– Si sabe tanto del asunto, ¿por qué me lo pregunta? -murmuró su ataque en dirección a la taza de té.
– ¿Eran las hijas de usted, o las suyas, las que la preocupaban? ¿O se trata de las mismas?
A mi espalda, la señora Feldman sofocó un grito.
– ¿Qué intenta decir? ¿Pero qué le pasa, para que venga aquí a atormentarle después de la conmoción que ha sufrido?
La ignoré.
– ¿Cuántas hijas tiene usted, señor Seligman?
Me había fallado la puntería. Pude verlo en su mirada indignada y asqueada.
– De lo único que me alegro es de que Fanny no esté viva para poder oír esa clase de basura en su propia cocina.
– Entonces, ¿por qué le preocupó que me diera la fotografía?
– No lo sé -fue un repentino estallido de frustración-. Vino aquí, hablamos, le conté que usted había estado aquí hostigándome, impidiendo que me dieran mi dinero, pero que quería una foto de Bárbara y de Connie. Entonces, cuando le dije que le había dado la que tomamos en el cuarenta aniversario de Fanny y yo, se excitó mucho. Quería saber de qué foto se trataba. Por supuesto que le di una de la que tenía otra copia, no espero de alguien como usted que me devuelva algo que tiene un valor sentimental, por eso elegí aquélla. Le dije todo eso y ella empezó a despotricar sobre cómo ensuciaba la memoria de Fanny dándole a usted algo de un momento tan personal.
Cuando terminó de hablar, sus mejillas de corteza de naranja tenían puntos rojos y estaba jadeando.
– ¿Está contenta ahora? ¿Puede dejarme ya en paz?
– Eso creo. Probablemente. ¿Cuándo son los funerales de la señora Donnelly? ¿El martes por la tarde?
– No se le ocurra entrometerse y desgraciar sus funerales. Sigo pensando que ha muerto por culpa de todas esas preguntas suyas.
Sostuve con tristeza su irritada mirada. Tenía la incómoda sensación de que él estaba en lo cierto. Me puse en pie, enrollando en una apretada bola la venda descartada de mi mano izquierda.
– Le devolveré su fotografía, señor Seligman, pero dentro de unos días. No volveré aquí ya, pero me gustaría entrar en su oficina. ¿Podría darme esa posibilidad?
– ¿Quiere las llaves? ¿O simplemente quiere forzar la puerta, como esos matones que han asesinado a Rita?
Enarqué las cejas.
– No había leído que hubiese habido efracción. Creí que la puerta estaba abierta por ser hora hábil y que simplemente entraron.
– Bueno, pues ahora está cerrada y no pienso darle las llaves. Tendrá que irse a hacer sus profanaciones a otro sitio.
La fatiga empezaba a apoderarse de mí. No tenía más energía que gastar discutiendo con él. Embutí la bola de gasa en el bolsillo de mis vaqueros y me di media vuelta sin decir nada.
La señora Feldman me acompañó precipitadamente por el pasillo.
– Espero que ahora pueda dejarlo en paz. Yo no la hubiese dejado entrar desde el principio, pero él nunca me hace caso. Si hubiese estado aquí mi hermana…, ella es igual que mamá. No vuelva. No vuelva hasta que tenga el cheque por el Indiana Arms. Para usted es sólo un incendio, pero para él significaba algo especial.
Empecé a decir algo sobre mi propio carácter, maravilloso y cálido, pero lo dejé estar: a ella no le importaba. Apenas había atravesado el umbral cuando ya estaba cerrando a golpes los cerrojos.
Capítulo 32
Ya no me sentía como una oca cebada, algo es algo. Por otra parte, mi bravata me había costado el envoltorio de mi mano izquierda. La probé cautelosamente contra el volante. Las ampollas se aplastaron y rezumaron un poquito.
Bajé del coche, abrí el maletero y saqué la toalla que había metido junto con mi equipo. Me envolví con ella la mano izquierda, sujetándola con los dientes para atar los dos extremos. Resultó ser un guante deslizante, pero ahora podía arreglármelas para conducir.
