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– ¿Pero tú de qué lado estás? -masculló Vinnie, pero no ofreció ninguna resistencia cuando su amigo le tomó de la mano y le empujó suavemente hasta el salón.

Les seguí. Su apartamento era una copia bastante fiel del mío en su distribución, pero su estilo y su presupuesto estaban muy por encima de mis medios. El salón estaba decorado todo de blanco, en diferentes texturas contrastadas. El largo muro opuesto a la escalera estaba cubierto por una tela abstracta en diferentes tonos de azul y verde. Era el único toque de color en la habitación: la biblioteca y la mesita baja eran de cristal o de metacrilato transparente, o algo parecido.

Me posé delicadamente en uno de los bajos y abultados sillones, esperando que mis vaqueros no dejasen en ellos ninguna raya de polvo reveladora. Vinnie se sentó lo más lejos de mí que pudo, en una silla a juego ante la ventana, mientras Rick se apoyaba en la pared junto a él.

– Bueno, dime qué ha pasado -le invité.

Como Vinnie no mostraba ninguna inclinación a responder, Rick habló por él.

– Fue hace una semana más o menos, ¿verdad? Estábamos durmiendo -se interrumpió para mirarme precavidamente, para ver si iba a escandalizarme ante su revelación. Cuando vio que no reaccionaba, prosiguió.

– La perra estaba ladrando como una loca, y nos despertó. El dormitorio está cerca del vestíbulo, ya sabes.

En mi casa el dormitorio era exterior y la cocina daba al descansillo, pero en el primer piso era al revés, por la disposición de la escalera de servicio, lo sabía por todas las veces que había entrado en la cocina del señor Contreras para recoger a la perra.

– Nos levantamos y te vimos salir. Y Vinnie dijo que era la última vez que le despertabas en plena noche. Dijo que estabas haciendo algo ilegal y que habías burlado a los maderos, pero que él te iba a seguir, te iba a pillar con las manos en la masa y que iba a ir a la policía con pruebas tan gordas que te harían arrestar -inclinó la cabeza hacia un lado-. Sólo por curiosidad, ¿a qué te dedicas? No tienes pinta de camello ni de fulana.

No pude reprimir una sonrisa.

– Soy detective privada, pero eso no tiene nada que ver con la razón por la que lo he estado despertando. En realidad es una tía mía, incendiaron la casa donde vivía y ha venido unas cuantas veces a media noche a pedirme ayuda. Pero Vinnie reaccionó tan violentamente que no podía decidirme a confiar en él. ¿Y qué hicisteis cuando me visteis salir?

– Nos subimos al Mazda y te seguimos.

Rick tenía un porte sereno que me hizo preguntarme qué le veía a Vinnie. Pero no era la primera pareja mal combinada que veía. Volví a recordar mi cauteloso acercamiento por Indiana hasta el Prairie Shores. No creí que me estuvieran siguiendo.

– Te esperamos en Cermak -explicó Rick. Ninguno de los dos le hacíamos ningún caso a Vinnie, sentado y enconado en su camiseta de los Dead-. Si ibas a encontrarte de verdad con un camello, no quería que me pillaran en medio. Y ésa era la calle más tenebrosa que jamás he visto. Recorrimos Cermak varias veces en los dos sentidos; te vimos bajar por Indiana y desaparecer tras ese edificio, el que se incendió. Así que llegamos al extremo de la calle y nos quedamos observando, y al cabo de unos veinte minutos vimos que la casa ardía en llamas y vimos a un tipo salir corriendo. Eso nos asustó de verdad, pero pensamos que lo mejor que podíamos hacer era llamar al 091. ¿Es cierto que graban las llamadas?

Asentí distraídamente. Claro que eso podía ser un cuento urdido para aplacarme, pero la entonación era sincera. Vinnie parecía demasiado malhumorado, al menos, y eso de que no querían alejarse de la calle Cermak parecía auténtico.

– ¿Podéis describir al hombre que salió corriendo del edificio?

Rick sacudió la cabeza.

– Estaba oscuro, y llevaba ropa oscura. Creo que llevaba una chupa de cuero, pero estaba demasiado nervioso como para prestarle mucha atención. Estoy casi seguro de que era un blanco; creo que vi el reflejo de las luces en sus pómulos, pero no estoy seguro de que sea un recuerdo real.

– ¿Así que os quedasteis esperando a ver si alguien llegaba para apagar el fuego?

Parecía un tanto avergonzado.

