– Naturalmente, has visto algo que me obliga a mover el sofá -refunfuñé dirigiéndome a la perra.
Cuando lo separé de la pared, se precipitó danzando a la parte de atrás, agitando vigorosamente la cola. Corrió hasta mí cuando el objeto apareció, lo olisqueó, lo cogió y lo depositó a mis pies.
– Gracias -la felicité, frotándole la cabeza-, espero que te parezca que ha valido la pena todo ese esfuerzo.
Era una esclava de oro, una pieza pesada, al parecer de hombre por su tamaño. Volví a correr el sofá contra la pared y me senté a examinar el trofeo. Entre los eslabones había dos amatistas engastadas. Les di la vuelta, pero no llevaban ninguna inscripción detrás.
Me la pasé de una mano a otra. Me resultaba vagamente familiar, pero no se me ocurría cuál de mis recientes visitas masculinas había podido perderla. ¿Qué hombres me habían visitado últimamente? Robin vino el sábado pero no se había acercado al sofá. Terry Finchley y Roland Montgomery se habían sentado allí cuando vinieron a acusarme de incendiar el Hotel Prairie Shores el sábado, pero era difícil imaginar que pudieran dejarla caer debajo del sofá. Era mucho más verosímil que, si a alguien se le caía algo, aterrizara sobre los cojines, si es que se le había caído a uno de ellos. Bueno, no perdía nada con preguntarle a Finchley.
La única forma en que se me ocurría que podía haber quedado debajo era si alguien había dormido en el sofá cama: cuando estaba abierto quedaba un hueco entre el borde de los muelles y el suelo. Algunos invitados míos se habían olvidado ocasionalmente un reloj o un anillo que habían dejado distraídamente en el suelo después de acostarse.
Cerise y Elena habían sido mis únicas huéspedes durante la noche recientemente. Pensé que me habría enterado si Elena llevase por ahí una chuchería de valor, pero tal vez no. Pudo haberla robado, al fin y al cabo, para cambiarla por licor. Tal vez pertenecía al novio de Cerise y ella la llevaba como lo hacían las chicas de mi escuela cuando tenían una relación estable. Tal vez debería acercarme a Lawndale y mostrársela a Zerlina, ya que era mucho más probable que perteneciese a Cerise que a Terry Finchley. ¿Pero lo sabría Zerlina? Y si Maisie estaba junto a ella montando militantemente guardia, ¿me lo diría siquiera?
Estaba mejor, pero no lo suficientemente bien como para enfrentarme a Maisie. Además, el brazalete no era realmente el punto más urgente de mi agenda. Me lo metí en el bolsillo del vaquero y miré la expectante cara de Peppy.
– Estos últimos días la gente que debería estar adorándote ha estado tratándote mal. Te gustaría ir al lago, ¿verdad?
Meneó alegremente el rabo.
Capítulo 37
Caminé por la playa mientras Peppy danzaba a mi alrededor, acercándome palitos para que se los lanzara. Estábamos casi en octubre. El agua ya se había puesto muy fría para mí, pero ella podía nadar tranquilamente durante un mes más si no teníamos ninguna tormenta fuerte.
Me acerqué hasta el promontorio rocoso que apunta al este adentrándose en el agua. Cuando me senté a contemplar el lago, Peppy saltó por las rocas en busca de conejos. Era una pendiente bastante empinada, pero alguna vez había encontrado alguno escarbando entre las piedras de la orilla.
El agua lisa tenía un brillo plateado, un tono como de sílex que no tenía en verano. Se pueden distinguir las estaciones por el color del lago, aunque no cambie nada más en el paisaje. Cuando está calma, el agua parece infinitamente tentadora, ofreciéndose a abrazarte, a acariciarte hasta que duermas, como si no existiesen las frías profundidades, las repentinas furias que pueden arrojarte, impotente, contra las rocas.
