Выбрать главу

Pero por alguna parte tenía que empezar. Relacionar su huida con la muerte de Cerise tenía un sentido. Se necesitaba una fuerte presión para sacarla de un antro seguro. Desde que perdió su casita de Norwood Park había vivido precariamente con la pequeña renta anual rescatada de la venta. Aunque el Windsor Arms era un triste lugar, tenía demasiada experiencia en vivir a salto de mata como para despreciarlo a la ligera.

Ella y Cerise habían montado algún golpe juntas. Cuando le dije a Elena que Cerise había muerto, se puso a la vez recelosa e inquieta. Así que había ido a ver al incauto. Eso también tenía sentido: habían transcurrido veinticuatro horas desde que le informé de lo de Cerise hasta la desaparición de Elena. Había tenido tiempo de hablar con su víctima y averiguar.

Mi pensamiento se iba emborronando. ¿Había descubierto que Cerise había sido asesinada? ¿Era eso posible? ¿Y qué otra cosa podía asustarla tanto como para huir? Alguien que le dijese: "Mira lo que le hemos hecho a tu amiga. A ti te puede pasar lo mismo. Un cuarto de whisky en tus venas y te quedas tiesa en Navy Pier, a ver quién es el más listo".

Me froté mi dolorida cabeza. Literatura, Victoria. Necesitas hechos. Digamos como punto de partida que Cerise y Elena tenían a un tigre por la cola. Para averiguar lo que era, necesitaba que Elena empezara a hablar. O Zerlina Ramsay: era remotamente posible que Cerise le hubiese hecho confidencias a su madre.

Mis guías de teléfonos estaban sobre el piano, sepultadas bajo una pila de partituras; últimamente me había dedicado más a cantar que a buscar números de teléfono. No había ningún Armbruster en Christiana sur. Llamé a información para asegurarme. Así que tendría que hacer otro viajecito a Lawndale norte. Me rechinaron los dientes sólo de pensar en esa grata visita. Y después de eso debería averiguar dónde había estado cada uno de mis irritados clientes de la lista el miércoles por la mañana. Aunque si Ralph MacDonald o los primos de Roz habían intentado quemarme viva, probablemente habían contratado a alguien para hacerlo. De todas formas podía valer la pena saber dónde habían estado. No era faena muy apropiada para una convaleciente. Tal vez podía esperar hasta el domingo para empezar a trabajar en ello.

Mis ojos estaban demasiado irritados para leer o ver la tele. El cuerpo me dolía demasiado para cualquier otra cosa. Después de obligarme a tragar el plato entero de fettucini, volví a la cama. Lotty remató mi maravilloso día llamándome a las ocho y media para saber si seguía viva.

– Estoy bien -dije prudentemente. Si le decía que me dolía todo a rabiar, lo único que conseguiría sería el sermón de que me lo tenía bien merecido.

– Mez me ha dicho que te ha dado el alta hoy. No estaba convencido de que estuvieses en condiciones de irte a casa, pero le he asegurado que tienes una constitución de acero y que estarías lista para volver a arriesgar tu vida la semana que viene.

– Gracias, Lotty -estaba tumbada en la oscuridad, con el auricular apoyado en un cojín junto a mi boca-. Si le diera la espalda a la gente que viene a pedirme ayuda, me imagino cuánto me aplaudirías. Y si evitara todo tipo de riesgos y me quedase en casa viendo los culebrones o algo así, harías subir a tope el aplaudímetro.

– ¿No crees que podrías encontrar un equilibrio entre no hacer nada y meter la cabeza en el nudo corredizo? -estalló-. ¿Sabes cómo me siento cada vez que veo que traen tu cuerpo en una camilla sin saber si estás viva o muerta, sin saber si esta vez tu cerebro está destrozado, tus miembros paralizados? ¿No crees que podrías arreglar tus asuntos deteniéndote un paso antes de caer en la trampa mortal, o tal vez pidiéndole a la policía que asumiera ella esos riesgos?

– Así quien se preocuparía sería la amiga o la amante de otro, ¿es eso lo que quieres decir? -no estaba enojada, sólo me sentía muy sola-. Sucederá inevitablemente, Lotty. No siempre podré saltar por los aros o trepar a la cuerda. Alguien tendrá que tomar el relevo. Pero no será la policía. Después de que tengo que estar batallando con ellos sin cesar para que miren lo del incendio y siguen sin hacerlo. Después de que su única reacción a que estuviese a punto de morir es acusarme.

