Tomé una profunda inspiración y solté una versión aceptablemente coherente de los acontecimientos del día. Bobby gruñó y me hizo algunas preguntas, tales como de qué manera me había dado cuenta de que se trataba de una bomba, y cuánto tiempo había tardado Monty en llegar después de que Jerry diera el aviso por la radio del camión.
Cuando terminé, Bobby hizo una mueca.
– Estás en una temible situación, Vicki. No paro de decirte que dejes de andar jugando con los asuntos de la policía, y esto no es más que la prueba de que tengo razón. Vienes a que te saque del atolladero en que tú misma te has metido.
– ¿Qué quieres decir? -estaba tan furiosa que sentí como si mi cabeza se separara de mi cuerpo-. Yo no, repito, no he puesto esa bomba en el motor de mi coche. Alguien lo ha hecho, pero en lugar de intentar obtener una descripción de los hombres que lo han hecho, o que podrían haberlo hecho, con un testigo de primera, la policía quiere acusarme de un intento de suicidio.
– No estoy diciendo que tú metiste el dispositivo, Vicki. Te conozco lo bastante bien como para darme cuenta de que no estás tan desequilibrada. Pero si no hubieses estado metiéndote en el caso del incendio y en un montón de cosas donde yo te dije que no te metieras, ahora no estarías en este follón.
Me miró con la severidad del padre para con el niño travieso.
– Ahora yo voy a utilizar unas cuantas cartas por ti, Vicki, con un tipo que no es muy fácil de manejar. A cambio quiero tu promesa de que no vas a volver a tocar este caso. Aparte del follón en que tú misma te has metido, desde que empezaste a ocuparte de ese incendio hace tres semanas, tienes a todo mi grupo en movimiento. Viniste la noche pasada con un jodido adorno que tiene ahora alborotados a los chicos. Eso no lo puedo tolerar, ¿me entiendes?
Apreté los labios.
– Traje un brazalete de hombre que encontré debajo de mi sofá porque creí que se le había podido caer a Finchley cuando él y Montgomery vinieron a verme la semana pasada. McGonnigal se mosqueó cuando lo vio porque sabía que era de Furey y creyó que venía a restregárselo por las narices. No me di cuenta hasta ayer por la noche ya tarde de que pertenecía a Furey y vine a ver qué estaba haciendo en mi apartamento. Se lo había dado a Elena, Bobby, a Elena y a la yonqui muerta que fuiste a ver al Rapelec hace dos semanas. No era más que una pequeña extorsión, algo para que ellas no dijeran que lo habían visto…
Bobby dio un manotazo sobre la mesa. Una de las fotos voló hasta el suelo.
– ¡Ya estoy harto de ti! -rugió-. Eso es una odiosa invención. Se te ha tratado demasiado bien durante mucho tiempo, ése es tu problema, así que cuando las cosas no van como quisieras fabricas unas teorías intrigantes. Deberías dedicarte a algo mejor que a venir aquí tratando de echarme encima esa mier…, ese tipo de cosas. Ahora lárgate a casa, te dije hace dos semanas que dejases de armar revuelo en mi departamento y lo dije en serio. Más vale que ésta sea la última vez que te veo por aquí.
Me levanté y lo miré con firmeza.
– ¿No quieres saber lo que he averiguado? Si estoy en lo cierto, Montgomery y Furey podrían estar involucrados en uno de los escándalos más asquerosos que hayan podido caer sobre este departamento en mucho tiempo.
Bobby puso un gesto feroz.
– Ahórramelo. Ya oigo bastante bazofia aquí todos los días sin tener que soportar que vengas a echarle basura a uno de mis propios hombres. Te he dicho docenas de veces que llevas una línea de trabajo que no te conviene, y ésta es la mejor prueba de ello. No sabes razonar, no sabes seguir una concatenación de pruebas para sacar una conclusión, y entonces te pones a tejer fantasías paranoicas. Si te digo que lo que creo es que necesitas un buen hombre y una familia, te pones hecha una fiera, pero las mujeres de tu edad que no se casan empiezan a tener ideas extrañas. No quiero verte acabar como esa tía loca que tienes, que se ofrece a los jovencitos por el precio de una botella.
Le miré sin saber si gritar o reír.