Era la indefensión lo que yo temía. Una vida como la de Elena, rodando por ahí sin ninguna baliza que le sirva de guía. O mi propia vida esos últimos días, rozando con circunspección el borde de la presa, pero sin atreverme a echarme un clavado limpio. Esperando por lo de Ralph MacDonald, por ejemplo. Ni siquiera sabía si era por miedo a él, miedo a sus veladas amenazas, por lo que estaba actuando así. Tal vez estaba simplemente demasiado agotada por las recientes escapadas de mi tía y no me quedaba nada de energía para encargarme de mis propios asuntos. Por lo menos era una teoría para recomponer el ego.
Debería superar mi repugnancia y prestarle algo de atención a los problemas de Elena, de todas formas. No era justo para con ella, ni para con Furey, traspasarle simplemente a él sus problemas. Por lo menos podría buscar a Zerlina para volver a preguntarle si conocía a alguien que pudiese ocultar a Elena. Mis hombros se encorvaron ante esa perspectiva.
Podía pasarme por el Distrito Central para ver si Finchley reconocía el brazalete, y para comprobar si Furey se había enterado de algo sobre Elena. Si no, organizaría mi propia búsqueda por la mañana, tal vez acudiría a los Hermanos Streeter para que me ayudasen. Y podía ir a ver a Roz: ya era hora de lanzar mi ofensiva contra Ralph Macdonald. Tanto si tenía algo que ver personalmente con el incendio como si no, algo se traía entre manos; me había quedado pasiva demasiado tiempo.
Me levanté bruscamente y llamé a la perra. Peppy subió en tres fáciles brincos y empezó a girar con impaciencia. Cuando vio que íbamos al coche en lugar de volver a la playa, metió el rabo entre las piernas y redujo su ímpetu a un lento paso de tortuga.
El Chevy también se arrastraba con bastante dificultad. Le había puesto más líquido a la transmisión, había comprobado el aceite, había mirado con cierto aire de inteligencia las bujías y el alternador. Mañana tendría que encontrar tiempo para llevarlo a un taller. Y conseguir dinero para pagar al mecánico y para alquilar otro coche mientras tanto.
– No te pares -le ordené al motor.
La velocidad máxima que me permitía esa tarde era de apenas sesenta. Tenía que ir pegada a la derecha, irritando a los conductores que me seguían al mantenerme por debajo de los cuarenta. Tardé más de media hora en llegar al Distrito Central.
– Me paro aquí primero porque después Finchley se va a ir -le expliqué a Peppy, en caso de que me acusara de cobardía-. Sigo con la intención de ir a ver a Roz.
Entré en el cuartel general de la policía por la puerta que da a la calle State. Si entraba por la puerta de la comisaría de la otra calle, tendría que explicarle mis asuntos al comandante de guardia. Por supuesto que hay un guardia en la calle State, pero no me costó tanto convencerlo como a un sargento que está tras un mostrador, sobre todo porque reconoció mi apellido. Conoció a mi padre años atrás y estuvimos charlando un poco sobre él.
– Yo entonces no era más que un novato, pero Tony se interesaba por los jóvenes del cuerpo. Siempre he recordado eso y he tratado de hacer lo mismo con los nuevos que entran. Y las nuevas, claro. Bueno, tú quieres ir a ver al teniente, y no estar aquí recordando viejos tiempos. Sabes dónde está su oficina, ¿verdad?
– Sí, he estado allí cientos de veces. No es necesario que lo llames.
La unidad de Bobby ocupaba la sección del tercer piso en el extremo sur del edificio. Las mesas de los detectives se agolpaban tras unas divisiones que llegaban a la altura del pecho a lo largo de un extremo de la sala, mientras que los de uniforme ocupaban unas mesas en un espacio abierto en la parte frontal. Bobby llevaba las riendas desde un minúsculo despacho en la esquina sudeste.
Terry Finchley estaba terminando un informe, aporreando una máquina de escribir casi tan antigua como la mía. Mary Louise Neely, una agente de uniforme que trabajaba en la unidad, le hablaba sentada en el borde de su mesa mientras él escribía. La máquina hacía tanto ruido que no me oyeron entrar.