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Me deslicé fuera y giré hacia mi tía. Años y años de estar abusando de su cuerpo le habían dado un gran poder de recuperación: seguía inconsciente, pero su respiración superficial e insegura aún se oía roncamente.

La apoyé contra la pared y obligué a mis piernas exhaustas a avanzar por el vestíbulo. Ahora que estábamos al nivel del suelo, la leve claridad de la luna llena y de las farolas producían un pálido resplandor sobre las paredes, lo suficiente para poder caminar sin ir a tientas. Pude oír a lo lejos la arrebatada y profunda sirena de los coches de bomberos. Lo único que tenía que hacer era buscar una ventana desde la que pudieran verme.

"El amor encontrará un camino" -me canturreé a mí misma-. "De noche o de día, el amor encontrará un camino" estaba patinando, deslizándome con tanta suavidad que parecía flotar. Mi primo Boom-Boom y yo estábamos en la prohibida laguna helada, dibujando círculos y más círculos hasta caer mareados sobre el hielo. No hubiésemos debido estar allí, nadie sabía qué espesor tenía el hielo, y si cedía, nos hubiéramos ahogado sin lugar a dudas, porque nadie iba a rescatarnos. El primero que parase era un gallina, y yo no estaba dispuesta a ser gallina ante mi primo. Él patinaba mejor que yo, pero no era más tozudo.

Estaba por ahí, cerca de mí, lo sabía, pero no podía averiguar dónde. Patinaba y patinaba, llamándolo, abriendo todas las puertas, pero no lo veía. Me acerqué a una ventana y tras ella vi una plataforma de metal. Creía que Boom-Boom estaba detrás de mí, pero cuando me di la vuelta había desaparecido. Cuando volví a mirar por la ventana lo único que encontré fue mi propio reflejo. Tras el cristal había una escalera de incendios. Forcejeé con la ventana pero estaba sellada con pintura. Miré alrededor de la habitación buscando una herramienta, pero estaba completamente vacía. Alcé mi temblorosa pierna derecha y di una patada lo más fuerte que pude. El viejo cristal retumbó y crujió. Di otra patada y cedió todo el cristal de abajo.

Miré hacia abajo. A mis pies el edificio ardía a buen ritmo y las llamas lanzaban sus lenguas hacia arriba. Habíamos subido tres pisos y más valía que los bajáramos aprisa. La escalera de incendios estaba en la parte de atrás. Fuese cual fuese el contingente de los lejanos coches de bomberos, estaba al otro lado del edificio.

Volví tambaleándome por los kilómetros de pasillos que había recorrido hasta llegar a donde estaba mi tía, que seguía roncando en el montacargas. Saqué su jergón de la caja y la volví a instalar en él. En algún momento mi cuerpo renunciará sin duda, dejará de responder a las insensibles órdenes de un cerebro tiránico. Me espoleé para seguir, buen caballo de batalla, viejo y a punto de derrumbarse, pero respondiendo a la última llamada de las armas.

Volviendo a la escalera de incendios, me envolví el brazo derecho con la camiseta y golpeé las astillas que quedaban. Luego deslicé a Elena hasta el suelo, acerqué su jergón a la escalera de incendios y volví a levantarla, con las corvas y la espalda aullando de consternación, y la extendí afuera sobre el colchón.

– Tendrás que esperarme aquí, tía. Volveré, tú respira profundamente y no tengas miedo. Tengo que conseguir ayuda, no puedo transportarte sola.

Lentamente, pesándome mil kilos cada pierna, me arrastré escaleras abajo, atravesando la nube de humo, más allá de todo sentir, hasta donde el aliento y la vista no fueron más que un sólido pinchazo de agonía, alcanzando el pie de la escalera, girando y bajando, sintiendo zafarse el último tramo y mis pies arrastrarse por el suelo.

Rodé a través del humo y di la vuelta al edificio tambaleándome. Allí había una muchedumbre. Bomberos, curiosos, polis, y un hombre de uniforme que se acercó a mí y me dijo severamente que el edificio era peligroso y que no se permitía el paso a nadie más allá de las barreras de la policía.

