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– Vic, lo siento. Me alegro de que estés viva. Has hecho un trabajo estupendo. Pero nos preguntábamos si otro no podría añadir un enfoque diferente. El simple hecho de que tu tía está implicada puede influir en tu objetividad.

– Estás en tu derecho -repetí secamente-. Pero si ponéis a otro en el caso, no pienso trabajar como su subordinada. Compartiré encantada mis notas y mis ideas, pero no seguiré trabajando para Ajax.

– Bueno, tal vez a estas alturas no tengamos que contratar a alguien. Hay una brigada antibombas y atentados en esta ciudad -ofreció tentativamente Robin.

– Que ni siquiera querrá echarle un vistazo al Indiana Arms por vosotros. No confiéis en ellos sólo porque yo ya he hecho algunos intentos, hará falta algo más que eso para que Roland Montgomery acceda a fijarse seriamente en el caso. Ha estado incluso barajando el cuento de que yo misma provocaba los incendios.

Robin se quedó atónito.

– ¡Bromeas!

Cuando le conté mi encuentro del día anterior con Montgomery, torció el gesto.

– ¿Qué coño le pasa al tipo ese? Odia que los extraños metan las narices en las investigaciones de incendios provocados, eso ya lo sé, ya hemos chocado otras veces, pero esto es insultante hasta para él.

Su alusión a los extraños me devolvió a la mente el escurridizo recuerdo de una cara ante el incendio, pero no podía situarla.

– No sabes quién dio la alarma, ¿verdad? Si no hubiesen estado allí los bomberos, no creo que mi tía hubiese escapado.

Robin volvió a sacudir la cabeza.

– Tengo conocidos en el cuerpo de bomberos que me han dejado ver todo lo que tenían sobre ambos incendios, pero la llamada al 091 fue anónima.

Removí con el tenedor la grasa fría de mi plato, buscando las preguntas que podía hacerle sobre el incendio. Por ejemplo, ¿tenía la policía una lista de los curiosos, o se había encontrado algo en el lugar que pudiera servir de indicio para buscar al incendiario?

Pero no estaba con ánimos para eso. El que pusieran en tela de juicio mi discernimiento profesional me dolía más que cualquier otra crítica. A la vez me veía bajo un aspecto lamentable, llegando estruendosamente al Hotel Prairie Shores como un elefante en una tienda de porcelana. Si hubiese llamado a los maderos -claro, que había llamado a Furey. Pero de todas formas un batallón de policía podía habernos evitado a Elena y a mí un trastazo en la cabeza. Aunque lo cierto es que si volviera a suceder esa noche, yo volvería a hacer exactamente lo mismo. No podía exponer a Elena a la vergonzosa indiferencia de la policía. Tenía que resolver mis problemas privados en privado. No sé siquiera si es una debilidad o una fuerza. Simplemente es.

Pagué la cuenta y salimos en silencio hacia mi casa, sin que ninguno de los dos pretendiese hacer como si la conversación no hubiese tenido lugar. Delante de mi edificio, Robin jugueteó con las vendas de mi mano derecha, eligiendo las palabras.

– Vic, creo que vamos a dejar descansar la investigación Seligman durante unos días. Vamos a enviar a alguien para que hable más a fondo con el guarda nocturno, pero no le vamos a pedir que se haga cargo del caso. La semana que viene, cuando te sientas mejor, veremos qué ha conseguido y podrás decidir si te apetece seguir con ello o no.

Eso me parecía correcto. No evitó que me sintiera deprimida mientras subía las escaleras, pero aflojó el fuerte nudo que tenía entre los omóplatos.

Cuando estaba abriendo mi puerta el señor Contreras y la perra iban subiendo a saltos la escalera. Al llegar al descansillo del segundo piso, le oí regañarla cariñosamente: no veía por dónde iba, ¿es que tenía que ir y venir sin parar entre sus piernas? Como le hiciera caer, a ver qué iba a ser de ella, si yo estaba siempre mera. Sentí que se me volvía a formar un nudo en la nuca y les miré sin ninguna sonrisa de bienvenida.

El señor Contreras estaba oculto tras un gigantesco paquete envuelto en el papel a rayas que utilizan los floristas.

