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El domingo por la mañana es el mejor momento para conducir por Chicago, porque no hay tráfico por las calles. Recorrí los quince kilómetros hasta el Michael Reese en quince minutos sin sobrepasar la limitación de velocidad.

Subir el compacto ramo hasta el cuarto piso exigió de mis manos en proceso de curación y de mis hombros un esfuerzo casi intolerable. Al salir del ascensor, un simpático enfermero se ofreció a llevármelas.

– Son magníficas. ¿En qué habitación las quiere?

Le di el número de la habitación de Elena. Transportó la maceta tan fácilmente como si fuese un balón de fútbol -tan fácilmente como podía haberlo hecho yo una semana antes-. Le seguí por el pasillo hasta la habitación de Elena. Una mujer aproximadamente de mi edad con una bata de nailon amarilla estaba sentada en la cama de Elena leyendo el Tribune.

Mi mandíbula se abrió ligeramente, como cuando te cogen desprevenido.

– Mi tía -dije estúpidamente-. Estaba aquí el viernes.

– Tal vez le han dado el alta -sugirió el enfermero.

– No estaba muy bien. Tal vez la han trasladado -volví corriendo a la sala de enfermeras.

Una mujer de mediana edad hacía unas complicadas anotaciones en un gráfico. Quise interrumpirla, pero levantó una mano disuasiva y siguió escribiendo.

Por fin me miró.

– ¿Sí?

– Soy V. I. Warshawski -dije-. Mi tía, Elena Warshawski, estaba aquí, había sido golpeada en la cabeza y estuvo inconsciente durante uno o dos días. ¿La han trasladado o algo?

La enfermera sacudió majestuosamente la cabeza.

– Se fue ayer.

– ¿Se fue? -repetí, atónita-. Pero… me dijeron que estaba delicada, que necesitaba un mes o así de convalecencia. ¿Cómo han podido dejarla ir sin más?

– No la han dejado. Se fue por iniciativa propia. Robó la ropa de la mujer con la que compartía la habitación y desapareció.

La cabeza empezó otra vez a darme vueltas. Me así al borde del mostrador para no perder el equilibrio.

– ¿Cuándo ocurrió eso? ¿Por qué no me ha avisado nadie.

La enfermera negó cualquier conocimiento de los detalles.

– El hospital llamó a la persona que estaba registrada como su pariente más próximo. No habrán considerado que usted necesitaba saberlo.

– Yo soy su pariente más próxima -aunque tal vez había dado el nombre de Peter, no podía hacer valer con demasiada fuerza mis derechos como la persona más allegada a ella-. ¿Puede decirme cuándo se marchó?

Dejó el lápiz sobre el mostrador con un golpe, exasperada.

– Pregúntele a la policía. Mandaron a un oficial ayer por la tarde. Estaba bastante fastidiado y recabó todos los detalles.

Estaba a punto de aullar de frustración y confusión.

– Déme usted su nombre y hablaré con todo gusto con él.

Suspiró audiblemente y se metió en el cuarto de los archivos, tras el mostrador. El enfermero había estado durante todo ese tiempo detrás de mí cargado con las flores.

– ¿Quiere cogerlas, señora? -preguntó mientras yo esperaba.

– Oh, déselas a la persona que más tiempo lleve aquí sin visitas -dije brevemente.

La enfermera volvió con una carpeta.

– Michael Furey, detective -leyó sin levantar la vista. Volvió al gráfico en el que trabajaba cuando yo la interrumpí. Daba obviamente por concluida la entrevista.

Cuando volví al coche los brazos me temblaban: había abusado de ellos acarreando las flores de Ralph MacDonald. Así que Elena ha vuelto a poner pies en polvorosa. ¿Debería preocuparme? La policía ya lo sabía. Lo más probable era que se mantuviesen alertas respecto a ella. Yo tenía cosas más importantes que hacer.

En lugar de seguir conduciendo hasta las oficinas de Alma Mexicana en Ashland Sur, dirigí el Chevy hacia el Hotel Prairie Shores. Volvió a gemir otra vez cuando giré en Indiana.