– Mi tía -dije en un jadeo-. Está arriba, en la escalera de incendios de la parte de atrás. Estábamos en el sótano cuando estalló el incendio. Tienen que sacarla.

No me entendió y me volví hacia un bombero que ayudaba a dirigir una pesada manguera. Tiré de su manga hasta que se volvió, fastidiado. Señalé con el dedo y seguí profiriendo sonidos jadeantes hasta que alguien entendió y una pequeña tropa se adentró al trote en el humo.

Capítulo 26

Órdenes del médico

– ¿Qué haces con la ropa puesta? -dijo Lotty Herschel con una rudeza que era casi antipatía.

– Me voy a casa -vestirme con ambas manos envueltas en gasa había sido una ruda tarea-. Sabes que odio los hospitales, es adonde mandan a morirse a la gente.

– Alguien tenía que haberla quemado -dijo fríamente Lotty-. Huele tan mal, casi no se aguanta estar en la misma habitación que tú.

– Es la sangre y el humo -expliqué-. Y supongo que el sudor rancio; me marqué un bonito estropicio izándome por esas cuerdas.

Lotty arrugó la nariz con asco.

– Mayor razón para deshacerse de ella. No puede examinarte el doctor Homerin con ese hedor que despides.

Había reparado en un hombre delgado de mediana edad que esperaba pacientemente detrás de Lotty y creí que era un interno más aspirando a aprender algo al pie de mi cama. En realidad, se trataba de mi cabeza.

– No necesito ni un puñetero examen más. Llevo aquí veinticuatro horas y me siento como un puchero en el que han metido la cuchara todas las amas de casa de Chicago.

– Mez Homerin es neurólogo. Has recibido un golpe feo en la cabeza. Quiero asegurarme de que ese duro cráneo polaco que tienes no ha recibido un daño irreparable.

– Estoy bien -dije ferozmente-. No veo doble, puedo atarme los zapatos con los ojos cerrados, hasta con los dedos embutidos en estos guantes de béisbol, y si me clava alfileres en los pies, me daré cuenta.

Lotty se acercó a mí, sus ojos negros lanzando destellos.

– Victoria, no sé por qué me preocupo siquiera. Esta es la tercera vez que te golpean tan fuerte como para noquearte. No me apetece pasarme la vejez tratándote de Parkinson o de Alzheimer, que es a lo que vas derecha con esa temeraria actitud tuya de sabelotodo. Si no vuelves a quitarte la ropa ahora mismo, en este instante, puedes estar segura de una cosa: jamás volveré a atenderte. ¿Entendido?

Su cólera era tan intensa que hizo tambalear mis rodillas. Me volví a sentar en la cama. Yo también estaba bastante furiosa, lo suficiente como para que la cabeza volviera a darme unas salvajes punzadas al hablar.

– ¿Te he mandado llamar yo? Esto es el Michael Reese, no el Beth Israel. Irrumpes aquí sin decir oste ni moste, o al menos sin que yo pueda replicar. Alguien ha intentado matarnos a mi tía y a mí. Salir de ese edificio ha sido una de las experiencias más espantosas de mi vida y tú vienes chillándome con el cuento de mi ropa y de la enfermedad de Alzheimer. Si es ésa tu actitud, puedes largarte con mi bendición, no necesito ese tipo de atención médica.

El doctor Homerin tosió.

– Señorita Warshawski, entiendo que esté alterada, es un efecto secundario lógico de la concusión y de las demás experiencias que ha sufrido esta noche. Pero ya que estoy aquí, creo que estaría bien que la examinara. Y sería más fácil si se quitara la ropa y se pusiera la bata del hospital.

Le miré, ceñuda. Se volvió hacia Lotty e inquirió en tono de disculpa:

– ¿Doctora Herschel?

– Oh, muy bien -declaró ella. Giró sobre sus talones con la precisión de una figura de patinaje y salió airadamente de la habitación.

El doctor Homerin corrió la cortina que tapaba mi cama.

– La espero aquí fuera, avíseme cuando esté lista.