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Elena no pesaba mucho, pero aunque hubiese estado en mi mejor forma, no hubiera podido cargar con ella mucho tiempo. Temía que si la arrastraba podía sacudirla demasiado en su estado y acabar con ella, pero ¿qué otra opción tenía? Bueno, si la dejaba sobre el colchón… podía ser más incómodo, pero el colchón podía ser una buena protección si teníamos que atravesar las llamas.

Tenía asas en los lados pero no en los extremos. Me saqué las llaves del bolsillo del pantalón y practiqué algunos desgarrones en la funda. Si no se rasgaban completamente, podrían servir. Alcancé la bolsa de Elena y le quité la correa. Hasta ese pequeño esfuerzo me hizo jadear y una nueva oleada de dolor me recorrió todo el cerebro hasta la frente. Tuve que apoyarme en la pared hasta que cedió un poco y fui capaz de andar.

Pasé la correa por los desgarrones que había hecho en la funda del colchón. Antes de empezar a arrastrarlo, volví a escuchar el corazón de Elena. Mantenía su latido errático.

Me pasé la correa por la cabeza y los hombros y me até los extremos a la cintura. Tambaleándome un poco bajo el peso que arrastraba, empecé a remolcarlo hacia la puerta. Una vez allí, me solté la correa y saqué suavemente el colchón al pasillo con los brazos, no quería golpear la cabeza de Elena contra la puerta astillada.

Una vez en el pasillo, emprendí un viaje de pesadilla. A nuestro alrededor las ratas se agitaban en la oscuridad, asustadas por el fuego y tratando de sumirse más profundamente en las entrañas del edificio. No dejaban de correr sobre mis pies. Sabía que estarían trotando alrededor del colchón, trotando sobre el cuerpo de mi tía. Ese pensamiento me hizo estremecer y empezar a desmayarme.

Apoyé una mano en la pared y forcé mi mente a despejarse, forcé a desaparecer de mi mente cualquier pensamiento sobre lo que ocurría a mis espaldas, forcé a las oleadas de dolor a mantenerse en un rincón de mi cerebro. El humo empezaba a alcanzarme por el pasillo, aturdiéndome todavía más. Necesitaba sentarme pero tenía demasiado miedo a los roedores que se agitaban por el suelo buscando aire como para poder hacerlo.

Casi había llegado a las escaleras del sótano. Si el humo se estaba espesando, significaba que el fuego estaba en lo alto de las escaleras y no iba a ser capaz de encontrar una salida en el laberinto.

Me lloraban los ojos. Tenía la garganta seca y sentía una punzante opresión en el pecho al tratar de inspirar. Sola, hubiera podido correr hasta arriba con la camiseta enrollada en la cabeza, pero si lo intentaba con Elena, moriríamos las dos.

Entonces muévete, Vic. No te quedes ahí, vuelve, ponte otra vez el arnés, pórtate bien, burrita, da la vuelta y tira. Había una puerta abierta al pie de la escalera. Tuve apenas suficiente juicio para cerrarla de un empujón antes de volver a cargar con mi fardo y retroceder por el pasillo.

Los brazos empezaban a temblarme de agotamiento. No podía recordar ningún poema de verdad, así que comencé a salmodiar canciones de saltar a la comba para imprimir algo de ritmo a mis movimientos y apartar mis pensamientos de mi cuerpo exhausto.

"Baila, niña, baila, salta a la pata coja". ¿Pero saltar hacia dónde? No recordaba ninguna otra puerta en esa parte del sótano en que estábamos atrapadas. Después, en el cruce de los dos pasillos, me acordé del montaplatos que había encontrado por casualidad.

Extendí una mano y lo exploré. Era un espacio amplio, utilizado originalmente para subir enseres desde el sótano. Cuando se construyó, el hotel estaba en el barrio más exclusivo de Chicago. Necesitarían montones de ropa y de cosas, y antes de que la electricidad llegase a todas partes, constituía un pasadizo ideal.

Si el incendio era dentro del edificio, el hueco sería también un conducto ideal para las llamas. Pero si lo habían provocado desde el exterior y estaba avanzando hacia dentro, podríamos tener la merced de una tregua. Por supuesto, podía ser que las ratas hubieran roído los cables desde hacía tiempo. Todo es posible, Warshawski, solía decir mi antiguo profesor de latín. Yo quiero saber lo que es. Saqué a Elena del colchón y la icé con gran esfuerzo sobre mi hombro dolorido.

