El nombre de Ralph les pilló a todos por sorpresa. Si Boots le había contado a Roz que había azuzado a MacDonald contra mí, ella se lo había callado.
– Bueno, cuando estuve en la colecta de fondos de Roz, estaban con ella su primo, Luis Schmidt, y Cari Martínez, su socio en Alma Mexicana. Y me pareció que fueron ellos quienes me señalaron a ella, sugiriendo que no tramaba nada bueno.
Me callé. Algo de esa escena, la escena de Wunsch y Grasso en corrillo con Furey y con los dos hombres de Alma Mexicana, me daba vueltas por la cabeza. Si no estuviese tan cansada, si Velma no fuese tan hostil, lo descubriría. Era porque había estado hablando con Wunsch y con Grasso por lo que Schmidt puso a Roz sobre aviso. Todos estaban vinculados, Wunsch y Grasso, Alma, Farmworks. Y Farmworks estaba vinculado con Seligman, a través de la hija de Rita Donnelly, Star.
¿Significaba eso que Wunsch y Grasso estaban vinculados al incendio? La cabeza me daba vueltas. -Estamos esperando, Vic -la fría voz de Velma interrumpió mis atornillados pensamientos-. ¿O estás intentando embellecer tu historia para hacerla más creíble? Sonreí amargamente.
– Lo resumiré. Y créanlo o no, como quieran, pero lo peor viene ahora. Alma Mexicana estuvo al margen de los negocios de la construcción hasta hace unos dos años. Tenían un par de pleitos contra el condado, reclamando por discriminación en las adjudicaciones, pero eran estrictamente peces pequeños: aparcamientos, algunas aceras, ese tipo de cosas. Estaban lejos de ser lo bastante gordos para los proyectos que estaban licitando.
– Ahora desplacemos las cámaras hacia adelante. De repente renuncian a sus pleitos y por una extraña coincidencia obtienen parte del proyecto del Dan Ryan. Hay que ser un peso pesado para jugar en esa mesa. ¿De dónde sacan el equipo y la capacidad?
– Ahora bien, Roz es socio de Alma Mexicana. Eso se me está ocurriendo ahora -ignoré una interrupción explosiva de Velma-, no sé si fue ella la que buscó a Boots o Boots el que la buscó a ella. Pero su apoyo ha causado una buena mella en las filas hispanas. Han venido apoyando a Solomon Hayes para sacar a Meagher de la presidencia de la junta. Mientras ellos estén con Hayes y los negros tengan un candidato distinto, Meagher puede ir tirando. Pero en los últimos tiempos ha habido rumores de que la antigua coalición de Washington está volviendo a levantar cabeza. Y si los hispanos se unen a las coaliciones negras y respaldan a un candidato negro, Boots ya puede decir adiós a sus cuarenta años de poder y de patrocinio.
Velma estaba murmurando entre dientes a mi derecha, pero Camellia Maldonado estaba sentada con una compuesta mirada fija, algo así como hubiese mirado una dama eduardiana a un borracho en su salón.
Loren Richter tamborileaba con su lápiz en la pata de la silla.
– Eso no es nuevo. Ni tampoco es un delito.
– Claro que no -asentí-. Coaliciones, lealtades que cambian, así va el juego. Pero Boots aún no está dispuesto a darle la vuelta a su tortilla. Así que digamos que fue a ver a Roz. Si él la metía en la lista, ella ponía los votos de Humboldt Parky de Pilsen: allí ella es oro puro. A cambio, él se encargaría de que Alma consiguiese un buen trozo del pastel de los proyectos del condado. Ellos renunciaban a sus pleitos por discriminación, se asociaban con una sociedad de paja, el trabajo sería en realidad para Wunsch y Grasso, que compartirían los beneficios, y todos contentos. Alma no hace prácticamente nada en el Ryan: he estado allí y lo he visto. Consiguieron la licitación, le pagan todo a una sociedad de paja, y dejan que Wunsch & Grasso proporcione la maquinaria y el personal.
– No tiene ninguna prueba de eso, nada en absoluto. Es una pura invención -dijo acaloradamente Camellia Maldonado-. Por mucho que dijera Velma de usted, es diez veces peor.
Me levanté.
