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Pagué mi cuenta -menos de diez dólares, pese a estar peligrosamente cerca de la zona encopetada del sur del Loop- y cogí el sándwich para comérmelo de camino a la oficina de Cray.

La dirección de Farmworks que me había dado Freeman Cárter era en LaSalle Norte. Tomé un autobús hasta Van Burén y luego cogí el tren elevado del Dan Ryan: me llevaría a través del Loop mucho más rápido que cualquier taxi a esa hora del día. Eran justo las cuatro y media cuando bajé en Clark y caminé tres manzanas hasta el edificio de Cray. Esperaba que hubiese aún alguien en la oficina, aunque no estuviese el propio Cray.

Iba a contracorriente de los trabajadores que regresaban a sus casas. Dentro del vestíbulo, tuve que pegarme a la pared y colarme de espaldas en el ascensor entre el tropel que salía. Subí maravillosamente sola hasta el piso veintiocho, y avancé sobre la suave alfombra gris hasta la suite 2839. Su maciza puerta de madera ostentaba simplemente "Administración de Fincas". Probablemente dirigían tal cantidad de pequeñas empresas desde ahí que no podían poner en la puerta una lista con todos los nombres.

El pomo no giro bajo mi presión, así que probé un timbre discretamente encastrado en el panel de la derecha. Tras una larga pausa, una voz cascada preguntó quién era.

– Estoy interesada en invertir en Farmworks -dije-. Quisiera hablar con August Cray.

Se oyó un chasquido en la puerta. Entré en un estrecho recibidor, o más bien una celda, con un par de sillas rectas pero ninguna mesa, ni revistas -ni siquiera una ventana por la que los clientes que esperaban pudiesen mirar.

Una ventanilla con cristales corredizos permitía que los ocupantes vieran quién entraba sin exponer el cuerpo completo. Estaba cerrada cuando yo entré. Miré a mi alrededor y vi una pequeña cámara de televisión en una esquina del techo. Le sonreí y la saludé con la mano, y a los pocos segundos Star Wentzel abrió una puerta junto a la ventanilla. Su cabello rubio estaba peinado hacia atrás y recogido en un prendedor blanco adornado con piedras. Llevaba una larga y estrecha camisa que le marcaba la huesuda pelvis. Parecía una estudiante de los años cincuenta, no una participante en un fraude de desarrollo urbano.

– ¿Qué hace usted aquí? -inquirió.

Sonreí.

– Podría preguntarle lo mismo. He venido aquí a ver a August Cray, el agente registrado de Farmworks. Y me la encuentro aquí, con el duelo de su madre, pero haciendo de tripas corazón para venir a la oficina.

– No puedo devolverle la vida a mi madre quedándome en casa -dijo hoscamente-. No necesito que venga usted a decirme cómo me tengo que comportar.

– Por supuesto que no, Star. ¿Podemos entrar? Sigo queriendo hablar con August Cray.

– No está. ¿Por qué no me dice lo que quiere?

Era obviamente una respuesta automática: la recitó sin la hostilidad de sus primeras palabras. Sonreí.

– He venido a invertir en Farmworks. Es una compañía tan prometedora. He oído que van a obtener una buena parte del proyecto del nuevo estadio, y yo quiero ser millonaria, igual que Boots y Ralph.

Se pasó una mano por la huesuda cadera.

– No sé de qué está hablando.

– Entonces se lo explicaré. Vayamos a sentarnos, es un poco largo, y le van a doler los pies con esos tacones tan altos si nos quedamos hablando aquí.

Abrí la puerta y conduje a Star al despacho interior. Era una pequeña habitación con una mesa de madera clara, de un color parecido al de su pelo. Había un par de ordenadores portátiles sobre esa mesa: uno parecía idéntico al Apollo que había visto el domingo en las oficinas de Alma Mexicana. Unos archivadores de madera ocupaban las paredes sin ventanas y se extendían hasta el estrecho pasillo. Era el despacho adecuado para un trabajador.

Quité un montón de prospectos que había sobre una silla del pasillo y la metí en el despacho mientras Star se sentaba en su blando sillón giratorio tras la mesa. En su boca se dibujaba una expresión de terquedad. Contaba con tener más o menos la misma expresión.

