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Más allá del Umbilical, en la dirección del disco poniente de Mandel, se alzaba una cadena de montañas bajas, de color gris morado en el aire polvoriento. Los picos tenían un tamaño regular y una separación curiosamente uniforme. Por su forma y su perfil escarpado, debían de ser volcánicos. Pero él no alcanzaba a ver ninguna nube de humo sobre ellos, ni tampoco evidencia alguna de que hubiese fluido lava. Miró con más atención. Bajo sus pies, el suelo era uniforme y estaba libre de fisuras, sin que el crecimiento de las plantas mostrase brechas que diesen testimonio de un reciente fracturamiento de la superficie.

¿Así que éste era el grandioso y terrible Sismo? Rebka había dormido tranquilo en lugares diez veces más peligrosos. Sin decir palabra, comenzó a caminar hacia el lago.

Perry corrió tras él.

—¿Adonde va? —Estaba nervioso, y no era una tensión disimulada.

—Quiero echar un vistazo a esos animales. Si es prudente hacerlo.

—Debería serlo. Pero permítame ir delante. —La voz de Perry sonaba agitada—. Yo conozco el terreno.

Muy considerado de tu parte, pensó Rebka. Aunque en este terreno no veo nada que requiera conocerse. A intervalos, el suelo estaba marcado por afloramientos ígneos y grava basáltica, señal segura de antigua actividad volcánica, por lo que resultaba difícil caminar. Pero Rebka no tendría más problemas que Perry para recorrerlo.

A medida que se acercaban al agua, las condiciones del suelo fueron mejorando. Allí se extendía un manto de césped verde oscuro que había logrado crecer sobre las rocas secas. Unos animales pequeños, todos invertebrados, se escabulleron para ocultarse de los dos extraños. Los herbívoros se mantuvieron firmes hasta que los hombres estuvieron a unos pocos metros de distancia. Entonces se marcharon hacia el lago sin ninguna prisa. Eran criaturas de lomos redondeados con una simetría radial, de múltiples patas y con bocas ubicadas alrededor de toda su periferia.

—Usted sabe qué es lo que me confunde, ¿verdad? —preguntó Rebka de pronto. Perry meneó la cabeza—. Todo esto. —Señaló la vida vegetal y animal que los rodeaba—. Usted insiste en que los humanos no deben venir a Sismo estando próxima la Marea Estival. Dice que no podremos sobrevivir aquí. Y se supone que yo debo informar a Julius Graves y a los demás de que no les está permitido efectuar la visita, con lo que se perderá una fuente de ingresos para Dobelle. Pero ellos sí permanecen aquí. —Señaló a los animales que se dirigían lentamente a la orilla—. Al parecer ellos no tienen problemas para sobrevivir. ¿Qué hacen que no podamos hacer nosotros?

—Dos cosas. —Habían llegado a la costa del lago. Por algún motivo, Perry había perdido su nerviosismo—. Antes que nada, evitan la superficie de Sismo durante la Marea Estival. Los animales del planeta o bien mueren antes de que llegue la Marea Estival, y sus huevos se abren cuando el verano ha pasado, o bien pasan el estío en estado de letargo. Todos esos herbívoros son anfibios. En pocos días más se internarán en los lagos, excavarán el lodo del fondo y dormirán hasta que sea prudente volver a salir. Nosotros no podemos hacer eso. Ni usted ni yo, al menos. Tal vez puedan los cecropianos.

—Podríamos hacer algo parecido… Crear habitats bajo los lagos.

—Muy bien. Es posible. Pero no creo que Darya Lang y los demás estén de acuerdo con ello. De todos modos, eso es sólo la mitad de la historia. He dicho que hacen dos cosas. La otra es que se reproducen rápido. Una gran carnada nueva cada estación. Nosotros podríamos aparearnos todo lo que quisiéramos, todos los días, y nunca lograríamos equiparar eso. —La sonrisa de Perry no mostraba ningún humor—. Para ellos eso es imprescindible aquí. En Sismo la tasa de mortalidad de animales y plantas es de un noventa por ciento al año. La evolución ha hecho que se adaptaran al máximo. De todos modos, nueve de cada diez morirán durante la Marea Estival. ¿Está dispuesto a correr un riesgo semejante? ¿Está dispuesto a permitir que Darya Lang y Julius Graves lo corran?

