Al frotarlos, sus ojos ardieron aún más. Todavía no podía ver nada.
—Dios, qué desastre. —Otra vez hablaba el hombre. Hubo un ligero resplandor frente a ella, como la luz de una antorcha vista con los ojos cerrados—. Allie, hay tres aquí adentro…, según creo. Dos de ellos son alienígenas y están entrelazados. Hay jugo de insecto por todas partes. No alcanzo a distinguir qué es qué y no me atrevo a tocarlos. Envía una llamada de socorro; trata de ver si cerca de aquí hay alguien que sepa algo sobre la anatomía de estos seres.
Hubo una respuesta distante e ininteligible.
—Diablos, no lo sé. —La voz sonaba más cerca—. No se mueve nada… Podrían estar todos muertos. No puedo esperar. Están cubiertos de aceite negro. Una llama y se convertirán en tostadas.
Conversaciones lejanas, difusas. Más de una persona.
—No importa. —La voz estaba directamente a su lado—. Tengo que sacarlos. Que alguien entre aquí y me ayude.
Las manos que sujetaron a Darya no tuvieron la intención de ser rudas. Pero, cuando tocaron su hombro y su cuello, múltiples galaxias de dolor desfilaron frente a sus ojos. Darya lanzó un grito, un alarido de las profundidades de su garganta que salió como el maullido de un gatito.
—¡Bien! —Las manos la sujetaron con más fuerza—. Ésta está viva. Ya salgo.
Darya fue arrastrada boca abajo entre una maraña de lodo, raíces y helechos. Su boca se llenó de un musgo viscoso y de sabor desagradable, provocándole dolorosas arcadas. Mientras, una raíz prominente se clavaba en su clavícula rota, de pronto algo le vino a la mente: ¡no era necesario que permaneciese despierta para algo tan indigno!
La oscuridad la envolvió. Era hora de dejar de luchar, hora de descansar, hora de escapar hacia el consuelo de la negrura.
Aunque a Darya le había costado un día aprenderlo, finalmente estuvo segura: el diálogo entre humanos y cecropianos era imposible sin la ayuda de J’merlia o de otro intermediario lo’ftiano; pero la comunicación era. factible. Y podía resultar muy significativa.
El rígido dermatoesqueleto de los cecropianos hacía que la expresión facial fuese imposible en un sentido humano. Sin embargo, el lenguaje del cuerpo era empleado por ambas especies. Sólo tenían que descubrir los códigos de movimiento de cada una.
Por ejemplo, cuando Atvar H’sial confiaba en que conocía la respuesta que Darya daría a determinada pregunta, se echaba un poco hacia atrás. Con frecuencia también levantaba una o ambas patas delanteras. Cuando no conocía la respuesta y estaba ansiosa por escucharla, la delicada trompa se replegaba… sólo un poco. Y cuando estaba verdaderamente entusiasmada —o preocupada; resultaba difícil reconocer la diferencia— por un comentario o una pregunta, los vellos y pelusas de sus largas antenas en abanico se erizaban de inmediato.
Tal como había ocurrido, de un modo impresionante, cuando Julius Graves entró en escena.
Darya tenía información sobre el Consejo —todos la tenían—, pero había estado demasiado preocupada con sus propios intereses para prestarle mucha atención. Sus funciones todavía le resultaban algo vagas, aunque sabía que estaban relacionadas con cuestiones éticas.
—Pero se supone que todos somos imprecisos, profesora Lang —le había dicho Graves.
Le dirigió una sonrisa que su gran cabeza esquelética convirtió en algo positivamente amenazador. No estaba claro cuánto hacía que había aterrizado en el espaciopuerto de Estrellado, pero sin duda había decidido visitarla en un momento inoportuno. Ella y Atvar H’sial habían mantenido una conversación preliminar y se disponían a entrar en el quid de la cuestión: ¿quién haría qué, por qué y cuándo?
—Todo el mundo es poco definido —continuó Graves—, excepto aquellos cuyas acciones hacen necesario al Consejo.
