Después de casi un kilómetro de subida, cuando creía que iba a vomitar por el esfuerzo, decidieron que habían cumplido su misión. Uno de ellos me pinchó en broma el costado con el pico. El otro me dijo que suponía que había aprendido la lección, y que podían picarme de verdad -ja, ja- si volvía.
Asentí en silencio y me alejé del firme a trompicones, para derrumbarme en la subida del lado oeste. Me quedé allí tumbada una media hora, aspirando grandes bocanadas de aire polvoriento. No podían saber quién era yo. Si hubiese alguna alerta roja respecto a mí, podían fácilmente haberme empujado bajo una de las trituradoras de rocas. Pero debía de haber alguna advertencia de prudencia en general contra cualquiera que intentase meter las narices en las cosas de Alma Mexicana.
¿Y si hubiese estado con los federales? ¿Hubiese actuado igual de precipitadamente el segundo capataz? Los sobornos masivos no parecían haber penetrado aún en la burocracia federal, pero tal vez Roz -a través de Boots- tenía alguna otra fuente de protección para la firma de su primo.
Desde donde estaba tumbada, la torre de Sears dominaba el cercano horizonte. El sol estaba suficientemente bajo en el cielo para teñir sus ventanas de un incandescente color cobrizo. Era demasiado tarde para acercarme al Centro Daley a buscar algún antecedente de Farmworks, Inc. Me quedé allí, observando cómo el incendio de la torre se tornaba de un suave anaranjado hasta apagarse.
Finalmente me levanté y emprendí la larga expedición hasta mi coche. Las piernas me temblaban un poco: demasiado esfuerzo antes de tiempo, me dije severamente. No tenía nada que ver con el susto por los tíos esos de los zapapicos.
Los obreros del turno de día estaban empezando a recoger. El turno de la noche aún no había empezado. Hubo una pausa en el ruido y una relajación general del frenético trabajo. Las máquinas seguían moviéndose con obstinación pero los obreros de a pie estaban riendo a su alrededor, bebiendo a gollete y animando de alguna forma el ambiente del lugar.
Me llevó más de media hora recorrer los dos kilómetros hasta el coche. Para entonces, la mayor parte de los vehículos aparcados a su alrededor ya no estaban. Sola entre los detritus bajo los gigantescos pilares de la autovía, me estremecí. Subí al coche y cerré cuidadosamente el seguro de las puertas antes de arrancar.
Eran más de las cinco y media. Giré por Halsted en lugar de unirme a las multitudes de la autovía o de la avenida. Nadie de la obra sabía quién era yo, pero no me quité el casco hasta que estuve en la otra punta de la avenida Congress.
Al llegar a casa metí el mono y el casco en el armario del vestíbulo y me fui derecha a la bañera. Necesitaba dormir, pero aún tenía varias tareas que cumplir. Traté de convencer a mis temblorosas piernas y a mis doloridos hombros de que un largo baño les haría tanto bien como doce horas de sueño, y más aún. Eso podía funcionar cuando tenía veinte años, pero cuando una está más cerca de los cuarenta que de los treinta, hay ciertos mitos que el cuerpo ya no se cree.
Atiborrarme de carbohidratos era mi segunda gran idea. Aunque ya no había carne ni fruta en casa, aún quedaban cebollas, ajos y pasta congelada. Exactamente el tipo de comida que mi madre juzgaba adecuada para la cena del sábado, mientras mi padre, que nunca tuvo valor para criticarla, añoraba en secreto el pollo y los buñuelos.
Encontré una lata de tomate en el fondo de mi alacena. No recordaba haber comprado esa marca y estudié atentamente la etiqueta, tratando de determinar si aún estaba bueno. Abrí el bote y lo olí. ¿Cómo sabes si algo está lleno de botulismo? Me encogí de hombros y lo vacié junto con las cebollas. Sería bastante divertido que tras escapar a los ataques de unos locos asesinos muriese por envenenamiento alimentario en mi propia cocina.