Alzó su delgada muñeca para consultar un macizo reloj de oro.

– No tengo mucho tiempo, así que suelte su discurso y déjeme irme a casa. Mi hermana y yo tenemos que recibir esta noche a algunos de los compañeros de mamá de la parroquia.

– Es en parte por su madre por lo que he venido a verla -dije.

– Pretendió ser amiga suya, pero nadie en la iglesia había oído hablar de usted -dijo secamente.

– Es porque sólo la conocí en el reducido contexto de su trabajo con Seligman. Después del incendio del Indiana Arms, estoy segura de que está enterada de eso, ¿no es así?; estuve hablando con ella, esperando vislumbrar alguna idea sobre quién pudo provocarlo. Era obvio que ocultaba algún secreto. Y ese secreto tenía algo que ver con usted o con su hermana. Después de hablar con usted en la funeraria el lunes, estaba convencida de que el que trabajara aquí era lo que le agradaba tanto, y lo que estaba tan ansiosa por ocultar. Por eso quiero que me diga por qué no podía decir dónde trabajaba usted.

El espectro de la expresión satisfecha de su madre cruzó por su cara.

– Eso no le concierne, creo yo.

Lo dijo con un pequeño sonsonete pueril, como hablan los niños. Se me quedó en la cabeza, incitándome a actuar también como una niña. Puse ambas manos sobre la mesa y me incliné entre los dos ordenadores.

– Star, querida, quiero que tengas mucho valor, pero debes saber que tu jefe mató a tu madre.

Unas manchas rojas le inflamaron las mejillas.

– ¡Eso es mentira! Mi madre fue asesinada por un asqueroso ratero que creyó que la oficina estaba vacía y…

– Y la asaltó y robó sólo los documentos relacionados con la oferta por parte de Farmworks de comprar el Indiana Arms -la interrumpí-. A otro con ese cuento, Star. Ralph y Boots están jugando contigo. Tu madre se enteró de que yo tenía una foto tuya y temió que te relacionaran con el incendio cuando yo empezara a enseñarla por ahí. Fue a ver a Ralph y le dijo que iba a tener que contarme todo lo de esa oferta de compra: no quería que las pagaras tú en caso de que alguien pudiese vincularte con ese incendio. Y él la mató. O hizo que alguien la matara. ¿Hasta qué punto quieres proteger a esos cretinos? ¿Hasta el punto de que salgan impunes de la muerte de tu madre?

– ¡Se lo está inventando! Ralph y Gus me dijeron que era posible que viniera por aquí a ato sigarme. Me contó lo que era capaz de insinuar. Se cree muy lista, pero él es más listo que usted.

– ¿Gus? -quise preguntar, pero caí en la cuenta de que debía de ser August-. ¡Lo que está más claro que el agua es que es más listo que tú! ¿No te das cuenta de que yo no sabía que MacDonald estaba implicado en Farmworks hasta ahora, que me lo acabas de decir? Era un albur, pero he dado justo en el blanco. ¿Quieres que adivine todo lo demás que sucedió y tú sólo me dices si es cierto o falso? ¿O quieres contármelo tú misma?

Se enderezó en su sillón giratorio.

– Más vale que salga de aquí antes de que llame a la policía. Me está acosando en una oficina privada y eso va contra la ley.

– Déjame hacer otra adivinanza -alcancé su fichero giratorio y me puse a hojearlo.

– Vas a llamar al número particular de Roland Montgomery y él mandará a unos uniformados a la carrera para sacarme de aquí. Y, ¡Star! ¡Qué coincidencia! ¡Aquí está!

– Yo… no… -empezó varias veces la misma frase sin terminarla-. No tiene ninguna prueba.

– No -tuve que admitir-. Es sólo otra suposición. Pero él, o al menos Farmworks, está en el centro de una serie de hechos que más vale que no lleguen a oídos del FBI. Pero llegarán, Star, porque el Herald va a publicar toda la historia. Y entonces los federales requisarán tus archivos y te acusarán de complicidad en fraude, incendio provocado y asesinato. Y entonces ya no serás sólo una pobre huérfana, serás una pobre huérfana en la cárcel. Sólo que si un jurado se entera de que dejaste que trincaran a tu madre por tu culpa, no te van a tratar como a una pobre mujercita indefensa.