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Cuando vio acercarse a los equipos de la tele, Montgomery salió del coche donde había estado interrogándonos a Jerry y a mí y fue a hablar con ellos. Yo también salí y me acerqué a ellos. Eso le gustó tan poco que intentó arrebatarme el micrófono cuando empecé a explicar cómo Jerry y yo habíamos encontrado la bomba.

– No tenemos nada que comunicar aún a los medios informativos sobre este tema -dijo rudamente el teniente.

– Puede que usted no -dirigí una diáfana sonrisa a los cámaras-, pero yo soy la propietaria del coche y tengo mucho que decir al respecto. Creo que mi vecino de abajo los oyó poner la bomba a eso de las tres de la mañana.

Por supuesto aceptaron eso encantados y quisieron más. Montgomery no pudo hacer nada por evitarlo.

– En realidad fue la perra la que les oyó -dije-. Probablemente los vio junto a mi coche, por eso se puso a ladrar. Pueden preguntárselo todo a él.

Hice un amplio gesto en dirección al señor Contreras, que estaba parado en la periferia del gentío con Peppy. Peppy dio un salto hacia mí mientras el señor Contreras se abría paso hasta los impacientes reporteros. Montgomery se apartó de la perra y me pidió que me deshiciera de ella.

– No vaya a dispararle, teniente -le dije-. Saldrá en tres canales por todo el país.

Los perros son un detalle muy resultón en cualquier imagen, sobre todo una perdiguera dorada tan bonita y heroica como Peppy. Mientras Montgomery fruncía horriblemente el ceño, yo les dije a los reporteros cómo se llamaba y le hice dar la pata a un par de ellos. Naturalmente, estaban encantados.

Acaricié las orejas de la perra y escuché al señor Contreras explicar larguísimo y tendido lo que había visto y oído exactamente. También les contó cómo la perra me había salvado la vida el año pasado cuando me encontró atada y amordazada en medio de una ciénaga. Me alegré de no ser la que tenía que oír todo aquello y responder con algún comentario oportuno.

Cuando los expertos sacaron la dinamita del coche y se la llevaron rápidamente en un contenedor especial sellado, los equipos de televisión también se marcharon. La actitud de Montgomery cambió inmediatamente. Echó a Jerry y me dijo que nosotros íbamos al centro para tener una conversación en serio. Una traza de sadismo en su expresión cuando me asió bruscamente del brazo le hizo dar un vuelco a mi estómago. El señor Contreras alargó ansiosamente un brazo hacia él, preguntándole qué iban a hacer conmigo. Montgomery apartó al viejo con tanta brusquedad que temí que lo fuese a noquear.

– Tranquilo, teniente, tiene setenta y ocho años. No necesita demostrar que usted es más grande y más fuerte.

– Bobby Mallory te tolera una serie de chorradas que yo no tengo por qué aguantar, Warshawski. Ahora cierra el pico y hablas cuando te pregunten o te trinco por atentado en tan poco tiempo que tu presumida cabecita se pondrá a dar vueltas.

– Eh, teniente, ha visto muchas películas de Harry el sucio.

Me dio un tirón del brazo con una violencia como para arrancarlo de su articulación y me llevó a empellones hasta el coche. Mientras me empujaba dentro me volví para gritarle al señor Contreras que llamara a Lotty para que le diera el número de mi abogado.

Una vez en la calle Once, Montgomery me llevó a una pequeña sala de interrogatorios y empezó a preguntarme cómo había podido conseguir una carga de dinamita. Cuando me di cuenta de que estaba intentando acusarme de querer volar mi propio coche, me enfurecí tanto que la habitación se puso a bailar ante mis ojos.

– Traiga aquí un testigo, teniente -conseguí soltar con una voz que estaba a un tono del aullido-. Traiga aquí a un testigo que oiga lo que está diciendo.

Se tragó su sonrisa triunfal tan rápidamente que casi me la pierdo.

– Tenemos un bonito caso, Warshawski. Has estado involucrada en dos incendios sospechosos en este último mes. Ya te hemos calado por sensacionalista. Como no conseguiste llamar la atención como querías con esos dos incendios, te has colocado una bomba en tu propio coche. Lo único que quiero saber es cómo has conseguido la dinamita.

