– Un cómplice -afirmó Montgomery con aire satisfecho-. Debió pelearse con su cómplice en esto.
Me recliné en la esquina del sofá y cerré los ojos.
– Adiós, teniente. La puerta se cerrará automáticamente detrás de usted.
Empezó a gritarme. Como no respondí, se levantó y me sacudió el hombro hasta que la cabeza me empezó a latir seriamente.
– Está usted a un pelo de que le denuncie por brutalidad policiaca -dije fríamente-. A no ser que tenga una orden judicial con mi nombre estampado en ella, lárguese ahora mismo de mi casa.
Si Finchley no hubiese estado allí, creo que Montgomery me hubiera aporreado, pero se dio cuenta del lado de quién estaba el detective: no era tan estúpido como parecía.
– Tú ándate con ojo, Warshawski. Voy a estar más pegado a ti que tus bragas. Si estás metida en algo, la próxima vez te pillaremos con las manos en la masa.
– Gracias por la advertencia, teniente. Ayuda saber quiénes son tus enemigos antes de salir a la calle.
Cuando la puerta se cerró tras ellos, volví a atrancar todos los cerrojos y comprobé la puerta trasera por si acaso. Estaba demasiado cansada para pensar en lo que todo eso significaba, demasiado cansada hasta para llamar a Bobby y calentarle las orejas con ello. Volví lentamente a mi habitación y me sumí de nuevo en un profundo y desasosegado sueño.
Capítulo 28
Robín llamó después esa tarde, preocupado porque no le habían permitido verme en el hospital y contento de que aún estuviese entera. Estaba deseando acercarse a visitar a la convaleciente. Yo estaba demasiado rendida para soportar más compañía, pero le dije que podría pasarse el sábado si me sentía mejor.
Antes de que colgara me acordé de una cosa.
– A propósito, ¿estaba asegurado en Ajax el Hotel Prairie Shores, el sitio donde estuve?
– No. Fue lo primero que comprobé, pero por supuesto no aseguramos edificios abandonados. Y si eso te sirve de consuelo, no era propiedad de tu amigo Saúl Seligman. Así que es o una vendetta contra esa manzana de la calle Indiana o alguien que se la tiene jurada a la familia Warshawski.
Ese último comentario pretendía ser una broma, pero me volvió a recordar a Elena, con su cara fofa y vacía surcada de venas rojas. Le farfullé a Robin algo así como que estaba demasiado débil para bromas y colgué. No tenía por qué ser Victoria el angelito e ir a sentarme a la cabecera de mi tía. No, no y no.
Me arrastré hasta el comedor y rebusqué en los armarios algo para escribir. Hacía tanto tiempo que no había escrito ninguna carta personal, que el papel de cartas estaba arrumbado detrás del servicio de fondue y el cubierto de ensalada de plata remanentes de mi fugaz matrimonio. Miré esos cacharros con perplejidad: ¿por qué habría cargado yo precisamente con esas cosas de un lado a otro de Chicago durante once años, desde mi divorcio?
Ahora no estaba en condiciones de decidir el porqué; volví a arrojarlos dentro del armario y me senté ante una hoja amarillenta para escribirle a mi tío Peter. Era una carta difíciclass="underline" tenía que superar lo bastante mi repulsión hacia él como para abogar convincentemente por el caso de Elena. Describí el accidente, insistí en mi propia decrepitud y en el hecho de que le había salvado la vida, y concluí con un alegato por que se hiciera cargo personalmente de ella o bien la metiera en una casa de reposo. Por la mañana la mandaría urgente a Mission Hills. Era lo más que podía hacer por Elena.
En el espejo del baño mi cara apareció hundida, toda huesos y ojos, con su mirada de un gris casi negro por contraste con la palidez de mi piel. No era de extrañar que el señor Contreras estuviese tan ansioso por hartarme a filetes. Me subí a la báscula. Me había quedado en menos de sesenta kilos. No podía permitirme estar tan flaca si quería tener fuerzas para hacer mi trabajo. No tenía hambre, pero más valía que comiera algo.
