Cogí un taxi en el hospital hasta mi coche, que arrancó con un rugido de reproche que persistió durante todo el trayecto hasta mi casa. El señor Contreras me vio llegar algo después del mediodía. Mientras me lavaba como mejor podía sin mojar mis mitones de gasa con una esponja, apareció en la puerta cargado de comida.
– Tenías que haberme dicho cuándo volvías a casa, chiquilla. Podía haber ido a recogerte, no deberías conducir con las manos envueltas así.
– Sólo quería estar sola un rato. En el hospital una es el fenómeno en exhibición permanente para los estudiantes de medicina de toda la ciudad.
– No deberías querer hacerlo todo tú sola, reina. No es ninguna deshonra pedir ayuda alguna que otra vez. Y sé perfectamente que no hubieras comido nada esta tarde si yo no te lo traigo, así que si quieres estar sola, lo dices y la princesa aquí presente y yo nos vamos, pero no antes de verte comer algo.
Renuncié a intentar insinuarle que me dejara, pero le hice esperar en la sala mientras terminaba de lavarme y cambiarme. Peppy, que no tenía ninguna inhibición, se quedó a mi lado hasta que terminé.
Lotty tenía razón en una cosa: mi ropa apestaba tan horriblemente que apenas soportaba estar en el mismo cuarto que ella, y menos aún en el mismo cuerpo. No me apetecía siquiera lavarla. Aunque era mi par de vaqueros más nuevo, lo metí en una bolsa y lo dejé junto a la puerta trasera para tirarlo a la basura.
Por fin limpia desde el sostén hasta los calcetines, me acerqué al viejo. Había preparado una fiesta especial, mucha más comida de la que podía dar cuenta en mi estado nauseoso, pero estaba mosqueado por haberse enterado de los acontecimientos por terceros.
– Si ibas a meterte en esa clase de líos, me lo podías haber dicho -gruñó-, y no que me tenga que enterar por el periódico de esta mañana. Ese adolescente crecido de Ryerson que saca el cuento de "La detective más incordiante de Chicago", y empiezo a leer y, claro, ahí estás tú, rescatando cuerpos de edificios en llamas, aporreada, y ni una llamada desde el hospital. Le digo a la princesa esta, le digo: "podrías quedarte huérfana y serías la última en saberlo".
Peppy agitó el rabo para corroborar su historia. Sus ojos de ámbar líquido me miraron con firme intensidad mientras masticaba lentamente mi filete.
– Desde que mi tía vino a alborotar mi vida hace dos semanas, no ha dejado de darme la barrila por hacerle levantar a media noche. Me imaginé que si lo despertaba para decirle a dónde iba, me echaría otro sermón.
– Eso no es justo.
Estaba herido y atónito de que pudiese pensar una cosa así. Y por encima de todo estaba prodigiosamente harto de que me largara pasando de él mientras yo vivía toda clase de aventuras fabulosas que ponían mi vida en peligro.
– No es la primera vez, niña. Te olvidas de cómo os ayudé a ti y a la doctora Lotty aquella vez que asaltaron su clínica. No te acuerdas de cómo me las vi con aquellos tipos que querían entrar en tu casa. Puede que tenga setenta y siete años, pero estoy en buena forma, todavía puedo dar pelea.
Precisamente porque recordaba su ayuda procuraba no implicarle en los aspectos más activos de mi trabajo. Pero si le decía eso, sería demasiado doloroso para él. Me salí por la tangente, diciéndole que Elena era tan propensa a imaginaciones etílicas, que no me había tomado en serio sus llamadas de peligro. Cuando terminé asintió portentosamente con la cabeza.
– Sé exactamente lo que quieres decir, niña. Yo antes trabajaba con un tío así. Desde luego, era un peligro para todo el negocio, llegaba borracho casi todos los días, y los días que llegaba sobrio no lo estaba ya después del mediodía. Un día no apagó la amoladera, y Jake, ¿te acuerdas de Jake?, perdió casi todo el dedo pequeño de la mano izquierda, pero Crenshaw -Crenshaw era el borracho- me acusó a mí de utilizar la máquina cuando no debía.
Una vez recuperado su buen humor, el señor Contreras siguió en esa vena durante un tiempo. El alegre zumbido de su voz, el peso de la carne en mi estómago, el cálido placer de haber vuelto a mi propia casa, me adormecieron en mi sillón.
