– Tienes que esperar cinco minutos más -le dije. No la convencí. Ella, que solía ser la más dócil de todas las perras, ahora me gruñía y tuve que atarla con la correa a la división de los asientos para mantenerla dentro del coche. Se quedó de pie en el asiento, ladrándome furiosamente.
Tenía calambres en las piernas por conducir con ellas tan tensas. Al ponerme en pie estuve a punto de caerme. Recuperé el equilibrio sujetándome a la puerta del coche.
– Ninguno de los dos estamos en buena forma, ¿verdad? -le murmuré al Chevy-. Te prometo que no te venderé para el desguace si tú me prometes lo mismo.
Los coches ya me estaban adelantando ahora que veían que tenía una avería, pero los que estaban más atrás seguían pitando. Estaba demasiado cansada como para reaccionar a los insistentes bocinazos. Con una mano en el volante y otra en el marco de la puerta, intenté empujar el coche hasta la curva. El esfuerzo excesivo de los últimos días me había debilitado tanto los hombros que no pude hacer acopio de la fuerza necesaria para hacer avanzar el coche con mis solos músculos.
Apoyé la frente en el techo. Alguien se unió a la cacofonía desde el otro lado de Racine. Le ignoré igual que a los otros hasta que finalmente por encima del estruendo del tráfico oí mi nombre.
– ¡Vic! ¡Vic! ¿Necesitas ayuda?
Era Rick York, el amigo de Vinnie, al volante de un Volkswagen. Me colé entre el tráfico para explicarle mi situación. Vinnie estaba sentado en el asiento del pasajero con la cabeza intencionalmente girada hacia otro lado: pensaba obviamente que Rick no debería haber insistido tanto en llamar mi atención.
– ¿Crees que me podrías empujar hasta un poco más arriba? Si pudiera llegar hasta casa, podría dejarlo allí para que lo recoja la grúa por la mañana.
Claro, voy a dar media vuelta -dijo Rick, al mismo tiempo que Vinnie anunciaba que iban a llegar tarde si se detenían más tiempo.
– Oh, no seas tan borde, Vinnie. Esto nos llevará cinco minutos.
Volví corriendo al Chevy, sintiéndome aliviada por el simple ofrecimiento de ayuda, y esperé a que Rick se pusiera detrás de mí. A Peppy no le gustó en absoluto este nuevo giro. Dejó de ladrar para saltar gimiendo al asiento de atrás, luego volvió al asiento delantero. Le solté el collar para evitar que se estrangulara, pero se puso a brincar para acá y para allá de tal forma que me las vi negras para mantener un ojo en el tráfico en los cruces.
Me arrimé a un sitio vacío frente a mi edificio. Rick pitó dos veces y se fue sin esperar mis gracias. Por la mañana averiguaría dónde vivía y le mandaría una botella de champán. Su gentileza había borrado el nerviosismo que se añadía a mi fatiga, lo suficiente para sentirme capaz de saldar mi deuda con Peppy llevándola a pasear hasta el puerto interior.
Cuando por fin volví a casa del señor Contreras eran más de las ocho. Estaba fuera de sí:
– No sólo no sé si estás viva o muerta, ni siquiera sé adonde has ido para ir a echarte un cable. Y no me digas que no necesitas mi ayuda. ¿Dónde hubieras acabado el año pasado si yo no hubiese sabido adonde ir a buscarte? Aunque no me quieras a mí, podrías pensar un poquito en la princesa aquí presente. Y luego viene gente preguntando por ti, ¿qué se supone que les tengo que decir?
Ignoré lo más claro de su diatriba.
– Pues diga que soy una asquerosa chiticalla que no le da una copia de su agenda todos los días. ¿Quién ha venido?
– Un par de tíos. No me han dado su nombre, sólo han dicho que volverían más tarde.
Por más que lo negara, mi vecino podía identificar a cualquiera que hubiese venido a visitarme en los últimos tres años. Si no conocía a esos tipos, es que eran extraños.
