Выбрать главу

– ¡Elena! -llamé vivamente-, ¿estás ahí?

Me arrodillé junto al sofá. Mi tía estaba tumbada de lado, envuelta en una manta repugnante. Su bolsa de mano estaba apoyada en la pared, con el camisón violeta todavía asomando por un lado. El alivio y la ira me invadieron por partes iguales. ¿Cómo podía ser capaz de quedarse torrada después de llamarme de esa manera?

La sacudí con brusquedad.

– ¡Elena! Despierta. Tenemos que irnos de aquí.

No respondió. Su cabeza se bamboleó, exánime, al sacudirla. Con el estómago en un puño, volví a recostarla suavemente. Todavía respiraba con cortos y superficiales ronquidos. Le palpé la cabeza. En la nuca había una masa blanda e hinchada. Un golpe: ¿debido a una caída o a una persona?

Oí a alguien moverse a mi espalda. Presa del pánico, volví a sacar la pistola de la sobaquera. Antes de que pudiese ponerme en pie, la noche estalló en mil puntos luminosos a mi alrededor y quedé sumida en la oscuridad.

Capítulo 25

La dama incombustible

Mi dolor de cabeza había vuelto a plena potencia. Traté desesperadamente de vomitar. Mi estómago vacío no produjo más que un poco de bilis, que me dejó con más náuseas que nunca. Estaba tan mareada que no quería ni moverme, pero sabía que me sentiría mejor si iba a la cocina y me ponía unas compresas en mi dolorida cabeza y me tomaba un poco de coca. Era una cura milagrosa.

Me enderecé y me dio una punzada de dolor tan intensa que solté un grito. Y me di cuenta, bajo ese dolor, de que no estaba en casa ni en mi cama, había estado tirada en un sofá que olía tan mal que no pude volver a tumbarme a pesar de mi dolor de cabeza.

Permanecí sentada con la cabeza sobre las rodillas. Estaba en un sofá sin cojines. Cuando extendí una mano cautelosa pude palpar la pelusa del relleno que sobresalía. A tientas, mi mano topó con una pierna. Retrocedí tan rápidamente que las luces volvieron a danzar ante mis ojos y me dieron otra vez arcadas. El pequeño bulto huesudo de una rótula, el borde de una delgada bata de algodón.

Elena. Me había llamado, me había hecho venir a la carbonizada cáscara del Indiana Arms. ¿Y luego? ¿Cómo había llegado a quedar inconsciente? Me dolía pensar. Extendí una mano y toqué el lugar doloroso. Un bonito bulto, con la consistencia del hígado crudo y más o menos igual de atractivo. ¿Me habían golpeado? ¿O me había caído? No podía recordarlo y representaba demasiado esfuerzo intentarlo.

Pero Elena también estaba herida. O tal vez inconsciente. Tanteé en la oscuridad buscando su pecho. Pude sentirle el corazón a través de la delgada tela. Producía un latido irregular y superficial. Y estaba herida en la cabeza. La habían golpeado, alguien me había llamado por mi nombre para que creyera que era ella, pero entonces ella ya estaba allí inconsciente. Y entonces ése (o ésa, el ronco murmullo parecía pertenecer a Elena) me había noqueado.

Me alegré tanto de poder recordar los acontecimientos de esa noche, que me quedé un rato sentada sin moverme. Pero mis recuerdos no eran del todo exactos. No había acudido al Indiana Arms sino a un hotel abandonado al otro lado de la calle. Sólo era el acre olor a humo lo que me hacía pensar que estaba en la antigua vivienda de Elena. Me apoyé en los asquerosos restos de tapicería para descansar la vista. El olor acre no disminuía. No había reparado en que el aire fuese tan fuerte esa noche como para arrastrar las cenizas a través de la calle, y además, ¿cómo podía ser tan intenso el olor a quemado después de una semana? Otra cosa se estaba quemando, alguna otra parte de la zona sur se desvanecía en humo. No era problema mío. Mi problema era sentirme lo suficientemente bien como para salir de allí.

Me había traído una linterna. Reprimiendo mis náuseas, me puse a cuatro patas para buscarla. Recorriendo el maloliente suelo, tropecé con una cosa dura de metal. Mi pistola, caí en la cuenta después de moverme unos instantes a tientas y a ciegas. Recogí la Smith & Wesson. En la oscuridad, mis dedos comprobaron inmediatamente el seguro antes de enfundármela en la sobaquera.

