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Así que Elena le reconoció cuando entró en el vestíbulo después de la fiesta de Boots. Le dijo que le gustaban los chicos con esos ojos tan fabulosos y que no le diría a nadie que lo había reconocido si él la ayudaba, si le daba algo para comprar un poco de bebida.

Él le dio el brazalete, ése era su pago, pero al día siguiente fue a buscar a Cerise y se la llevó a la obra del Rapelec y le dio un chute bien cargado de heroína y la dejó morir. No, no fue exactamente así. Él le había dado la heroína a alguien: tal vez a los colegas o al jefe de los vigilantes nocturnos. ¡August Cray! El agente titulado de Farmworks era también el jefe de vigilancia de la obra del Rapelec.

En todo caso, Michael creyó que recuperaría el brazalete, pero Cerise no lo tenía. Por eso la unidad de Bobby estuvo allí tan rápido después de que el vigilante la encontrara: él tenía que ser la primera persona en verla. Cualquier otro agente de policía podía reconocer el brazalete si ella lo llevaba puesto.

¿Pero entonces? Eso no lo explicaba todo, pero tenía cierto macabro sentido. Necesitaba encontrar a Elena para hacerla callar también, pero ella se había escabullido. Cuando le conté lo de Cerise, ella lo había buscado y él le había dicho lo suficiente como para darle a entender que había matado a Cerise. Ella había corrido a esconderse. Así que todo el cuento ese de que ella iba de buscona por el centro de la ciudad era un montaje. Bobby nunca le pidió que la buscara. Por eso Furey había hecho tantos aspavientos para que yo no le llamara y se lo pidiera.

Me flaqueaban las piernas. Se me doblaban al intentar apoyarme en ellas. Tenía que acudir cuanto antes a los Hermanos Streeter: no podía dejar suelta a Elena para que Furey la encontrara y la liquidara a voluntad.

Me obligué a acercarme, tambaleándome, hasta el teléfono. Cuando marqué, di con su contestador automático. Dejé un mensaje, tratando de que pareciera urgente pero no histérico, y les dejé el número de Lotty para que se comunicaran por la mañana. Cuando colgué, volví a probar el de Murray; seguía fuera, vagando por algún sitio. Observé la calle desde mi ventana. El hombre del perro había desaparecido. Unas cuantas personas caminaban por esa manzana, de vuelta de sus trabajos o dirigiéndose a cenar. No creía que ninguno de ellos fuese un emisario de Ralph MacDonald con órdenes de suprimirme a primera vista, pero seguí esperando tras las persianas hasta que vi el Camry nuevo de Lotty detenerse con un chirrido frente a mi edificio.

Antes de salir, llamé al señor Contreras para hacerle saber que no se iba a necesitar su vigilancia.

Se quedó un pelín mosqueado de que quisiera dormir en casa de Lotty y no en la suya.

– De todas formas, por el hecho de que no estés en casa, no quiere decir que alguien no vaya a intentar colarse para darte un garrotazo en la cabeza cuando vuelvas. Creo que yo y la princesa mantendremos nuestra ronda de todas formas.

Llamarle para contarle mis planes era a lo más que podían llegar mis impulsos humanitarios: no podía llevar tan lejos mi cortesía como para darle las gracias por sacrificarse tan innecesariamente. Era cierto que me había salvado la vida el invierno pasado, pero eso no me ponía más impaciente por incluirle en mi trabajo. Bajé al trote, saludé rápidamente con la mano a la perra y al señor Contreras cuando asomaron la cabeza al descansillo, y me subí a toda prisa al coche. Odio estar asustada: me hace correr cuando sería mucho mejor que caminase.

– ¿Así que has destrozado ese Chevy que tenías con tu forma suicida de conducir? -me dijo Lotty a modo de bienvenida.