– Sé que hubiésemos debido precipitarnos dentro del edificio en llamas para salvarte, pero no sabíamos en qué estabas metida, a lo mejor habías provocado tú misma el incendio, a lo mejor habías salido de la misma manera que habías entrado. Y el fuego se extendía rápido.

– Por el acelerador -dije distraídamente-. Pero Elena le dijo a la seño…, le dijo a alguien que había visto al hombre que incendió el Indiana Arms y que tenía unos ojos fabulosos. Y es lo mismo que dijo cuando vio a Vinnie la primera noche que lo despertó. Así que pensé que lo había reconocido y que tal vez le estuviese chantajeando.

Mi voz se fue desvaneciendo cuando Rick se echó a reír.

– A esto se le llama reconstrucción, Vinnie. ¡Vamos, alegraos! Tú creyendo que ella traficaba drogas ahí arriba, y mientras tanto ella dándote caza por pirómano. Quiero que os deis la mano y que os toméis un trago juntos.

Vinnie no quería y yo tampoco estaba de humor, pero Rick fue a la cocina y volvió con una botella de Georges Goulet. Resultaría grosero no tomarse al menos una copa. Al final, Rick y yo nos tomamos esa botella y parte de otra mientras Vinnie se fue mosqueado a la cama.

Capítulo 36

La búsqueda del tesoro

No tenía un neto recuerdo de cómo volví a mi apartamento. Diez horas más tarde, deseé no haber tenido tampoco la neta sensación de despertarme. Alguien estaba accionando una máquina maremotriz dentro de mi cabeza. Silbaba y giraba cuando intentaba levantarme. Aunque no hubiese bebido champán, me habría sentido fataclass="underline" mi caminata por el Ryan me había llenado las piernas de agujetas. Mis hombros parecían haber estado toda la noche sobre una sierra circular. Con los citoplasmas hinchados por el contenido casi entero de una botella, me hubiera gustado estar inconsciente las siguientes doce horas.

En lugar de eso, me acerqué tambaleante a la cocina en busca de zumo de naranja. La doncella, la mujer de la casa, o quienquiera que se ocupase de esas cosas, aún no había ido a la tienda. Pensé en salir yo misma, pero la idea de exponerme a la luz directa del sol me hizo sentir tan enferma que tuve que sentarme. Cuando se me pasó el vahído, fui al cuarto de baño, localicé el Tylenol y me tomé cuatro, dosis reforzada, con un par de vasos de agua fría. Tras un largo remojo en la bañera con el agua tan caliente como pude soportar, me arrastré otra vez hasta la cama.

Cuando volví a despertarme, eran más de las doce. No me sentía en condiciones de correr dos kilómetros, pero me pareció que era capaz de vestirme y de bajar a la tienda. Cuando te sientes verdaderamente horrenda, los animalitos son una terapia indicada. Me paré en casa del señor Contreras para recoger a Peppy.

– Tienes malísima cara, niña. ¿Estás bien? -llevaba una camisa de un rojo tan vivo que me hacía daño a los ojos.

– Me siento como la misma muerte. Pero ya voy a sentirme mejor. Sólo quiero llevarme un rato a la perra.

Sus descoloridos ojos castaños se llenaron de inquietud.

– ¿Estás segura de que deberías estar siquiera vestida? ¿Por qué no vuelves a la cama y yo te preparo algo de comer? No debiste salir tan pronto del hospital. No sé qué diría la doctora Lotty si te viera.

Me tambaleé ligeramente y me agarré al marco de la puerta. Peppy se acercó a lamerme las manos.

– Diría que tengo lo que me merezco. No es más que la resaca, no tiene nada que ver con mis heridas, o al menos no mucho.

– ¿Resaca? -ladeó la cabeza-. Oh, has estado bebiendo demasiado. No hagas eso, muñeca. No es forma de resolver tus problemas.

– No, claro que no lo es. ¿Quién mejor que usted para saberlo? Le traeré a Peppy más tarde.

Salí vacilante con la perra mientras él gritaba indignado que no era lo mismo tomarse unas copas con los amigos que ahogar mis penas en el whisky, a estas alturas debería saber que no era bueno para mi organismo. Peppy no demostraba el menor interés por esos temas éticos, o por la doble moral que prevalece según sea hombre o mujer el que bebe. Le sorprendió que no fuésemos a correr. Levantaba la cabeza para ver si estaba mirándola, y luego miraba con toda intención hacia el este, para decirme que deberíamos ir en esa dirección.