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Busqué un punto de referencia que me permitiera saber cuándo alcanzaba Alma Mexicana. Los edificios frente al callejón estaban todos bordeados de altas vallas de madera indiferenciadas, pero habían construido un garaje en el muro haciendo esquina con el edificio de los contratistas. Debería ser capaz de localizarlo con mi linterna.

El viejo del terrier estaba sentado en un banco leyendo el periódico de la mañana cuando volví al Chevy. Ninguno de los dos levantó la vista cuando cerré la puerta del coche con un portazo. Me dirigí hacia el Ryan a paso veloz. El Chevy empezó con su odioso rechinar cuando pasé de los cien en la autovía, pero se calló cuando bajé a sesenta. Llegué a casa a tiempo de pillar en la tele el saque de los Bears contra los invencidos Bills. Como todo ciudadano de Chicago que se precie, apagué el sonido de la tele y conecté el comentario de la radio: nos gusta Dick Butkus con su sabiduría y su partidismo.

Mediado el partido de los Bears, miré los periódicos del domingo. Hojeaba distraídamente la sección de sucesos del Star cuando el nombre de Seligman me saltó a la vista. Las oficinas de la compañía habían sido asaltadas. La señora Rita Donnelly, de cincuenta y siete años, empleada allí desde hacía treinta años, había resultado muerta.

Detrás de mí, Jim Hart y Butkus seguían comentando las buenas jugadas de Dan Hampton en el primer tiempo. Apagué la radio y leí lentamente la noticia.

El Star sólo le dedicaba cinco pulgadas. Recorrí el Tribune y el Sun-Times y di finalmente con suficientes detalles para enterarme de la hora aproximada en que la policía pensaba que había sucedido -a última hora del viernes- del hallazgo del cuerpo por el cartero el sábado, cuando entró -ya que la puerta no había sido cerrada con llave- con una carta certificada, y de la conmoción del señor Seligman. La señora Donelly dejaba dos hijas, Shannon Casey (de treinta y dos años) y Star Wentzel (de veintinueve), ambas casadas, y tres nietos. La misa se celebraría el martes por la tarde en la parroquia de San Inanna; el velatorio, en la Funeraria Calla-han el lunes por la noche. En lugar de flores, se rogaba enviar donativos en metálico a la fundación de becas de San Inanna.

Los Bears y los Bills estaban enfrascados en una violenta 17 ntélée en la silenciosa pantalla de la tele: el segundo tiempo había empezado sin mí. Apagué el aparato y me acerqué a la ventana para mirar afuera. Podía tratarse de una agresión fortuita: a la oficina llegaba algo de dinero. Alguien lo sabía, montó la guardia, y la mató antes de que pudiese ir al banco.

– Simplemente no te olvides de que es posible -me sermoneé en voz alta-. No te emociones tanto con tus teorías favoritas como para ignorar la proporción de asquerosa violencia fortuita en esta ciudad -pero cómo iba a ser fortuita, con Cerise muerta, el ataque a Elena y a mí, los dos incendios. Todo tenía una conexión en alguna parte. El asesino había registrado los archivos, pero no se había llevado dinero, ni de la oficina, ni siquiera del bolso de la señora Donnelly.

La muerte de la señora Donnelly me impulsó a hacer algo que antes me sentía demasiado hosca para hacer: llamé a Furey para averiguar lo que sabía de Elena.

Pareció alegrarse bastante de oírme, pese a que pude darme cuenta, por el ruido de fondo, que había interrumpido una partida.

– Nos has tenido preocupados a todos, Vic. ¿Cómo vas?

– Me estaba sintiendo mejor, hasta que esta mañana fui al hospital a visitar a mi tía. Me han dicho que habías estado allí para hablar con ella y que te dieron todos los detalles.

– Sí. He intentado llamarte varias veces pero sólo daba con tu servicio de mensajes. Esperaba que tuvieses alguna idea de dónde se ha metido. Es nuestra única pista seria en lo del incendio del miércoles.

– Además de mí -le conté la teoría de Montgomery.

– ¡Oh, Monty! A veces se sale un poco de sus casillas. No le hagas ningún caso. ¿Qué pasa con tu tía? La he buscado en aquel hotel de Kenmore, pero no ha vuelto por allí desde que se largó hace días.

Sugerí lo de los edificios abandonados de la zona sur y me prometió que mandaría a una patrulla para comprobarlo. Los chicos se habían acercado todos para ver el partido, le apetecía volver a él, pero me volvería a llamar durante la semana.