– Probablemente Testigos de Jehová. ¿Cómo es que los ha dejado entrar? ¿Tocaron su timbre?
Sí, dijeron que les habían dado mal el piso.
– ¿Y también la puerta? -pregunté afablemente-. ¿Se han largado o están aún arriba?
Su inventiva se convirtió al instante en remordimientos.
– Dios santo, niña, entiendo por qué no me confías ninguno de tus secretos. Acabo de caer en la trampa más vieja del mundo. Se han ido, pero ¿y si alguien les vuelve a abrir, ese Vinnie del otro lado del pasillo, o la señorita Gabrielsen, la de arriba?
Berit Gabrielsen, que vivía enfrente de mí, estaba aún en la casa de campo del norte de Michigan donde pasaba los veranos. El señor Contreras se negó a considerar esa idea, pero insistió en empujarme hasta su salón mientras él subía con la perra para inspeccionar mi apartamento. Quería mis llaves pero me resistí.
– Podrá ver si han forzado las cerraduras. Es más probable que me estén esperando delante de la puerta si es que están aún ahí. Y si están, no quiero que se arroje en sus brazos, no tengo energía para llevarlo al hospital. Además, se me ha roto el coche.
Estaba demasiado agitado como para hacerme caso. Si hubiese pensado que había un peligro real, hubiese ido con él, pero si mis visitantes los enviaba Ralph MacDonald no volverían sabiendo que se les había identificado. Dejé que el señor Contreras me acomodara en su inconfortable sillón mostaza.
Me recosté en los blandos cojines mohosos, con la mente al borde del sopor. El salón de mi vecino no era muy distinto del de Saúl Seligman: los mismos muebles blandos y demasiado rellenos, las mismas reliquias de sus esposas muertas ocupando cada pulgada libre. Y a excepción de los atizadores de Seligman, las reliquias eran curiosamente similares, hasta las fotos de estudio de sus bodas.
Sentí una especie de enternecedora lástima por ambos, que se esforzaban cada uno a su manera por prolongar la intimidad que la muerte de sus esposas les había arrebatado. Seligman me había acusado de ser como todos los demás, que querían que vendiera su alma por un dólar, pero yo…
Me enderecé en el sillón mostaza. Pero no le había prestado la suficiente atención. Ese era mi problema. Alguien había querido convencerle de que vendiera el inmueble. Yo no le había escuchado; había dejado que sus quejas me resbalaran. Pero la señora Donnelly sí lo sabía, porque era Farmworks la que quería comprarlo.
Su hija trabajaba allí. ¿Acaso para ayudarla a medrar en su carrera les había dicho que el inmueble podría estar en venta? ¿O acaso les había puesto en contacto con el señor Seligman? En cualquier caso, algo relacionado con la venta, o al menos con el incendio, le había provocado esa pequeña sonrisa porque le recordó algún beneficio especial para su hija Star. Pero cuando acudió al hombre (o a la mujer) que conocía en Farmworks, preocupada porque yo tenía una foto de Star, éste (o ésta) había matado a la señora Donnelly y había revuelto el local buscando cualquier documento que pudiese relacionarse con la oferta de compra.
Me levanté y empecé a dar vueltas por la habitación, golpeándome las espinillas en una jaula tapada. Soltando un taco, tropecé con la vitrina que el señor Contreras tenía en medio de la habitación bajo un viejo cobertor.
Saúl Seligman ya no tenía nada que ver con la dirección de la administración de fincas. Le decía a la gente que iba allí casi todas las tardes, pero en realidad no salía prácticamente de su casa. Nunca le había visto con los zapatos puestos, sólo con sus viejas zapatillas de estar en casa. Sin embargo, no le había firmado ningún poder notarial a la señora Donnelly ni nada. Ella necesitaba su aprobación para vender.
Quienquiera que la hubiese matado, le había dejado a él en paz porque todos sabían que él no sería capaz de hacer las conexiones necesarias. El no tenía ningún documento: los tenía todos Rita Donnelly. Hasta puede que ella se lo describiera a sus jefes como mentalmente incompetente.