Me interrumpí. Tal vez Cerise y Elena habían visto quién prendía fuego al Indiana Arms y estaban vigilándolo. O vigilándola. O vigilándolos. Además, si así era, podía ser que el pirómano quisiera suprimirla por su método favorito. Y tal vez suponía que ella me había hecho confidencias, así que yo también tenía que desaparecer. Y… ¿pero quién había matado a Cerise? La policía dijo que fue una sobredosis, así de sencillo.

– Sé que no debería perder la calma contigo. No es más que mi miedo a perderte, eso es todo -dijo Lotty.

– Lo sé -dije cansinamente-. Pero es que eso me presiona tanto, Lotty. Algunos días tengo que pelearme con cien personas sólo para poder hacer mi trabajo. Si tú eres la ciento uno, siento que lo único que me apetece hacer es tumbarme a morir.

No dijo nada durante un largo rato.

– ¿Entonces para ayudarte tengo que soportar que hagas cosas que son un tormento para mí? Tendré que pensarme eso, Victoria… Pero hay algo que no apruebo. Que le dediques tu vida a tu tía. Mez me ha mencionado esa parte de tu conversación. Le sugerí que si fueses un hombre, ni siquiera hubiese planteado nunca el tema contigo, excepto para preguntarte si tenías una mujer que hiciese el trabajo.

– ¿Y qué dijo?

– ¿Qué iba a decir? Carraspeó y dijo que seguía pareciéndole una buena idea. Pero hay un límite a lo que uno debe sacrificar por la gente, Victoria. Has estado a punto de morir por Elena. No tienes por qué sacrificar también tu mente.

– Vale, doctora -susurré. Parpadeé para reprimir las lágrimas. Estaba tan débil que una simple frase de aliento me daba ganas de llorar.

– Estás agotada -dijo bruscamente-. ¿Estás en la cama? Bien. Duerme un poco. Buenas noches.

Cuando colgó, conecté el teléfono al servicio de mensajes. Manipulé torpemente el botón en la oscuridad para desconectar el timbre. Cuando mis enormes y torpes manos lo consiguieron, me envolvió por fin un sueño profundo y claro.

Capítulo 29

Un gramo de peso

Cuando me desperté el sábado eran más de las nueve y media. Había dormido más de trece horas y por primera vez en una semana me sentía descansada por el tiempo que había pasado en la cama. Procuré espabilarme poco a poco, no quería provocar otra vez manchas negras moviendo bruscamente la cabeza.

En el baño me quité las vendas de las manos. Las palmas se habían vuelto de un amarillo anaranjado. Las aparté con náuseas: su hinchazón y su color llenaron de asco mi despertar. Al apretar suavemente las ampollas sanguinolentas que surcaban mi mano como vías de ferrocarril, me pareció que estaban cicatrizando. Procuré recordar que las heridas siempre tienen peor aspecto cuando están empezando a curarse, pero esa masa blanda y húmeda seguía revolviéndome el estómago. Tampoco estaba segura de poder volver a vendarlas yo sola. En el hospital me habían dado un ungüento y unas vendas, pero no habían incluido un manual sobre cómo aplicarlos con los dientes.

Al menos, si dejaba las manos en el borde de la bañera, podría tomar un baño decente. Abrí el agua, le eché algo de gel, y me dirigí a pasos vacilantes a la cocina para hacer café. Como sólo podía usar la punta de los dedos para sujetar la cafetera, fue una experiencia lenta y cansada. Cuando por fin pude verterme una taza, la bañera estaba a punto de desbordar. Me metí con cuidado, sujetando el café con los dedos. Al sumergirme con las piernas cruzadas, una gran ola rebosó el borde de la bañera, pero mis manos no se mojaron.

Estuve en remojo hasta que el agua se puso apenas tibia, sin pensar en nada al principio, y luego volví a mi penosa comedura de coco de la noche anterior. Seguía sin entender por qué la muerte de Cerise había aterrorizado y empujado a huir a Elena, a no ser que alguien la hubiese atiborrado de heroína y abandonado a su muerte. Pero no podía trabajar sobre esa idea. No tenía ninguna prueba: no era más que la única explicación que se me ocurría. ¿Y cómo se había enterado Elena? Lo había averiguado en las veinticuatro horas entre mi visita y su partida aterrada a mitad de la noche. Mientras estuviese en cama, muda tras la barrera protectora de médicos y enfermeras, no tenía ninguna forma de averiguarlo. Tendría que dejarlo estar por el momento. Lo que podía hacer era echar un vistazo a Alma Mexicana. Dejé la taza de café en la repisa de la ventana y volví a mirarme las palmas con una mueca. Mañana sería el momento ideal para deslizarme en sus oficinas, pero no creía estar mucho mejor de lo que estaba esta mañana.