La mayor parte de las mesas estaban vacías. El cambio de turno es a las cuatro, así que hacía tiempo que habían pasado lista y les habían dado sus destinos. Las cinco es una hora lenta en el mundo del crimen. A esa hora los polis se lo toman con calma, aprovechan para cenar o esperan a que los testigos vuelvan a casa después del trabajo, o cualquier otra cosa que uno hace cuando tiene un pequeño respiro en el trabajo.
La puerta del despacho de Bobby estaba cerrada. Deseé que eso significara que se había ido a casa. Me acerqué al cubículo de Finchley, interrumpiendo a la agente Neely cuando describía el interior del XJS que había perseguido la noche anterior. No supe si lo que más la había impresionado eran los asientos de cuero negro o los tres kilos de coca que había encontrado en los bajos. Generalmente más tiesa que una vara, ahora gesticulaba y reía, con un toque de color en su pálido rostro.
– Hola, chicos -dije-. Siento interrumpir.
Finchley cesó su tecleteo con dos dedos.
– Hola, Vic. ¿Buscas a Mickey? Ahora mismo no está. La agente Neely se retiró tras su fachada descolorida. Murmurando algo respecto a "poner algo por escrito", se marchó muy tiesa hacia las mesas de enfrente.
– Sólo en parte, para ver si había averiguado algo sobre mi tía. Hace ya cuatro días que desapareció, sabes. He encontrado algo en mi casa esta tarde y me he pasado a ver si se te había caído a ti.
– No sabía que tu tía había desaparecido. El teniente ha debido asignarle el caso a Mickey extraoficialmente -Finchley indicó hospitalariamente la silla metálica junto a su mesa. -Siéntate. ¿Quieres café?
Me encogí de hombros.
– No tengo el estómago lo bastante fuerte para ese potingue que tomáis vosotros -me senté-. Nunca he visto a la agente Neely en plan tan humano. Casi hasta me arrepiento de haber interrumpido.
La mujer policía estaba sentada ante una máquina de escribir tecleando con una precisión sin tacha, con la espalda lo suficientemente recta como para satisfacer a un inspector de West Point.
– Es la primera mujer que entró en la unidad -explicó Finchley-. Ya sabes cómo funciona, Srta. W. Tal vez teme que si la ves actuar con naturalidad, irás a chivarte al teniente.
– ¿Yooo? -estaba indignada.
Finchley sonrió.
– Bueno, tal vez teme que si actúa amistosamente contigo, el teniente piense que la has corrompido. ¿Te gusta así más?
– Mucho más -dije con énfasis. Me saqué la esclava del bolsillo y se la enseñé a Finchley.
– La he encontrado debajo del sofá -le expliqué-. Tú y Montgomery sois los únicos hombres que os habéis sentado allí últimamente. Me preguntaba si se te habría caído a ti.
Finchley la miró brevemente.
– No es mía. Ésos son adornos de chulo, odio ese tipo de chucherías. Y para ser justos con Montgomery, tampoco es exactamente su estilo -observó mi cara-. Se lo preguntaré por ti si quieres.
Titubeé. Me repateaba admitir que no tenía agallas para enfrentarme con el teniente de atentados. Por otro lado, ¿cuántas confrontaciones difíciles necesitaba para demostrar que no era una gallina? Acepté tristemente.
Finchley pasaba la cadena entre sus dedos.
– Sabes, esto tiene más pinta de ser… -se mordió la lengua-. Lo preguntaré por ahí.
– ¿Puedes hacerlo dando simplemente su descripción? La otra persona a la que pudo pertenecer es a la chica que murió, la joven cuya familia me ayudaste a localizar la semana pasada. Quiero llevárselo a su madre por la mañana para enseñárselo.
– Concienzuda chiquilla, ¿verdad? ¿Has pensado alguna vez en contratar a alguien que te haga algo del trabajo pesado?
– A diario -hice un gesto en dirección a la rígida espalda de la agente Neely-. Tal vez debería hablar con ella. La paga no es alta, pero sería un cambio después de teclear informes sobre alijos de coca.
– Oye, si no tienes que pasar informes a máquina, piensa en mí primero -protestó Finchley. Tomó cuidadosamente nota del número de amatistas de la esclava y me la devolvió.
