Me enjaboné y me extraje con precaución de la bañera. El secado presentaba más dificultades. Cuando no puedes utilizarlas es cuando te das cuenta de lo mucho que necesitas tus manos. A la tercera vez que se me cayó la toalla, la dejé en el suelo y volví a meterme en la cama para terminar de secarme.
El timbre de la puerta de la calle sonó en el preciso momento en que intentaba embutir en los vaqueros mi culo aún húmedo. Se me había olvidado que iba a venir Robin. Metí los brazos en un suéter con cremallera y conseguí tenerla subida cuando él alcanzó el descansillo del tercer piso.
– ¡Vic! Me alegro de verte entera -me examinó críticamente-. No pareces tan maltrecha como me han dado a pensar los informes. ¿Cómo te sientes?
– Mejor que hace unos días. Tengo la cabeza despejada, eso es lo principal.
Me tendió un ramo de flores estivales tardías, cortadas de su propia diminuta parcela primorosamente cuidada. Le hice llevarlas a la cocina y llenar un jarrón. Algo en las margaritas de un oro pálido sobre la mesa me despertó bruscamente un enorme apetito. Me apetecían tortitas, huevos, bacon, un desayuno granjero completo.
Aunque él había comido hacía varias horas, Robin aceptó amablemente acompañarme al chiringuito de la esquina. Se sobrepuso incluso a sus propias náuseas para vendarme las manos. Creí que con las manos vendadas podría arreglármelas con el sostén, pero los corchetes aún se me resistían. Una cosa era que me vendaran las manos, y otra necesitar ayuda para ponerme el sostén. Me puse una sudadera que me quedaba grande y me fui sin él.
El señor Contreras y la perra llegaban a la puerta cuando íbamos saliendo. Miró a Robín con críticos celos. Peppy se me subió y empezó a lamerme la cara. Jugueteé con sus orejas y presenté a ambos a Robin.
– ¿Adonde vas, niña?
– A desayunar. No he comido como es debido desde el lunes por la noche.
– Te dije ayer que parecías macilenta. La princesa y yo te podíamos haber subido el desayuno si lo hubieras pedido, te habrías ahorrado la salida. No he subido porque me imaginé que estarías aún dormida.
– Necesito hacer ejercicio -dije-. Robin aquí presente cuidará de que no me exceda.
– Bueno, llámame si necesitas ayuda. No dejes de darle mi teléfono, niña. Si te desmayas o algo en el restaurante, no quiero enterarme por los periódicos.
Le di mi palabra solemne de que tendría el honor de darme a oler las sales si lo necesitaba. Nos miró ceñudo pero entró junto con Peppy.
– ¿Quién es? -preguntó Robin cuando estuvimos fuera del alcance de sus oídos-. ¿Tu abuelo?
– Es sólo mi vecino de abajo. Está jubilado y yo soy su hobby.
– ¿Por qué le mosquea tanto que salgas a comer?
– No es porque salga a comer, es porque salgo a comer contigo. Si tuviese veinte años menos, se pegaría con todos los tíos que vienen a visitarme. Es un fastidio, pero en el fondo tiene tan buen corazón que no puedo decidirme a darle un corte.
Las cuatro manzanas hasta el Belmont Diner me agotaron. He estado convaleciente otras veces. Sé que los principios son lentos y que luego las fuerzas te vuelven bastante rápido, pero no dejaba de ser frustrante. Tenía que esforzarme por aplacar esa tensión en mi estómago.
La mayoría de las camareras del comedor me conocían: creo que hago allí al menos una comida a la semana, y a veces más. Todas habían leído mis desventuras y se apiñaron en torno a la mesa para enterarse de cómo iba y quién era el talento con el que iba. Bárbara, en cuya sección estábamos, ahuyentó a las demás cuando empezaron a ofrecerme zumo y rollitos. Cuando pedí una tortilla de queso, patatas, bacon, tostadas y un acompañamiento de fruta con yogur, sacudió la cabeza.
– No te vas a comer todo eso, Vic: es el doble de lo que te comes cuando acabas de correr ocho kilómetros.
Insistí, pero ella tenía razón. Acabé con la mitad de la tortilla y de las patatas, pero ni siquiera pude hacer un esfuerzo tentativo con la fruta. Tenía el estómago desagradablemente hinchado; lo único de lo que me sentía capaz era de echarme una siesta, pero me forcé a hablar un poco con Robin de nuestros asuntos profesionales.
– ¿Sabes algo del incendio del Prairie Shores? ¿Qué tipo de acelerador utilizaron, y si ha sido algo parecido a lo del Indiana Arms?
Sacudió la cabeza.
– El asunto del Indiana Arms era más sofisticado porque había gente dentro. Parece que pusieron un fusible en los cables en la garita del guarda nocturno después de quitarlo de en medio. La mecha bajaba hasta un depósito de parafina que había en el sótano y tenían un temporizador, así que no necesitaban estar cerca de los locales. El incendio que te pilló a ti no necesitaba tantas precauciones: se conformaron con echar gasolina en la cocina y las puertas del sótano, la prendieron, y se largaron -me miró seriamente-. Tuviste suerte, V. I. Tuviste una suerte del copón.
– Eso es lo que permite que se haga la faena. Napoleón quería generales con suerte, no teóricas promesas -me irrita que la gente me sermonee por haberme salvado por los pelos. Sí había tenido suerte, pero toda la suerte del mundo no me hubiera servido para nada si yo no procurase también mantenerme en plena forma mental y física. ¿Por qué mi propia capacidad no contaba para nada?
– Ya, pero al final le derrotaron a base de bien. ¿Tienes alguna idea de quién te pudo hacer eso? Mis jefes temen que tenga algo que ver con tu investigación sobre el Indiana Arms, que tienes en la manga alguna información que no has compartido con nosotros.
Me esforcé por no perder la calma.
– No sé quién lo hizo. Es posible que esté relacionado con vuestra reclamación, pero la única persona que puede decírmelo se está escabullendo. Si tuviera ese tipo de información, no sería tan poco profesional como para callármela.
Titubeó, jugando con el salero.
– Yo sólo me pregunto… ayer mi jefe y yo estuvimos hablando… trabajamos con un montón de investigadores. Tal vez podríamos poner a otro en el caso Seligman.
Me mantuve rígidamente en mi puesto.
– Comprendo que no he conseguido los resultados que queréis, pero he comprobado el estado financiero y he hecho un buen informe sobre la organización. Si queréis que sea otro el que hable con el vigilante nocturno o investigue lo que han estado haciendo las hijas de Seligman, estáis en vuestro derecho, claro.
– No se trata de tu competencia, Vic, pero… bueno, es que esa agresión que has sufrido está llevando a alguna gente a cuestionar tu buen juicio.
Intenté relajarme.
– Me metí allí porque recibí una llamada de auxilio de mi tía. Ya que tiene una fuerte propensión a las exageraciones etílicas, quería verla por mí misma primero, antes de compartir con extraños ese aspecto de mi vida familiar. Si hubiese tenido la menor sospecha de un peligro real, hubiese manejado las cosas de forma distinta. Pero ya estoy más que harta de que todos, desde los médicos hasta la policía, pasando por ti, me echen el puro por haberla salvado y haber salido intacta del peligro.
Cuando terminé de hablar estaba jadeando. Me recliné en la silla con los ojos cerrados, intentando arrancarme de la cabeza un incipiente dolor.