– Allá vamos, tía. Tú relájate y respira con normalidad.

La metí en el hueco. Tenía suficiente altura como para poder ir sentada, pero la tendí de lado. Miré el colchón. ¿Aligero la carga, o conservo mi única herramienta? Lo levanté y lo doblé formando un bulto informe junto a mi tía, asegurándome de que le quedaba sitio para respirar. Finalmente metí un pie en el hueco y me monté.

Estaba cubierto de polvo grasiento y de unas cositas que debían ser excrementos de rata. "Pero aquí no hay ratas, tía, porque todas han sido lo suficientemente listas como para enterrarse bajo el edificio. Nosotras subimos y las dejamos abajo a todas".

Tanteé la oscuridad buscando los cables, encontré uno y estiré. Crujió siniestramente, aunque la caja no se movió. Pero estaba tenso, aún estaba conectado a algún sitio. Volví a tirar y sentí que la caja oscilaba un poco. Tal vez tiraba del cable equivocado. Lo sujeté con la mano izquierda y agité la derecha en la oscuridad. Finalmente encontré otra cuerda al otro lado del hueco. Desplacé mi peso dentro de la caja y tiré con ambas manos. El montacargas dio una sacudida y empezó a moverse. Era una labor lenta y tediosa. La cuerda me quemaba las palmas desnudas. Mis bíceps se habían reblandecido bastante para entonces y se resistían firmemente a la idea de más ejercicio.

"Ahora estás contra la pared, Vic, ve a por todas", me fustigué, y luego volví a entonar mis canciones de saltar a la comba.

Había repasado por dos veces mi repertorio cuando por fin llegamos a la abertura de la planta baja. La puerta estaba cerrada. Al apoyar la mano en ella, abrasaba. Triste opción como salida. Intenté mirar hacia arriba pero fue un esfuerzo inútil. Aún acostumbrados a la oscuridad, mis ojos no distinguían nada.

Me puse a tirar de nuevo, levantando una mano cada pocos tirones para ver si iba a chocar contra el techo. Mi dolor de cabeza, que había sobrepasado la agonía, se convirtió en una sensación remota y ligera, como si mi coronilla flotase a varias millas de mi cuerpo. Pero cada vez que paraba el esfuerzo para sentir algo a mi alrededor, volvía a estallar con un punzante martilleo. ¿Sería algo así el efecto de la heroína? ¿Era por algo así por lo que Cerise se había escapado hasta el Rapelec, para sentir su cabeza flotando por encima de su cuerpo?

"Anoche y anteanoche, veinticuatro ladrones llamaron a mi puerta. Pregunté qué querían, y así me dijeron" -las palabras seguían brotando, contra mi voluntad, mucho después de que ya no soportara su sonido. En la oscuridad veía ruedas de fuegos artificiales que giraban dentro del hueco del elevador, arrojando luces psicodélicas desde mis retinas quemadas. El futuro y el pasado desaparecieron absorbidos por un interminable presente, la presencia de la cuerda, de los músculos más allá de la fatiga, de una mano áspera tras otra mano áspera, y el insoportable sonido de mi propia voz vomitando canciones infantiles.

La cuerda cesó de moverse bruscamente. Durante unos segundos seguí tirando de ella, con la frustración de ver interrumpidos mis movimientos de cristal líquido. Luego me di cuenta de que estábamos al final del trayecto. Si no podíamos salir aquí, estábamos… bueno, con la soga al cuello.

Me senté en la caja. Mis rodillas estaban entumecidas por la larga subida a pulso, y reaccionaron a mi brusco doblamiento dándome pinchazos de protesta. Me incliné hacia adelante y busqué a tientas la puerta del montacargas. Estaba fresca al tacto. Me revolví, me acerqué al frente de la caja y giré para quedar sentada contra el bulto del colchón.

La puerta estaba atrancada pero no cerrada con llave, como me había temido. Me apoyé en el colchón y empujé con todas las fuerzas de mis inseguras piernas. La puerta crujió. Doblé las rodillas hasta el pecho, ignorando su temblor, y pateé con fuerza. La puerta quedó arrancada de su marco.