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Sal no es muy dada a las demostraciones de afecto, pero salió de detrás de la barra para abrazarme con fuerza.

– Ten mucho cuidado, Vic. Esto no me gusta nada.

– Es sin duda la mejor cosa que he hecho en mi vida -recité, intentando fanfarronear.

– Si te vas al otro barrio, no estarás en un sitio mejor del que has estado en tu vida, así que ve con tiento, ¿me oyes?

– Haré lo que pueda, Sal.

Murray se ofreció a acercarme al norte en su coche.

– Y luego tal vez recorra unas cuantas veces la manzana para ver si sigues viva.

– Cierra el pico, Ryerson -le increpó rudamente Sal-. Las bromas morbosas no encajan esta noche.

Permanecimos torpemente en silencio durante unos minutos. Un cliente tardío irrumpió en el local, rompiendo el hechizo. Murray y yo salimos mientras Sal le servía un Martini.

Murray y yo tenemos una manera de bromear entre nosotros que de alguna forma excluye una verdadera intimidad. Esa noche yo estaba demasiado nerviosa como para responder en positivo a sus bromas. Demasiado nerviosa para responder siquiera. No paré de secarme las palmas de las manos en las piernas de los vaqueros, tratando de no imaginar lo que MacDonald iba a hacer a continuación.

Capítulo 44

Vuelve un viejo amigo

Murray me dejó en la agencia de alquiler de coches de mi barrio. Esperó mientras yo comprobaba el motor, ya fuese por cortesía o en espera de otro caso de dinamita, ya que se había perdido el primero, pero no se lo pregunté. Nadie podía saber que había acudido a Bad Wheels para alquilar un coche; pero fueron mis nervios en tensión los que me hicieron mirar.

El motor del Tempo se encendió con un rugido irregular, pero no surgieron llamas de debajo del capó. Cuando Murray vio que no me convertía en humo, arrancó su destartalado Fiero y me dejó tamborileando indecisa con los dedos en el volante.

Se había puesto el sol. Quedaba luz para una media hora o así, no era tiempo suficiente para que fuese a buscar a Elena con un mínimo de seguridad. Si Michael la había encontrado y la había matado, ¿importaría mucho que su cuerpo se quedara esperando hasta por la mañana? Claro que no estaría exactamente sola: estaban todas esas ratas que había visto la semana anterior.

Me temblaron las manos y los pies al recordar la pequeña bola de pelo que había tocado cuando buscaba mi linterna en la oscuridad. Acerqué el coche hasta mi casa, aparqué en la calle Nelson al oeste de Racine, y bajé por la senda hasta la parte posterior de mi edificio.

Peppy lanzó un terrible ladrido cuando llegué a la puerta trasera. El señor Contreras apareció en la puerta de su cocina, sujetándola de la correa con la mano izquierda y con una llave de fontanero en la derecha.

– Ah, eres tú, pequeña. Avísame. Creí que tal vez alguien intentaba colarse en tu busca.

– Gracias -dije mansamente-. Sólo intentaba colarme yo misma. No quería caer en una emboscada en el hueco de la escalera.

– No tienes que preocuparte por eso. Su alteza y yo estamos muy alertas.

Soltó la correa: la perra gemía de impaciencia por darme la bienvenida. Su cola oscilaba en un amplio círculo: no era exactamente el retrato de un feroz perro guardián. La besé y le acaricié las orejas. Me acompañó hasta las escaleras danzando y subió estrepitosamente conmigo, convencida de que ése era el preludio de una carrera más larga. El señor Contreras subió penosamente detrás de nosotras tan rápido como se lo permitían sus esclerosadas rodillas.

– ¿Qué vas a hacer ahora, pequeña? -preguntó vivamente después de auto invitarse a entrar en mi apartamento.

– Estoy tratando de recordar dónde he dejado mi linterna -grité desde el dormitorio. Había rodado bajo la cama, advertí por fin. Peppy me ayudó a tumbarme para sacarla. Se comió un kleenex que encontró debajo y empezó a mordisquear un viejo calcetín de correr que estaba medio sepultado bajo la ropa de cama.

