime dónde está el edificio y estaré allí en treinta minutos.

– Hace esquina con el Indiana Arms -se fue calmando hasta no emitir más que un trémulo sollozo.

– ¿En la calle Indiana o en Cermak? -me até las zapatillas de correr.

– Indiana. ¿Vas a venir?

– Ya estoy saliendo. Tú quédate donde estás, junto al teléfono. Llama al 091 si realmente crees que alguien se acerca.