Me acerqué de mala gana a la cocina. Después de todo ese tiempo, cualquier parecido entre las cosas que había en mi frigorífico y los alimentos humanos sería pura coincidencia. Olí el yogur. Todavía estaba bueno, pero las verduras y la fruta habían rebasado el punto sin retorno mientras que el zumo de naranja olía a la vez a podrido y a fermentado.
Saqué un paquete de fettucini del congelador y corté un trozo con mi cuchillo de carnicero. Mientras hervían, me comí el yogur directamente del bote, tratando de poner algo de orden en el caos que me envolvía.
Mucha gente se había molestado conmigo en las últimas dos semanas. Ralph MacDonald había descendido de su trono para hacerme alejar de los asuntos de Roz Fuentes. Saúl Seligman estaba indignado porque Ajax no quería satisfacer su reclamación. Zerlina Ramsay nos culpaba a mí y a Elena de la muerte de su hija. Había una larga lista, pero que yo supiera ninguno de ellos había expresado la menor preocupación por habernos dejado a mí y a Elena a punto de morir quemadas vivas. Por supuesto, Lotty también estaba furiosa conmigo, pero ella prefería arrasar por su propia cuenta.
Luego estaba Luis Schmidt. El martes me había llamado zorra y me había dicho que no hiciera más preguntas sobre Alma Mexicana o haría que me arrepintiera. Yo le había replicado con una buena machada y me había colgado. Así es que si pensaba echar algún zarpazo a alguna de esa gente, Luis era el indicado para empezar.
El siseo del agua hirviendo sobre el quemador me devolvió al presente con un sobresalto: los fettucini se habían salido al hervir, apagando el piloto. No fui capaz de encontrar una caja de cerillas entre el desorden de la cocina. Empecé a dar portazos. Es que ya no podía soportar esa vida, vivir sola sin nadie que me hiciera unos mimos cuando volvía de mis batallas, sin nada de comer, ni cerillas, ni dinero en el banco. Agarré un puñado de cucharas y espátulas y las lancé con todas mis fuerzas contra la puerta de la cocina. Cuando cesó el estruendo, la rejilla que había sobre la puerta vibró durante unos segundos con un bajo siniestro. Mis hombros se hundieron, vencidos. Fui arrastrando los pies hasta la puerta y recogí mis utensilios. Una cuchara de madera había aterrizado sobre la nevera. Al ir a cogerla tiré una caja de cerillas. Bien, muy bien. Cabréate. Da resultado. Volví a meter los cacharros en el cajón y encendí de nuevo la cocina.
Además de Luis y los posibles problemas de Alma Mexicana, tenía que considerar los asuntos de mi tía. No quería pensar más en ella -y no sólo por no querer que Victoria, el ángel Victoriano, me convenciera de que cuidara de ella. Sus lamentables historias me habían arrastrado a una serie de espantosos sucesos últimamente, empezando por tener que buscarle una nueva casa y terminando por pasar a un pelo de la muerte. No podría soportar mucho más tiempo controlando su vida.
Seguía sin hambre, pero empezaba a sentir mi cabeza más ligera por la falta de alimentos. Escurrí la pasta y rallé encima un poco de cheddar duro como una piedra. Con mis manos vendadas fue una faena lenta. Los músculos de mis brazos estaban aún tan agarrotados que tuve que dejarlo, jadeante, con sólo unas cuantas cuchara-ditas de queso después de todo ese esfuerzo. La palma derecha me daba unas punzadas tan violentas que creí haberme arrancado la costra a través del mitón.
Llevé el plato al comedor con la mano izquierda. Después de forzarme a tragar varios bocados, me apoyé en el sillón y me puse a pensar en mi tía. Elena había huido al enterarse de la muerte de Cerise. Podía ser que la hubiese asustado otra cosa; yo no sabía mucho de su vida diaria. Con su carácter era posible que hubiese pisado más de un dedo gordo.