– De rechupete, ¿verdad? -se lo quité y volví a la cocina.

– Quiero decir que adonde vas -preguntó severamente el viejo cuando me vio comprobar el cargador de mi pistola.

– Sólo a ver si puedo localizar a mi tía. Me preocupa que pueda estar muerta, tirada en uno de esos edificios vacíos de detrás de la plaza McCormick -por cierto, ella había salido del hospital encontrándose mal, podía haber muerto sin que nadie hubiese movido un solo dedo. O podía estar allí tirada, inconsciente.

– Voy contigo, vamos la princesa y yo -su mandíbula adquirió una expresión de terquedad.

Abrí la boca para discutir con él, y volví a cerrarla. Era la tarea perfecta para que recobrase su buen humor conmigo: podía presenciar la acción sin causar ningún estropicio grave. No sólo eso, sino que Peppy podría matar a las ratas. Acepté amablemente su escolta y fui recompensada con una amplia sonrisa y una sonora palmada en mis aún débiles hombros.

– Pero deje de esgrimir esa llave -le advertí, mientras cerraba la cancela de la puerta de la cocina-. Recuerde que está bajo juramento de paz por esa cosa.

Se la colgó decorosamente en una de las presillas del pantalón y se dirigió muy contento por el callejón hasta el coche conmigo. Durante todo el trayecto hasta la calzada del Lago y la salida a la plaza McCormick no dejó de charlar animosamente.

– Sabes, tu Chevy sigue aún frente a la casa con el capó levantado. Nadie ha querido tocarlo. Traté de hacer que ese chico, el de la grúa, se lo llevara, pero es demasiado gallina. Le dije: "Deja que lo haga yo. Yo lo engancho y te lo llevo al taller, eres demasiado miedica para hacerlo", pero salió como alma que lleva el diablo, si entiendes lo que quiero decir.

– Entiendo exactamente lo que quiere decir.

Además de tener el volante más rígido que el cuello de una camisa de las de antes, el Tempo rugía bastante fuerte. En Bad Wheels no les prestaban mucha atención a los motores exhaustos. "Conduzca Hasta Rendirlos" era su divisa. El ruido me ahorró gran parte de la conversación del señor Contreras hasta que aparqué en Prairie.

Peppy estaba emocionada por formar parte de la expedición. Tiraba de la correa, olisqueaba cada montículo de escombros, investigaba cada montón de basura con la solemnidad de Heinrich Schliemann. El señor Contreras era sólo un pelín menos entusiasta comentando la decrepitud general que nos rodeaba.

– Ha habido un montón de incendios por aquí.

– Aja -dije brevemente. Como Elena era una criatura de costumbres más bien repetitivas, lo más probable es que hubiese elegido un lugar cercano al Indiana Arms, como hizo al elegir el Prairie Shores. Sólo pensaba mirar uno o dos de ellos a la luz que rápidamente se desvanecía. El resto podría esperar hasta por la mañana.

Entramos primero en el almacén que estaba a dos puertas del esqueleto del antiguo hotel. La llave del señor Contreras resultó útil para romper las tablas que sellaban la puerta -cosa que me fastidió, ya que ahora sería imposible conseguir que la dejara en casa en el futuro.

Una vez dentro, dejamos que Peppy tomara el mando. Para ella fue como un día de campo cazando ratas. Saqué mi pistola por si acaso alguna de ellas se le revolvía, pero había las suficientes vías de escape como para que no se pusieran belicosas. Tras cinco o diez minutos de deporte, la llamé y la sujeté junto a mí mientras exploraba el resto del local.

Las paredes interiores estaban derruidas, facilitando el paso de una habitación a otra sin necesidad de buscar las puertas. Había cascotes por todos lados. De las vigas desnudas del techo colgaban cables eléctricos. Al tropezar con uno de ellos solté un grito ahogado, se parecía tanto a una mano pasándome por el pelo. El señor Contreras avanzó con dificultad sobre las tablas podridas para ver qué pasaba.