El teléfono se puso a sonar tan pronto como colgué. Era mi tío Peter, echando espumarajos por causa de mi carta: ¿Quién creía yo que era, un cretino que iba a exponer a sus hijos a la presencia de alguien como Elena?

– Está bien, Peter, ella ha desaparecido. Nadie te va a pedir nada -de hecho, estaba pensando en llamar al Reese a la mañana siguiente para asegurarme de que tenían su nombre y su dirección como garante financiero de Elena, pero no creí que a él le sirviera de nada enterarse esa tarde.

La noticia no lo ablandó.

– Métete esto en la cabeza, Vic: si quisiera vivir atado a un montón de perdedores, no me hubiera marchado de Chicago. Si eso te ofende, lo siento, pero yo quiero algo más para mis hijas de lo que Tony quería para ti.

Estuve a punto de lanzar un contraataque de gran envergadura, diciendo que lo que no le hubiese gustado a Tony para mí era su mierda, pero al ir a hablar me di cuenta de la inutilidad de decir nada. Peter y yo ya habíamos pasado por esa discusión un montón de veces. Ninguno de los dos iba a cambiar. Colgué sin despedirme.

Volví a la ventana y contemplé las casitas que había frente a mi edificio. Tal vez a Tony le hubiese gustado para mí una mansión en Winnetka, pero lo único que conocía eran las casitas y los pisos sin ascensor, y no hubiese pensado que eran ninguna desgracia para mí.

Mi discusión con Peter me había agotado más que llevar por ahí esa selva tropical por la mañana. Si quería estar saltando por los tejados esa noche, tenía que descansar. Desconecté los teléfonos y me desplomé en la cama.

Capítulo 31

Unas visitas

Eran las seis cuando volví a despertarme. Los músculos de los hombros se me habían agarrotado llevándole las flores de Ralph MacDonald a Elena. Necesitaba remojarlos bajo una ducha caliente. Eso era imposible con mis mitones de gasa. Además, necesitaba mantener mis manos protegidas para la tarea que me esperaba.

Aunque había tomado un poco de mantequilla de cacahuete mientras veía a los Bears, todavía no había hecho una comida decente. Aún no tenía comida de verdad en casa. Había pensado en pedirle a Robin que me acompañara en coche hasta la tienda, pero después de su salida con eso de que me iban a quitar el caso, se me había ido de la cabeza. No me sentía capaz de representar mi papel de Santa Claus sin haber cenado.

Me coloqué la parte de arriba de mi pijama largo y por encima me puse un suéter negro de algodón. Podía hacer fresco en los tejados y no quería llevar algo que hiciese tanto bulto como una chaqueta. Unos vaqueros y mis botas negras de básquet completaron el conjunto del perfecto caco que se llevaba ese año. También necesitaba alguna gorra o bufanda oscura para evitar que la luz se reflejara en mi cara o mi pelo. Rebusqué en mis cajones y conseguí un pañuelo de lino negro que Eileen Mallory me había regalado en Navidad. Pensé que el dibujo verde y azul que llevaba entretejido no destacaría por la noche. Cuando me llevo la pistola suelo ponerme una funda sobaquera. Como esa noche quería llevarme unas cuantas herramientas, me agencié un viejo cinturón tipo policía con pistolera y agujeros para colgar las esposas o una cachiporra. Mi mejor linterna había quedado enterrada bajo los escombros del Prairie Shores, pero tenía otra en algún sitio. Después de revolver el aparador del comedor y el armario del vestíbulo, la encontré encima de la nevera, en la parte de atrás. Aunque estaba un poco grasienta al tacto, su pila aún funcionaba. Pasé un cordel por la anilla de su extremo y la até a mi cinturón. Un pequeño martillo, un destornillador y una toalla oscura completaron mi equipo. Solía tener un surtido de ganzúas que me había dado un cliente agradecido en mis tiempos de abogada de oficio, pero la policía me las había confiscado hacía varios años. Cogí mi escabel plegable de detrás de la nevera y salí. Conseguí salir furtivamente del apartamento sin despertar al señor Contreras, a Peppy, o incluso a Vinnie el banquero. Había caído el crepúsculo otoñal, un púrpura agrisado tornándose rápidamente negro. Ningún viandante podría distinguir el equipo de mi cinturón. Lo metí todo en el maletero junto con el escabel y me acerqué con el coche al Belmont Diner, a cuatro manzanas de allí, para cenar. Después de un tazón de energética sopa de coles y un plato de pollo asado con puré de patatas, me sentía demasiado hinchada para moverme.