– Le preguntaré a Monty y… y te llamaré mañana si puedo.
Sonó su teléfono.
– Tómatelo con calma, Vic.
Gracias, Terry. ¿Puedo usar el teléfono antes de salir?
Descolgó su propio auricular y me indicó la mesa que había tras él. Rodeé el panel divisorio y llamé a mi servicio de mensajes.
Lucy Mott había llamado desde el despacho de mi abogado con información sobre Farmworks, Inc.; no había dejado detalles en el servicio de llamadas. Había llamado Lotty. Y también Robin.
Probé primero con mi abogado. Lucy Mott se había ido por ese día, pero Freeman Cárter aún estaba allí, reunido con un cliente. El hombre que contestó al teléfono se ofreció a tomar el recado, pero cuando le expliqué que estaba en los separos de la policía y que no me podía llamar allí, fue a buscar a Cárter.
Freeman creyó que me habían arrestado, claro, y no le hizo demasiada gracia que estuviera simplemente utilizando su teléfono.
– Esa clase de tácticas son las que te están quemando en toda la ciudad, V. I. -refunfuñó-. Pero ya que me has sacado de mi reunión, te enseñaré que tengo muchos más modales que tú y te buscaré ahora tu rollo en lugar de hacerte esperar.
– Ya lo sé que tienes mejores modales que yo, Freeman, por eso siempre me quedo calladita y muy seria a tu lado cuando tengo que comparecer ante el juez.
Me dejó esperando durante unos cinco minutos. Pasaron por allí algunos detectives, gente que no conocía, que se detenía a hablar con Finchley y me observaba con curiosidad. Justo cuando Freeman volvió al teléfono, entró el sargento McGonnigal. Al verme enarcó las cejas, sorprendido. No me saludó con la mano ni se acercó a mí, sino que siguió hasta la puerta de Mallory, tocó y asomó la cabeza. Dirigí mi atención a Freeman.
Farmworks, Inc. era una extraña compañía: existía sin directivos. El único nombre asociado con ellos en el sistema Lexis era el agente titulado August Cray, con una dirección en el Loop. Freeman colgó cuando le di las gracias. Me quedé sentada con el auricular en la mano hasta que el policía telefonista vino a preguntarme si necesitaba alguna ayuda. Colgué distraídamente. Conocía ese nombre. Lo había oído recientemente. Pero no conseguía situarlo. Era demasiado tarde para descolgarme por la dirección de la calle La Salle que me había dado Freeman. Además, esa noche estaba demasiado cansada para emprender muchas más misiones, y en cierto modo me apetecía ir a ver a Roz. Ya iría al Loop norte por la mañana. Cuando viese a Cray, recordaría seguramente de qué me sonaba ese nombre.
– ¿Puedo ayudarte a buscar algo, Vic? Es mi mesa la que estás ocupando.
La voz de McGonnigal junto a mi hombro me sobresaltó. Intentaba darle un tono ligero, pero en el fondo sonaba algo quebradiza.
Levanté una mano.
– Pax, sargento. No estaba hurgando en tus más hondos secretos. Vine por un recado y el detective Finchley me dijo que podía utilizar este teléfono. ¿No podríamos volver a ser amigos, o al menos no enemigos, independientemente de lo que fuéramos antes?
Ignoró la mayor parte de mi comentario y me preguntó qué clase de recado era ése. Alcé los ojos al techo con desagrado, pero me saqué el brazalete del bolsillo y volví a contarle mi saga.
McGonnigal lo cogió, y luego lo tiró sobre la mesa.
– Podremos volver a ser amigos, o al menos no enemigos, cuando te dejes de jueguecitos, Warshawski. Y ahora piérdete. Tengo trabajo que hacer.
Me levanté lentamente y le eché una mirada glacial.
– Yo no estoy jugando a nada, McGonnigal, pero seguro que tú sí. Así que, niños, llamadme si decidís ponerme al tanto de las reglas.
La agente Neely había parado de escribir para observarnos.
– Si te cansas de los Boy Scouts, ven a verme -le dije al pasar junto a ella-. Tal vez podamos apañar algo.