Выбрать главу

Enrojeció hasta la raíz de su fino pelo rubio y volvió a teclear a un ritmo frenético.

Capítulo 38

Tropiezo con una campaña

Cuando subí al Chevy, Peppy me miró a la expectativa. Me había olvidado de que la llevaba conmigo. No era justo hacerla esperar mientras yo intentaba encontrar a Roz, pero temía que si la llevaba a casa ya no sería capaz de volver a lanzarme a la acción.

– Lo siento, chica -le dije al poner el contacto-. Tanto Terry como John saben a quién pertenece ese brazalete, ¿no te parece? Entonces, ¿por qué no me lo dicen?

Peppy me miró con ansiedad: ella tampoco sabía. Una pequeña procesión de automóviles avanzaba hacia el norte de la calle State. Esperé a que pasaran para poder dar media vuelta. La cola de la procesión era el Corvette plateado de Michael. Me puse a pitar y a hacer señas con la mano, pero o no me vio por la escasa luz, o decidió hacer como si no me hubiera visto. Podría intentar alcanzarlo para preguntarle por Elena, pero no tenía ganas de volver a tropezarme otra vez con McGonnigal esa noche.

Seguí en dirección al norte hacia Congress. Los baches y los edificios abandonados fueron poco a poco cediendo el paso a los hoteles para congresos que bordeaban el extremo sur del Loop. Cuando giré hacia el oeste por Congress y aceleré, el Chevy soltó un odioso quejido. Mi estómago volvió á dar un vuelco.

– No a cincuenta por hora -amonesté al coche-, tienes que seguir llevándome por esta ciudad unos cuantos años más. O por lo menos unos cuantos días más.

El coche no me hizo el menor caso, sino que agudizó su ruido crispante al subir a sesenta. Cuando reduje otra vez a cuarenta, el motor se calmó un poco, pero así no podía circular por el Ryan. Salí de Congress por Halsted y avancé laboriosamente hacia el norte y luego hacia el oeste en dirección a Logan Square.

La sede de la campaña de Roz Fuentes estaba en las oficinas de la organización de su antigua comunidad, en la avenida California. Las ventanas de la fachada ostentaban banderas de México, de los Estados Unidos y de Puerto Rico, la mexicana a la izquierda y la de Estados Unidos en medio. Bajo la bandera mexicana colgaba un gran retrato de Roz, con su resplandeciente sonrisa de doscientos vatios, y con el eslogan en español y en inglés: "Roz Fuentes, por Chicago". No era original, pero era práctico.

La oficina estaba aún brillantemente iluminada. Estábamos a cinco semanas de las elecciones y habría gente trabajando hasta el alba en diferentes distritos de todo el condado. Y por encima de ellos, Roz seguía haciendo de canalizadora de los conflictos entre comunidad y municipio respecto a la vivienda y a la delincuencia. Según los diarios, era una espina para el concejal -un señor de la vieja escuela machista-, pero Roz era demasiado popular en el barrio como para que él intentara enfrentarse a ella.

Tras las lunas de las ventanas había gente trabajando con el bullicioso compañerismo que deja en su estela una campaña exitosa. Alrededor de una docena de hombres y mujeres, tras las mesas que ocupaban la gran sala delantera, charlaban, atendían los teléfonos que sonaban furiosamente, voceándose preguntas unos a otros en español o en inglés. Nadie reparó en mí, así que pasé frente a los trabajadores de la campaña hacia la parte de atrás, donde Roz solía tener un pequeño despacho particular.

Ahora había dentro otro pequeño grupo de gente, un bonito panorama del gancho multirracial de Roz: un hombre blanco de unos treinta años y dos mujeres hispanas -una rolliza y de unos cincuenta, y la otra recién salida de la escuela superior-, estaban enfrascados en una profunda conversación con una delgada mujer de color con gafas de carey. No reconocí al hombre blanco, pero conocía a la mujer de las gafas: era Velma Riter.

Los cuatro quedaron en silencio cuando entré. Velma, que estaba sentada tras el destartalado escritorio en el sillón giratorio de Roz, me lanzó una mirada feroz. Llamar hostil a su expresión sería tan descriptivo como decir que las cataratas del Niágara son agua: no traduciría ni por asomo la intensidad que reflejaba.