Abrí la boca para replicar, pero la cerré cuando Lotty dio una ilegítima media vuelta cerrándosele a un camión de reparto del Sun-Times. El chófer frenó tan en seco que un montón de periódicos cayó al suelo. Lotty ignoró sus frenéticos bocinazos y maldiciones con una arrogancia digna de sus antepasados: una vez me dijo que habían sido consejeros de los Habsburgo.

Lotty conduce como si fuese responsable de una ambulancia durante un bombardeo: ve en su camino a toda la aviación enemiga a la que está esquivando o combatiendo como posible blanco. Insiste en comprarse coches con la transmisión tradicional porque fueron los que conoció en su infancia, pero destroza las marchas tan despiadadamente que lleva ya su tercer coche nuevo en ocho años. Como todos los malos conductores, cree que es la única persona que tiene un derecho legítimo a circular. Cuando hubimos recorrido los tres kilómetros hasta su apartamento, yo ya pensaba que debía haberme quedado en casa, arriesgándome a enfrentarme con Ralph MacDonald.

Al pararnos, el Camry tosió suavemente: sabía que era mejor no quejarse demasiado fuerte a ella. La seguí dócilmente a su edificio, hasta el segundo piso, donde un brillante despliegue de colores siempre me echa atrás cada vez que vuelvo después de cierto tiempo. Lotty se viste con severos trajes sastre: faldas oscuras, camisas blancas almidonadas o sobrios vestidos negros de punto. Es en su casa donde se revela su fuerte personalidad en una explosión de rojos y naranjas.

Aunque ya me he quedado allí varias veces, Lotty siempre me trata como a un huésped real, me coge el bolso, me ofrece una copa de su limitado repertorio. Ella casi nunca bebe alcohol, y el brandy que tiene a mano es sólo para emergencias médicas. Esa noche yo lo rechacé: mi estómago aún conservaba el recuerdo de la botella de Georges Goulet que había trasegado la noche anterior.

Lotty tenía un guiso cociéndose a fuego lento en la cocina, algún plato vienes reconstruido a partir de los recuerdos de su infancia. Energético y sencillo, me reconfortó recordándome mi propia niñez.

– Debías saber que iba a venir cuando hiciste esto -le dije agradecida, apurando la última zanahoria del plato-. Exactamente lo que me recetó el doctor.

– Gracias, querida -Lotty se inclinó para besarme-. Ahora un baño para ti, y a la cama. Tienes unas ojeras negras como platos.

Antes de que me fuera a la cama me examinó las manos. Mis ampollas se habían reblandecido un poco al agarrar demasiado fuerte el volante del Chevy, pero seguían curándose. Les puso más ungüento y me arropó en sus frescas y perfumadas sábanas. Mi último pensamiento fue que el olor a lavanda era el olor a hogar.

Cuando me desperté eran más de las diez. El sol colaba pequeños dedos de luz por el borde de las pesadas cortinas carmesí, estriando las paredes y el suelo. En el piso vacío, lo único que oía era el rumor del despertador, un ruido extrañamente reconfortante.

Me enfundé la sudadera y me dirigí a la cocina. Lotty me había dejado un vaso de zumo de naranja y una nota diciéndome que me preparara algo de comer. Mi largo sueño me había abierto un apetito enorme. Me herví un par de huevos y me los comí con una gran pila de tostadas. Mientras comía intenté idear la perfecta trampa para tigres, pero en cuanto empecé a pensar en Ralph MacDonald, en Furey, y en todo el resto de la banda, me puse demasiado nerviosa para tener lógica o inventiva.

Hubiera querido tener un mínimo indicio de dónde buscar a Elena. Tal vez sí que tenía algún compinche al que podía acudir cuando tocaba el fondo de sus insondables abismos. Si hubiese estado en alguno de los demás edificios abandonados de la zona sur, Furey ya la habría encontrado a estas horas.

Me levanté bruscamente. Tal vez la había encontrado. Podía haberle metido una bala, o haberla estrangulado: su cuerpo no sería hallado hasta que el equipo de demoliciones no entrase allí al cabo de un año o más.