Tenía ganas de saltar de mi silla, de agarrarle del cuello de cigüeña que tenía y estamparle la cabeza contra la pared, pero me quedaba apenas la razón suficiente como para saber que intentaba provocarme para sacarme de mis casillas. Cerré los ojos, jadeando, forzándome a aplacar mi furia: a la primera que le diera rienda suelta, me metería en el calabozo por atacar a un oficial.

– Llevas años escudándote detrás de Bobby Mallory, Warshawski. Es hora de que aprendas a pelear por ti misma.

Lo sentí avanzar hacia mí justo a tiempo para echar atrás mi silla. El golpe que iba dirigido a mi cabeza me alcanzó en el diafragma.

– Supongo que esta habitación tiene micrófonos. Por favor, que se sepa por la grabación que el teniente Montgomery acaba de golpear a una testigo en un caso de bomba -grité.

Me amenazó con el otro puño. Me deslicé de la silla entre las patas de la mesa. Montgomery se puso a gatas para sacarme, gritándome insultos, llamándome cosas propias de un porno duro barato. Me escabullí de él. Se tumbó del todo y me agarró el tobillo izquierdo. Me retorcí y conseguí levantarme al otro lado de la mesa.

En el momento en que me incorporaba, tambaleándome, entró la agente Neely. Su máscara profesional se esfumó a la vista del teniente tendido cuan largo era, escarbando bajo la mesa de interrogatorios.

– Ha perdido una lentilla -dije amablemente-. Hemos estado buscándola los dos ahí abajo, pero empezó a confundir mi tobillo con sus globos oculares, así que pensé que era mejor quitarme de en medio.

Neely no dijo nada. Cuando Montgomery se enderezó y levantó torpemente, había vuelto a componer su rostro con su habitual rigidez. Habló en tono monocorde:

– El teniente Mallory se ha enterado de que estaba interrogando a esta testigo y quería hablar con ella un momento.

Montgomery la fulminó con la mirada, furioso por haber sido pillado en una actitud tan estúpida. Sentí pena por ella: una carrera frustrada por ser la persona no indicada que aparece en el peor momento.

– No creo que el teniente aquí presente tenga nada importante que decirme ya. Ya tiene sus hechos sin hacer ni una sola pregunta. Vamos, agente -desgraciadamente, no sentía tanta pena como para tener la boca callada.

Abrí la puerta de la sala de interrogatorios y me dirigí hacia el vestíbulo, sin esperar a ver lo que hacía la agente Neely. Me alcanzó en las escaleras. Quería decirle algo amable y solidario en apoyo a su carrera como representante de la ley, pero estaba demasiado vapuleada como para poder pensar en algo alentador. Miraba recto al frente, lo que hacía imposible saber si estaba molesta, disgustada, o simplemente poco comunicativa. En la tercera planta atravesamos en silencio la sección de homicidios hasta el pequeño despacho de Bobby junto al muro del fondo. La agente Neely tocó y abrió la puerta.

– La señorita Warshawski, señor. ¿Quiere que tome notas?

Bobby estaba al teléfono. Sacudió la cabeza y me acompañó hasta una silla. La agente Neely cerró la puerta tras ella con un golpe seco.

La mesa y las paredes del despacho de Bobby estaban cubiertas de fotografías: pájaros amarillos en pleno vuelo, sonrientes niños mellados jugando con su gorra del uniforme, Eileen de la mano de su hija mayor vestida de novia. Le gustaba extenderlas a su alrededor cada dos por tres para poder verlas con nuevos ojos. Generalmente yo buscaba entre ellas instantáneas de Tony y Gabriella, o incluso aquella en que aparecía yo a los cinco años sentada en el regazo de Tony. Hoy en realidad no me importaban. Me senté, las manos cogidas al asiento de la silla metálica, esperando a que terminara su conversación. Después de Montgomery, Bobby era la última persona que deseaba ver hoy.

– Bueno, Vicki, dime qué ha pasado y rápido. Me ha llamado tu abogado, por quien he sabido que estabas aquí, pero no me entusiasma interferir entre tú y otro hombre del cuerpo.