No pude encontrar la linterna, sólo pedazos roídos de cojín. Al tocar un cuerpecillo caliente no pude reprimir un grito. Me levanté tambaleándome, la cabeza me daba vueltas. No pude forzarme a volverme a agachar para seguir buscando. Tendríamos que apañárnoslas para salir de allí a oscuras.

Recorrí a ciegas la habitación, tropezando con formas sin nombre, y enganchándome en unos muelles con tanto ímpetu que se me clavaron en las costillas, arrancándome unas lágrimas. Bueno. Eso es bueno, V I. Ese dolor en el costado te evitará que sigas mareando a tu estúpida cabeza. No te hace ningún bien, así que olvídate de ella. O mejor aún, desenróscatela y déjala sobre el sofá.

Cuando por fin encontré la puerta, no pude abrirla. Tiré con todas mis fuerzas pero no conseguí desplazarla ni un milímetro. A lo mejor lo estaba haciendo al revés y se abría hacia afuera. Pero por mucho que empujé no se movió. Estaba cerrada con llave.

Tenía ganas de sentarme en el suelo y llorar de impotencia, pero la idea de unas cositas peludas y calientes me mantuvo en pie. Vale, Vic, este problema tiene arreglo. Lo único que pasa es que tienes lástima de ti misma porque te duele la cabeza.

Saqué la Smith & Wesson de la sobaquera, le quité el seguro, la apoyé en la cerradura y disparé. El retroceso me subió por el brazo, sacudiéndome el hombro. El disparo resonó violentamente en la pequeña habitación y en mi cráneo dolorido, poniendo a girar unas espirales frenéticas frente a mis ojos cerrados.

Cuando volví a tentar la puerta, se sacudió pero no se abrió. "Vamos, estúpida sesera, piensa algo", me urgí en voz alta. Si haciendo saltar la cerradura no se abría la puerta, es que estaba clavada, no cerrada con llave. Estaba demasiado cansada como para averiguar dónde estaban los clavos y hacerlos saltar a balazos. Hice cuatro disparos sobre los goznes en la parte de la pared, preparándome cada vez para resistir el retroceso y el tronido. Tras el último disparo, el aire estaba tan cargado de humo y la cabeza me zumbaba de tan mala manera que tuve que arrodillarme. Vomité más bilis y tuve que hacer una pausa, dando boqueadas, intentando aplacar las vibraciones de mi cráneo.

Cuando pude volver a levantarme, empujé de nuevo la puerta. Para entonces estaba tan débil que no pude poner mucha fuerza en mi impulso, pero sentí que la hoja cedía un poco. Volví a enfundarme la pistola en la sobaquera, inspiré profundamente, y golpeé el borde de la puerta con el hombro derecho. Algo se astilló del otro lado. Volví a empujar y sentí que todo cedía. Extendí un brazo para explorar y comprobé que la madera podrida se había astillado, ofreciendo un gran hueco dentado.

Apoyada en el marco para recuperar el aliento y aplacar mi cabeza, me pareció que el humo era más espeso en el pasillo que en la habitación. No era humo de disparos, sino fuego.

La razón por la que me olía a humo desde que recobré el conocimiento era que el jodido edificio estaba ardiendo. Nada de restos del Indiana Arms. Un incendio nuevecito y reciente provocado especialmente para mí. El edificio donde me encontraba estaba en llamas. Alguien me había noqueado, encerrado en una habitación, y había prendido fuego al local. Hotel Prairie Shores, ése era su nombre. Mentalmente volví a ver el apagado anuncio de neón oscilando levemente en la brisa nocturna.

Vaya, muy útil, tu último pensamiento es felicitarte por desenterrar un nombre de tu pastoso cerebro. En lugar de eso, más vale que intentes actuar un poquito. Si no, Robin Bessinger estará buscando entre los escombros tus huesos calcinados mañana por la mañana.

Volví adonde estaba mi tía, intentando pergeñar alguna forma de moverla. Toda la cabeza me dolía por el esfuerzo de pensar. Tenía que luchar contra un irresistible impulso por tirarme a descansar, arriesgándome a no volver a despertarme a tiempo.