Tras una mirada perpleja de Velma, la cincuentona me preguntó:

– ¿Podemos ayudarla en algo, señorita? -no era antipática, sólo algo seca: estaban despachando sus asuntos y necesitaban volver a ello.

– Soy V. I. Warshawski -anuncié-. Esperaba encontrar a Roz.

La mujer rolliza le alargó la mano a la recién graduada sin decir palabra, y la joven le pasó una hoja mecanografiada. La consultó y dijo:

– En este momento está terminando una reunión de la comunidad sobre pandilleros en Pilsen. Después irá a Schaumburg para una cena de recaudación de fondos. Si me dice lo que necesita puedo ayudarla, soy su primera ayudante.

– No te conformas con querer apuñalar a Roz por la espalda, ahora vienes aquí a ponerle cianuro en el café, ¿no es así, Vic? -dijo venenosamente Velma.

La joven pareció confundida por la abierta hostilidad de Velma. Se levantó precipitadamente y recogió una pila de papeles. Murmurando algo así como que tenía que pasarlos a máquina antes de irse a casa, se retiró discretamente.

– ¿Son de tu confianza estas personas, quieres que hable delante de ellas? -le pregunté a Velma.

– Saben que has estado intentando calumniar a Roz.

Me apoyé contra la puerta, mis hombros demasiado cansados para mantenerme erecta sin apoyo.

– ¿Has visto algún tipo de calumnia en los periódicos o en la televisión que me puedas atribuir?

– La gente habla -Velma se mantenía rígida-. Cualquier persona de a pie sabe que quieres apuñalarla por la espalda.

– ¿No será porque eso es lo que tú les has dicho, verdad, Velma? -no soportaba mirar su cara enfurecida; volví la vista hacia un cartel medio despegado de la pared que exhibía una cita de Simón Bolívar proclamando la libertad para todos los pueblos.

– ¿Por qué no nos dice a qué ha venido, señorita Warshawski? Todos somos cercanos a Roz, no tenemos secretos entre nosotros -terció la principal asistente de Roz.

Me acerqué sin que me invitaran a la silla plegable metálica que había dejado libre la joven.

– Tal vez primero me puedan decir sus nombres.

– Soy Camellia Maldonado y él es Loren Richter. Lleva las finanzas de la campaña de Roz.

Richter emitió una sonrisa profidén perfecta.

– Y puedo asegurarle que son perfectamente correctas.

– Espléndido -apoyé los brazos en la mesa y descansé la barbilla en mis manos-. Estoy verdaderamente agotada. Si Velma les ha contado todo sobre mí, ya saben que estuve a punto de morir en un incendio en un hotel abandonado la semana pasada. Todavía no lo he superado del todo, así que no voy a hacer ningún esfuerzo por ser sutil.

– Hace dos semanas, en una colecta de fondos en casa de Boots, Roz insistió en llevarme aparte para pedirme que no saboteara su campaña. Como eso era lo último que se me hubiera ocurrido, me fastidió, por decirlo de la forma más suave. Y me puso a pensar que debe de estar ocultando algún secreto.

– Si se trata de un secreto, entonces no es asunto tuyo, Warshawski -intervino Velma.

Eso me hizo enderezarme.

– Ella lo ha convertido en asunto mío. Ella, o al menos Marissa Duncan, me hizo firmar en una lista pública proclamando mi apoyo. Y la he apoyado con más dinero del que he dado para cualquier otro candidato político este año. Si Roz; estaba montando algo ilegal o poco ético con el respaldo de mi nombre, ya lo creo que tenía el jodido derecho de enterarme de qué se trataba.

Cuando terminé estaba jadeando. Tardé un minuto en calmarme y en centrar mis pensamientos. Camellia y Loren estaban rígidos, aceptando oírme pero listos para echarme con cajas destempladas tan pronto como acabase.

– Cuando empecé a hacer preguntas, toda una retahíla de gente empezó a decirme que era un grano en el culo y que me metiera en mis propios asuntos. La primera, desde luego, fue Velma, aquí presente, seguida por Roz. Y luego, cosa bastante interesante, el propio Ralph MacDonald, el mismo gran hombre en persona, el amigo de Boots, ya sabéis, me quiso disuadir. Algo más sutilmente que Velma y que Roz, pero seguía siendo una advertencia. Y después del incendio me volvió a aleccionar, esta vez ya no tan sutilmente.