Mientras conducía por Touhy hasta Edens, me sentí tan cansada y deprimida que me pregunté si no debería abandonar mi proyecto de Alma Mexicana. Muchas veces, cuando tengo ganas de abandonar, oigo en mi cabeza la voz de mi madre, exhortándome. Su tremenda energía era inagotable: lo peor que yo podía hacer a sus ojos era renunciar. Pero esta noche no oía ningún eco en mi cabeza. Estaba sola en la ciudad oscura con mis palmas inflamadas y mis hombros agarrotados.
Si vas a caer en la autocompasión, vete a casa y métete en la cama, me reprendí a mí misma. De lo contrario, tu misión estará abocada al fracaso. Para las hazañas acrobáticas necesitas estar en la cima de tu autoconfianza, no en el fondo de un pozo.
No quería prolongar mis meditaciones sobre la escena en la mohosa cocina de Seligman, pero me forcé al menos a pensar en lo que me había dicho. Rita Donnelly tenía algo que ocultar. Debí haberla sondeado más a fondo sobre sus hijas aquella vez, pero parecía algo tan estrictamente personal. Si no era su paternidad lo que ocultaba, ¿qué era lo que no quería que se supiera de ellas?
El semáforo rojo de McCormick duró tanto tiempo, que sólo me despertó de mis cavilaciones un violento bocinazo a mis espaldas. Sobresaltada, crucé la intersección de un acelerón, consiguiendo apenas pasarla en ámbar y ganándome un gesto obsceno del conductor airado que aceleró para adelantarme.
Subiendo a ochenta por la avenida Edens, empezó a resultarme tan difícil manejar el volante con mi mano en su envoltorio, que ya no pude pensar en otra cosa que no fuese el coche y el tráfico. Me aparté al carril de la derecha y reduje a ochenta. A la altura de la zona en obras de la calle Roosevelt, el jodido motor se puso otra vez a rechinar. Tuve que reducir a sesenta para que cesara el ruido.
Conduje derecho hasta Ashland sin más incidentes, y una vez más rodeé el edificio de Alma Mexicana por el callejón. No se veía ninguna luz. Esta vez aparqué en la calle Cuarenta y Cinco junto a la entrada del callejón, por si acaso necesitaba subir rápidamente al coche.
Me envolví la cabeza con el pañuelo de Eileen y saqué el cinturón equipado del maletero para atármelo a la cintura. Con el peso que había perdido últimamente, me colgaba un poco; la linterna y el martillo me daban molestos golpeteos en los muslos al andar. Apreté el escabel contra el pecho. Era un desagradable síntoma de mi flojedad, que un peso que normalmente me parecería insignificante esa noche retrasara mis movimientos.
Pese a que la noche era agradablemente fresca, las calles estaban desiertas. La mayor parte de los edificios del lado este de la calle eran comercios; las casas que había tras la verja del lado oeste daban probablemente a la calle de atrás.
Eran justo las nueve y media cuando llegué al poste de teléfonos del callejón que conducía a Alma Mexicana. Levanté dubitativamente la vista hacia él a la luz de las estrellas. Bajo sus envoltorios, las manos me hormigueaban. Me quité la toalla de la mano izquierda y la encajé en el cinturón sobre mis riñones. Subida al escabel y estirando los dedos, me faltaba muy poco para alcanzar la primera clavija. Afirmé los pies en el escabel, doblé las rodillas y salté.
A la primera temía demasiado abrirme la palma izquierda y no me agarré. El estruendo que hice al tirar el escabel, que salió rodando por el callejón, despertó a los perros de la vecindad. Me arrebujé en la sombra de la valla, frotándome el muslo donde me había golpeado el martillo al caer, a la espera de que apareciese algún dueño furioso.
Como no salió nadie, recogí el escabel y lo volví a colocar junto al poste. Los perros estaban ahora todos despiertos; oí varias voces acallándolos. Su coro conjuntado hizo creer a sus dueños que se ladraban unos a otros.
Subiéndome de nuevo al escabel, tomé unas inspiraciones profundas apoyando la cabeza en el poste. El poste es una prolongación de mis brazos. Va a acogerme como a una hermana. No me va a rechazar como a una intrusa.