Darya estuvo segura de que su rostro volvía a traicionarla. Lo que estaba a punto de hacer con la cecropiana no era asunto del Consejo; no había nada poco ético en engañar a la burocracia si era por una buena causa científica, incluso aunque esa causa no hubiese sido revelada ante ninguna persona de Ópalo. ¿Qué otra cosa hacían los miembros del Consejo?
Pero Graves la miraba con aquellos brumosos ojos celestes que parecían de un loco, y ella estaba segura de que podían leer la culpa en los suyos.
Si no era así, ¡seguramente podría detectarla en Atvar H’sial! Las antenas estaban erguidas como largos cepillos, y hasta J’merlia casi farfullaba en su ansiedad por decir las palabras.
—Más tarde, estimado Consejero. Estaremos encantadas de encontrarnos con usted más tarde. Por el momento, tenemos un urgente compromiso previo.
Atvar H’sial llegó a coger la mano de Darya Lang con una de sus zarpas articuladas. Mientras la cecropiana la arrastraba hacia la puerta. ¡Hacia fuera, donde llovía a cántaros! Darya notó por primera vez que la almohadilla inferior de la zarpa estaba cubierta de vellos negros, como pequeños ganchos. Darya no hubiese podido soltarse, aunque hubiera estado dispuesta a hacer una escena frente a Julius Graves.
Era otro vestigio de algún lejano ancestro volador de Atvar H’sial, de alguien que tal vez había tenido que aferrarse a los árboles y rocas.
Bueno, ninguno de nosotros ha salido directamente de la cabeza de los dioses, ¿verdad?, reflexionó. A todos nos quedan pequeñas piezas dejadas por la evolución. De forma automática, Darya se miró las uñas. Estaban sucias. Al parecer ya se estaba dejando llevar por las desagradables costumbres de Ópalo y Sismo.
—¿Adonde vamos? —preguntó en un susurro.
Julius Graves hubiese necesitado un oído fenomenal para distinguir sus palabras por encima del sonido de la lluvia. Con todo, Darya estaba segura de que las miraba partir. Sin duda se preguntaba adonde iban y por qué, con ese clima tan horrible. Se sentía mucho mejor sin su presencia.
—Hablaremos de ello en un momento. —Mientras recibía el beneficio directo de las feromonas nerviosas de Atvar H’sial, J’merlia avanzaba a saltitos como si la explanada húmeda del estacionamiento de coches hubiese estado ardiendo. La voz del lo’tfiano tembló de premura—. ¡Entra en el coche, Darya Lang! ¡Entra!
¡En realidad ambos se disponían a alzarla para introducirla!
—¿Quieren que Graves piense que está ocurriendo algo ilegal? —le susurró a Atviar H’sial, apartando sus zarpas—. ¡Cálmense!
Su reacción hizo que se sintiera un poco superior. Las cecropianas tenían reputación de ser seres claros y racionales. Muchos —incluyendo a ellos mismos— decían que eran muy superiores a los humanos en cuanto a su capacidad intelectual y su rendimiento. Sin embargo, allí estaba Atvar H’sial, tan agitada como si hubiesen estado planeando un gran crimen.
Los dos alienígenas se apretujaron tras ella en el coche, empujándola hacia delante.
—Tú no lo comprendes, Darya Lang. —Mientras Atvar H’sial cerraba la puerta, J’merlia la empujaba hacia el asiento del piloto—. Éste es tu primer encuentro con un miembro de un consejo importante. No se puede confiar en ellos.
Se supone que deben limitarse a las cuestiones éticas, ¡pero no lo hacen! No tienen vergüenza. Creen que tienen derecho a meterse en todo, incluso en cosas que no son de su incumbencia. ¡No podíamos mantener una conversación con Julius Graves presente! Sin duda hubiese interferido y arruinado todo lo que hemos planeado. Debemos alejarnos de él. Rápido.
Mientras J’merlia hablaba, Atvar H’sial hacía señas desesperadas para que Darya despegase… hacia las nubes tormentosas que cubrían medio cielo de forma ominosa. Darya las señaló, pero entonces comprendió que, con su detección por ultrasonidos, a esa distancia la cecropiana no «vería» absolutamente nada. Incluso con aquellos increíbles oídos, el mundo de Atvar H’sial se hallaba limitado a una esfera de no más de cien metros de diámetro.