Si los tomates estaban echados a perder, no me afectaron inmediatamente. De hecho, con el baño y la cena me sentí efectivamente mejor, no tan bien como si hubiese disfrutado de un buen sueño, pero lo suficiente como para seguir con cuerda un rato más. Hasta silbé por lo bajini mientras iba a mi habitación a vestirme.
Mi único vestido negro ligero tenía grandes botones plateados delante. Con unas medias negras y unos zapatos parecía más bien que iba al teatro que a un funeral, pero pensé que unas medias blancas no mejorarían mucho la cosa. Tendría que valer así.
Mientras buscaba la Funeraria Callahan, sonó el teléfono. Era Terry Finchley, de la brigada de homicidios.
– ¡Señorita Warshawski! He estado intentando comunicarme contigo todos estos días. ¿Has recibido mi mensaje?
Me acordé de todas las llamadas que no había atendido últimamente y me di cuenta de que hacía tiempo que no comprobaba mi servicio de mensajes.
– Lo siento, detective. ¿Qué ocurre? ¿Alguna otra prueba que me relaciona con el incendio del Prairie Shores o del Indiana Arms?
Creí oírle suspirar.
– No me lo pongas todavía más difícil, ¿de acuerdo, Vic?
– Está bien, Terry -asentí dócilmente-. ¿A qué se debe el placer de oírte?
– He… esto… he hablado de nuestra entrevista con el teniente. Ya sabes, la conversación que el teniente Montgomery y yo…
– Sí, recuerdo esa conversación exactamente -me había sentado en el taburete del piano con la guía sobre las rodillas, pero dejé de buscar a los Callahan.
– El teniente, el teniente Mallory, quiero decir, se… esto… se asombró mucho de que Montgomery sugiriera una cosa así, ya sabes, que te relacionara con el incendio, y fue a hablar con él. Sólo creí que te gustaría saber que probablemente no vuelvas a oír hablar de él.
– Gracias -me alegró y me sorprendió, tanto el que Bobby rompiera una lanza por mí como el que Finchley se tomara el tiempo de telefonearme para decírmelo. Se necesitaba un valor extra para hacerlo.
– Bueno, de aquí en adelante comprueba tus llamadas, no me tengas preocupado durante tres días. Te veré el sábado.
El sábado. Ah, claro, el sesenta aniversario de Bobby. Una cosa más que añadir a mi prolífica lista de quehaceres: un regalo para él. Me froté mis ojos cansados y me forcé a fijarlos otra vez en la guía. La Funeraria Callahan estaba en Harlem norte. Busqué entre los papeles amontonados sobre la mesita mi plano de la ciudad. Según la dirección, estaba justo al norte de la autovía: debería ser fácil atravesar la ciudad hasta allí.
Estaba preparando mi mejor bolso cuando volvió a sonar el teléfono. Iba a dejarlo estar, pero podía ser alguien que también llevase tres días dejándome mensajes.
– Señorita Warshawski, me alegro de encontrarla.
– Señor MacDonald -volví a sentarme, pasmada, en el taburete del piano-. Qué sorpresa. Siento no haberle podido mandar aún una nota por sus flores, llevo una convalecencia bastante lenta.
– No es eso lo que he oído decir, jovencita. He oído que apenas se levantó de la cama empezó a andar por ahí metiendo las narices en asuntos que no le conciernen.
– ¿Y qué asuntos son ésos, viejecito? -no soporto que me llamen "jovencita".
– Creí que habíamos llegado al acuerdo de que dejara en paz a Roz Fuentes.
Dejé el auricular en mi regazo y me quedé mirándolo fijamente. Sólo podía referirse a mi intrusión en Alma Mexicana. Pero no podía estar enterado, mi única pista para ellos era un pañuelo que difícilmente podía conducirles hasta mí, nadie me lo había visto puesto, porque nunca me lo puse. Así que era mi paso por la obra. ¿Pero qué relación tenía él con Alma Mexicana para que se enterase tan pronto?
– ¿Está ahí? -su voz se elevó carrasposa desde mi regazo.
Me volví a acercar el auricular.