Dejé colgar mi mano y que la perra me lamiera los dedos mientras asentía con la cabeza, soñolienta, en sintonía con el discurso del viejo.
El estridente timbre del teléfono me despejó bruscamente. Extendí el brazo hacia el piano y descolgué el auricular.
– He intentado redactar tu esquela, Warshawski, pero te has librado una vez más. Por cierto, ¿cuántas vidas te quedan? ¿Tres?
Era Murray, con más vibrante energía de la que mi cabeza podía encajar.
– Me he enterado de que me has llamado la investigadora más incordiante de Chicago.
– Detective -corrigió-. No hay difamación en eso, lo he comprobado en el departamento jurídico. Sólo puedes demandarme si no es verdad. Lo que quiero saber es quién lo hizo. ¿Ha sido cosa de la gente de Roz Fuentes o de tu yonqui muerta, Cerise?
– Pregúntaselo a la bofia, el municipio les paga para investigar los incendios provocados y los intentos de asesinato.
– ¿Y tú vas a quedarte en casa viendo la tele mientras ellos investigan? -soltó una risotada-. Entre tú y yo, as de la investigación, ¿qué hacías allí abajo?
Empezaba a ver puntos negros bailándome ante los ojos de lo fuerte que retumbaba su voz. Me aparté el auricular de la cabeza.
– Realizando peligrosas proezas, creí que estaba en todos los periódicos.
– Vamos, Warshawski -dijo, intentando sonsacarme-. Yo he hecho un montón de cosas por ti. Sólo unas palabritas.
Tenía razón: si quería pedirle alguna ayuda, tenía que largarle mi cuota de vez en cuando. Le conté todo desde el momento en que Elena me llamó hasta mi salida por la escalera de incendios.
– Ahora te toca a ti: ¿qué hacían allí los bomberos tan oportunamente?
El señor Contreras me miraba tan atentamente como la perra, mosqueado de que le contara toda mi historia a Murray, pero sin dejar escapar una. Me acerqué con el teléfono al sofá donde había tirado mi bolso y saqué mi bloc de notas. "Una llamada anónima", garabateé para el señor Contreras mientras Murray me atronaba con la noticia. Alguien había llamado al 091 desde una cabina en la esquina de Cermak y Michigan. La policía no tenía ninguna pista respecto a quién había telefoneado, excepto que era un hombre.
– ¿Entonces crees que iban a por tu tía? -preguntó Murray-. Por cierto, ¿cómo está?
– Ahora no puedo pensar correctamente. La cabeza me duele como si todos los camiones de cemento del Ryan acabaran de pasarme por encima. Y mi tía, que es más fuerte que un toro, se sentó en la cama y tomó alimentos ayer. Pero se negó a hablar conmigo cuando empecé a hacerle preguntas directas, y se finge lo suficientemente enferma para que los médicos le espanten a los polis. Puedes llamar al Reese y ver si los matasanos la dejan hablar contigo, pero no pongas muy altas tus esperanzas. Ahora ya sabes todo lo que yo sé. Me voy a la cama. Adiós.
Colgué antes de que pudiera decir nada más e ignoré el teléfono cuando volvió a sonar. El señor Contreras se ofreció solícitamente a instalarme con unos cojines y una manta en el sofá, a dejarme a la perra, a prepararme un té, a hacer un millar de cosas que convirtieron los puntos negros en gigantescas espirales.
– Necesito estar sola en mi cama. No puedo soportar a nadie más ahora. Sé que lo hace con la mejor intención, sé que me está ayudando una barbaridad, pero creo que me voy a desmayar o que voy a gritar, o ambas cosas, si no coge a la perra y se va.
Estaba un poco ofendido pero había visto otros casos de concusión, sabía que llevaba tiempo volver a sentirse uno mismo, y que mientras tanto la menor cosa te hace polvo -"claro, niña, claro, sí", me dejaba sola, lo mejor que podía hacer ahora mismo era dormir-. Recogió los platos, chasqueó la lengua por la poca carne que había comido – "tienes que coger fuerzas, niña, parece que hubieses perdido cinco kilos en los últimos días"-, cogió por fin a la perra y se dirigió hacia la escalera. Cerré el triple cerrojo de seguridad y me fui tambaleándome a mi habitación.