– Crees que te sientes mal -gruñí-. Yo tampoco quisiera estar aquí. Y me duelen las manos.

Tenía las palmas de las manos inflamadas bajo los mitones. Me palpitaban sobre el duro volante. El próximo coche que compre tendrá dirección asistida.

El Prairie Shores hacía buen conjunto ahora con el Indiana Arms. Los dos caparazones renegridos se miraban el uno al otro a ambos lados de la calle. Ni siquiera Elena podría ocultarse en alguno de los dos. Pero había otros edificios abandonados en esa manzana: un viejo almacén, una escuela tapiada, los restos de una casa de reposo. Podría estar en cualquiera de ellos. No tenía la energía suficiente como para buscar en todos. Que lo hiciera la policía.

Enfilé por Cermak a ochenta por hora, cambiando sin parar de carril, saltándome los semáforos en rojo. Sencillamente estaba cabreada a tope. Además, ¿qué clase de astuto jueguecito se traía? ¿Y cuánto tiempo tendría yo que pasarme jugando con ella? Había puesto a alguien lo bastante nervioso como para querer matarla. Y en vez de contármelo a mí, se andaba escondiendo por la ciudad, creyendo que era una borracha lo bastante lista como para que él no la descubriese. O ella, corregí concienzudamente.

Giré a la izquierda por Halsted frente a un remolque que frenó pitando como un loco. Eso me enfrió bastante rápido. Lo peor del mundo que se puede hacer con un coche es utilizarlo cuando estás furiosa. Eso me había dicho Tony, él mismo más al borde del enfado que nunca, cuando me quitó las llaves durante un mes. Tenía diecisiete años y fue el castigo más fuerte que sufrí jamás. Debería haberme curado de ese tipo de arranques.

Proseguí a paso sobrio y alerta hasta el Anfiteatro. Las oficinas de Alma Mexicana estaban a espaldas de éste, en la calle Ashland. Tony solía llevarme allí a ver espectáculos con caballos y perros, pero hacía por lo menos veinte años que no había estado en esa parte de la ciudad. Me había olvidado del laberinto de callejones sin salida entre Ashland y Halsted. Incluso teniendo que volver hasta la calle Treinta y Nueve y buscar un camino por las calles principales, pude llegar a la compañía contratista en veinte minutos.

Pasé despacio por delante de su triste edificio de ladrillo. La puerta estaba cerrada a cal y canto. Las altas ventanas sucias reflejaban el aire gris de la mañana: no había ninguna luz tras ellas. Di un prudente rodeo por el callejón de detrás del edificio. Las puertas metálicas de atrás tenían una gruesa cadena colgada de sus tiradores y sujeta con un imponente candado American Master.

Seguí por el callejón y volví por Ashland hasta la Cuarenta y Cuatro. Dejé el Chevy en la esquina, delante de un parquecito como un pañuelo, donde un viejo paseaba a un aletargado terrier. Ninguno de los dos me prestó atención alguna. Avancé por el callejón con la cabeza alta, deliberadamente, proclamando: yo soy de aquí. Cuando la tapa de un cubo de basura se cerró con un chasquido tras una verja junto a mí, no di un salto, o al menos no muy alto.

Con un American Master se necesita o un soplete, o una sierra de gran calidad, o la llave. No tenía ninguna de esas cosas. Estudié pesarosamente la cadena. Era también más gruesa que yo. Después de haber dado una vuelta completa al edificio, pensé que no podría alcanzar ninguna ventana sin una escalera. Quedaba el tejado, lo que significaba también dar media vuelta y regresar por la noche.

Más allá, en el callejón, había un poste telefónico bastante próximo a un edificio al que podría trepar y desde allí pasar al de Alma Mexicana. Estiré los brazos junto al poste. Las primeras clavijas estaban a más de un metro de mi alcance. Pero con alguna especie de taburete sería posible escalarlo.

Tres cubos de techo plano de distintos tamaños se interponían entre el poste y mi meta. Medí en pasos la distancia. La distancia más ancha que tendría que saltar sería sólo de metro y medio. Hasta en mi estado de debilidad, debería ser capaz de hacerlo en la oscuridad.