– No pienso quedarme a discutirlo. Estoy rendida. Sólo quería darle a Roz una oportunidad de responder antes de ir a los periódicos. Pero hay una cosa que no entiendo.
– ¿Una? -escupió Velma-. ¿Sólo una? Yo creía que tú entendías el universo entero, Warshawski.
La ignoré.
– No sé por qué Roz pensó que una historia así mermaría sus oportunidades de ganar. Sólo son los negocios habituales de esta vieja ciudad. Cuando finalmente se airee la historia, los chicos buenos darán un suspiro colectivo al ver que no es una jodida radical, que al fin y al cabo es de los suyos.
Giré sobre mis talones, sin escuchar los gritos que me dirigían los tres. Camellia corrió hacia la puerta con sus tacones de aguja y me cogió del brazo.
– Tiene que decirnos qué pruebas tiene de esa terrible acusación. No puede venir aquí soltando esa bomba y luego marcharse como si nada.
Me froté los ojos con lasitud.
– Todo está allí. No tienen más que ir al Ryan y ver su parte en la obra. Aunque tal vez ahora que saben que he estado allí pongan algunos trabajadores de color o mujeres para los fotógrafos. Pero lo que es un verdadero placer es visitar sus oficinas. Son un fraude. No hay más que tres mesas ocupadas en todo el local. No se dirige un gran negocio desde un cuchitril, o al menos no un negocio de contratas.
Camellia me miró con tanto odio que sentí tambalearse mis piernas.
– He trabajado por el éxito de Roz durante mucho tiempo -siseó-, no voy a permitir que la eches abajo con tus mentiras.
– Estupendo -dije-. Entonces no tienen nada de que preocuparse. Me volví a mirar a Velma, sentada en el sillón giratorio. No dijo nada, sino que bajó la vista. Camellia me siguió hasta la gran sala de la entrada. Era una jefa de campaña demasiado inteligente como para permitir que los contratados viesen que había una crisis en el mecanismo. Me estrechó formalmente la mano junto a la puerta, me dirigió una ancha sonrisa, y dijo que se ocuparía de decirle a Roz lo que habíamos hablado.
Capítulo 39
Cuando volví al Chevy estaba exhausta, más allá de la posibilidad de sentir o pensar. En algún rincón de mi mente sabía que tenía que ver a August Cray, para intentar entender la conexión que al parecer había entre Farmworks y Seligman. Aunque no hubiese sido tan tarde, no podría haber ido: simplemente ya no me quedaba cuerda para hablar con nadie más ese día. Lo único que deseaba era ir a casa, meterme en la bañera y a la cama.
Peppy, enroscada en el asiento delantero, me echó una mirada disgustada cuando subí. No se dignó levantar la cabeza: después de tres horas en el coche, no pensaba que yo valiera gran cosa.
– Lo siento, chica -me disculpé-. Ahora vamos a casa, si General Motors quiere.
El Chevy crujía horriblemente incluso a cuarenta. Lo forcé a avanzar, como un caballero a su caballo reacio a la batalla. Avanzó más o menos con el mismo entusiasmo. Con el coche quejándose y chirriando, no podía seguir la frenética línea de pensamiento en que me había enfrascado con lo de Roz. Aparte del ruido, estaba demasiado nerviosa por si el coche se paraba en seco como para poder pensar en nada más.
Cuando giré por Racine sucedió, empezó con un gemido que destrozaba el alma, luego siguió con un castañeteo y una sacudida hasta el silencio de muerte final. Giré la llave del contacto. El motor rechinó horriblemente pero no arrancó. Detrás de mí, los coches pitaban frenéticamente: es bien sabido que la mejor cura para un motor averiado son cien mil conductores dando bocinazos al unísono.
Estaba a menos de tres manzanas de mi casa. Si pudiese empujar el Chevy hasta la curva, podía dejárselo ahí a la grúa y caminar hasta casa con Peppy. Peppy tenía otras ideas. Cuando abrí la puerta dio un salto por encima de la división de los asientos y salió tan rápido que apenas tuve tiempo de agarrarle una pata trasera antes de que se abalanzara bajo un camión de reparto. La mantuve contra el suelo y la arrastré otra vez hasta el asiento delantero.