– Bobby, esa filosofía era ya trasnochada cuando naciste, el viejo símil de la solterona reprimida, y aunque fuese acertado, seguro que no se aplicaría a mí. Sólo espero que no lleves esa línea con la agente Neely, o en el tiempo que yo esté en Madison Oeste estarás enfrentándote a un juicio por acoso tan gordo que hará rodar tu cabeza. De todas formas, si tienes que pensar en mí como en una mamacona chiflada para mantener intacta tu fe en el departamento, recuerda cuando empiecen a caer los pedazos a tu alrededor que yo intenté avisarte.
Ahora Bobby se había puesto también en pie, jadeando, con la cara congestionada.
– Sal de mi despacho y no vuelvas aquí. Tus padres eran dos de mis mejores amigos, pero yo te hubiera roto todos los huesos del cuerpo si me hubieses hablado como les hablabas a ellos, y mira adonde te ha llevado: ¡cómo te atreves a hablarme así! ¡Fuera de aquí!
Las últimas palabras siguieron un crescendo tan fuerte que debieron oírlas desde la calle, no digamos desde el cuarto de al lado. Conseguí mantener la cabeza alta y mis pasos firmes e incluso cerrar suavemente la puerta detrás de mí. Todos se volvieron a mirarme mientras hacía el largo recorrido desde su despacho hasta la salida del departamento.
– Todo bien, chicos y chicas. El teniente se ha excitado un poco, pero ya no creo que haya más fuegos artificiales esta tarde.
Capítulo 42
Subí lentamente la calle State. La ira entorpecía mis pasos, la ira y también la depresión. Alguien me había puesto una bomba en el coche y nadie del departamento de policía había intentado saber una palabra por el señor Contreras sobre los hombres que había visto. En lugar de eso, Roland Montgomery me había agredido físicamente y Bobby lo había hecho mentalmente. Romperme todos los huesos del cuerpo. Oh, sí. Así es como consigues que la gente deje de hacer preguntas y haga lo que le dices, le rompes todos los huesos de su cuerpo.
Estaba también irritada conmigo misma: no hubiera querido hablarle a Bobby de Furey hasta que tuviese alguna prueba. Por supuesto, Bobby no estaba dispuesto a escuchar ninguna historia que pudiera yo contar sobre su rubio muchachito. Ya iba a ser bastante difícil conseguir que me escuchara cuando tuviera con qué respaldar lo que decía. Y a pesar de que en ese preciso momento estaba furiosa contra Bobby, no tenía ningunas ganas de causarle tanta pena.
Tal vez me sintiera mejor si comía algo. Había estado seis horas sin comer, y lo último lo había devuelto. Entré en la primera cafetería que encontré. La carta constaba de una variedad de ensaladas, pero pedí un sándwich de bacon, lechuga y tomate con patatas fritas. La grasa reconforta bastante más que las verduras. Además, seguía baja de peso: necesitaba engullir algunos carbohidratos para recomponerme.
Como había llegado a deshora, me hicieron patatas fritas recientes para mí. Me las comí lo primero, mientras estaban aún calientes y crujientes. Cuando llevaba la mitad, me acordé de que se suponía que iba a llamar cada hora a mi servicio de mensajes para saber si los Hermanos Streeter me podían incluir pronto en su agenda. Me llevé el último puñado de patatas hasta la cabina telefónica frente a la cafetería.
Esta vez di con Tim Streeter.
– Podemos empezar con lo tuyo a primera hora de la mañana, Vic, pero necesitamos que informes a los chicos, que les des una descripción, y tal vez les enseñes la clase de sitios por donde podría moverse tu tía.
El estómago me dio un vuelco. Por la mañana parecía un momento horriblemente alejado del ahora. Pero no podía protestar: me estaban haciendo un enorme favor. Le dije a Tim que me reuniría con él en la esquina de Indiana y Cermak a las ocho y colgué.
Tal vez no me resultara demasiado pesado hacer alguna investigación por mi cuenta esa misma noche. Podía pasarme por la oficina de August Cray y luego llegarme a casa para recoger el Tempo. Llamé a la agencia de alquiler de mi barrio. Cerraban a las seis, pero dijeron que me dejarían el tempo en la calle con las llaves pegadas con celo bajo el parachoques delantero. Si alguien lo robaba antes de que yo llegara, no iba a ir muy lejos con él.