– Ha llegado esto mientras estabas fuera, niña -dijo jadeando-. Pensé que sería mejor que lo cogiera yo para que no lo volviesen a traer mientras estabas dormida o algo así.

– Gracias -le dije con toda la buena educación que pude acopiar-. Lo único que quería hacer es meterme a hibernar en mi cueva. Sólita.

– Está bien, niña, encantado de poder ayudarte. ¿Qué le ha pasado a tu amigo? ¿Te ha dejado plantada? -depositó con cuidado el paquete y se enjugó la frente.

– Él sabe que quiero descansar -dije con intención.

– Claro, cielo, claro. Entiendo. Quieres estar sola un rato. ¿Necesitas que te haga algo?

Estaba a punto de proferir una firme negativa, cuando me acordé de la carta urgente que quería enviarle a mi tío Peter. Tenía tal necesidad de dormir que no me sentía capaz de llegar a Correos antes del cierre temprano del sábado.

El señor Contreras estuvo más que encantado de llevármela a Correos. Estaba entusiasmado de que le hubiese elegido para esa misión. Se emocionó tanto que me arrepentí de no haberme sobrepuesto a mi cansancio y haber llevado yo misma la jodida carta.

Después de que se largara con la carta -"no me des dinero ahora, muñeca, ya haremos cuentas después"-, metí las flores dentro. Era un espléndido ramo, con unos rojos, dorados y púrpuras tan exóticos que no había visto nunca algo así. Estaban dispuestas en un bonito cuenco de madera forrado de plástico. Hurgué entre el follaje en busca de una tarjeta.

"Me alegro de que hayas salido del hospital" -rezaba la informe letra redonda del florista-. "La próxima vez, procura elegir un trabajo más tranquilo".

Estaba firmada "R. M.". Estaba tan cansada que ni siquiera intenté determinar si era una pequeña pulla amistosa o una advertencia. Atranqué todos los cerrojos, desconecté los dos teléfonos, y me metí en la cama.

Capítulo 30

Preparándose para el gran salto

El domingo, cuando me levanté, supe que había pasado el punto crítico hacia la recuperación. No es que hubiese recobrado todas mis fuerzas, pero me sentía con energías y con la mente despejada. La persistente depresión desde mi almuerzo con Robin terminó por reducirse a las proporciones de un problema soluble: mi capacidad para manejar la investigación Seliginan era lo que estaba en tela de juicio, y no toda mi carrera ni mi personalidad. Hasta mis manos estaban mejor. No me quité la gasa, pero podía efectuar pequeñas tareas caseras sin sentir que la piel se me abría hasta el hueso.

Al detective que madruga Dios le ayuda. Aunque era poco probable que alguien fuese a las oficinas de Alma Mexicana un domingo, y aún era menos probable que fuese a primera hora de la mañana.

Antes de salir me fui al cuarto de estar a practicar una versión abreviada de mis ejercicios: aún no estaba lista para empezar a correr, pero necesitaba mantenerme flexible. Las flores de Ralph MacDonald dominaban la habitación. Las había olvidado. Mientras me estiraba los cuadrangulares y fortalecía los glúteos, contemplé tristemente el bosque tropical húmedo. Tanto si eran una amenaza como un gracioso cumplido, eran demasiado abrumadoras, un gesto demasiado exagerado por parte de un hombre que apenas me conocía.

Cuando acabé mis levantamientos de pierna -veinticinco con cada pierna, en lugar de mis habituales cien, me dejaron sin aliento- me coloqué el vaquero y una camiseta. Con un esfuerzo, me llevé las flores al coche. Me fui hasta Broadway y compré un buñuelo, una manzana y leche en uno de los delicatessen.

Mis intentos por comer y conducir al mismo tiempo demostraron mi grado de curación: con dos manos, el volante era manejable. Con una mano, las palmas me empezaban a escocer y las muñecas me dolían. Me acerqué hasta la esquina de Diversey y Pine Grove para comer. Las flores tropicales llenaban el coche de intenso perfume, haciendo difícil comer sin náuseas. Bajé completamente la ventanilla, pero el olor seguía siendo cabezón. Finalmente engullí la leche y tomé rumbo al sur sin acabarme el buñuelo.