Era un argumento muy fuerte, siempre y cuando Rebka aceptase las afirmaciones de Perry sobre la violencia de la Marea Estival. Y hasta el momento no estaba convencido. Una gran aproximación con Mandel provocaría enormes terremotos sobre Sismo. Nadie podía dudar de eso. Pero no estaba claro hasta qué punto aquellos terremotos cansarían daños en la superficie. La flora y la fauna de Sismo habían sobrevivido durante más de cuarenta millones de años. Y eso incluía a una docena de Grandes Conjunciones, aunque no hubiese habido humanos para observarlas. ¿Por qué motivo no habrían de sobrevivir a otra más sin problemas?

—Vamos.

Hans Rebka había tomado su decisión. Mandel estaba a punto de ocultarse, y él quería abandonar el planeta antes de que tuviesen que depender del tenue resplandor de Amaranto. Estaba convencido de que Perry no le había dicho todo; de que el hombre tenía sus propios motivos para mantener a la gente alejada de Sismo. Pero, aunque Max Perry tuviese razón, Rebka no podía justificar el cierre del planeta. No existían suficientes evidencias de peligro para enviarlas al gobierno del Círculo Phemus. Todos los argumentos parecían indicar lo contrario. Era posible que los animales autóctonos tuviesen problemas para soportar la Marea Estival; pero ellos no contaban con los conocimientos y los recursos humanos. A juzgar por lo que Rebka veía, él mismo hubiese estado dispuesto a pasar allí la Marea Estival.

—Tenemos el deber de comunicar a la gente los riesgos que existen —continuó—. Pero no somos sus guardianes. Si ellos deciden venir aquí, conociendo los peligros, no deberíamos impedírselo.

Perry no parecía escucharlo. Miraba a su alrededor con el ceño fruncido, del cielo al suelo y de allí a las colmas distantes.

—Es imposible que esto ocurra, ¿sabe? —dijo. Su voz sonaba perpleja—. ¿Adonde está yendo?

—¿Adonde está yendo qué? —Rebka se encontraba listo para partir.

—La energía. Las fuerzas de las mareas bombean energía… de Mandel, Amaranto y Gargantúa. Y ni un ápice de ella se está liberando. Lo que significa que debe de haber una monstruosa acumulación interna…

Fue interrumpido por un destello de luz rojiza al oeste. Ambos hombres se volvieron hacia allí y vieron que entre ellos y la esfera poniente de Mandel había aparecido una línea oscura de fuentes que despedían fuego y se alzaban de las montañas distantes.

Segundos después llegó la onda sonora; aunque el temblor de tierra vino más tarde, los animales no esperaron. Ante el primer destello, avanzaron hacia el agua, moviéndose mucho más rápido de lo que Rebka había imaginado que pudiesen.

—¡Cuidado! ¡Comenzarán a volar las piedras! —Perry gritaba por encima de un rugido parecido a un trueno. Señaló las montañas—. Algunas de ellas están fundidas. Aquí somos un blanco fácil. Vamos.

Comenzó a correr hacia el Umbilical mientras Rebka vacilaba. La hilera de erupciones era curiosamente ordenada. La nube oscura irrumpía con precisión de cada tercer pico. Echó un rápido vistazo en el otro sentido —¿sería el agua un mejor refugio?— y luego siguió a Perry. El suelo comenzó a sacudirse, a oscilar de un lado a otro hasta que Rebka estuvo a punto de perder el equilibrio. Sintió que debía ir más despacio hasta que una masa de eyección ardiente, una roca semifundida del tamaño de un coche aéreo, voló por el aire y cayó siseando a veinte metros de él.

Perry ya estaba en la cápsula al pie del Umbilical y sostenía abierta la portilla de ingreso.

Rebka se introdujo por ella de cabeza, sacrificando la dignidad por la velocidad.

—Muy bien. Ya estoy. ¡Adelante!

Perry corrió escaleras arriba hasta la cabina de control y observación, y el coche comenzó a elevarse antes de que Rebka hubiese recobrado la calma. Pero, en lugar de asegurar la compuerta y seguir a Perry, regresó a la portilla de entrada y la dejó abierta unos centímetros para mirar el exterior.