—El clima es muy malo… por allí, hacia el este.
—Entonces vuela hacia el oeste —dijo J’merlia—. O al norte o al sur. Pero vuela. —El lo’tfiano estaba agazapado en el piso del coche, mientras Atvar H’sial apoyaba su cabeza contra la ventanilla lateral, mirando a la nada con su rostro ciego.
Darya elevó el coche en un giro empinado, escapando hacia las nubes más ligeras que había en la lejanía sobre su izquierda. Si lograba colocarse por encima de ellas, el coche podría circular durante muchas horas.
¿Cuántas? No era lo suficientemente sagaz para saberlo. Lo mejor sería continuar ascendiendo, alejarse de la tormenta y buscar un lugar tranquilo donde aterrizar al borde de la Eslinga.
Dos horas después debió abandonar esa idea. La fuerza del viento no aminoraba. Habían volado hasta el borde de la Eslinga y dado vueltas a su alrededor, buscando otro lugar donde aterrizar. No habían encontrado ninguno. Y, peor que eso, la masa negra de grandes tronadas los perseguía. Un muro sólido de gris cubría las tres cuartas partes del horizonte. En el coche la radio informaba sobre una tormenta nivel cinco, pero no se molestaba en definirla. Mandel se había ocultado, por lo que volaban sin más iluminación que la luz furiosa de Amaranto.
Darya se volvió hacia Atvar H’sial.
—No podemos permanecer aquí arriba para siempre, y no quiero dejar las cosas para el último momento. Voy a elevarme más para quedar por encima de la tormenta. Entonces regresaremos. El mejor sitio para aterrizar es el lugar de donde partimos.
Atvar H’sial asintió con complacencia cuando el mensaje le fue transmitido por J’merlia. La tormenta no producía ningún temor a la cecropiana… tal vez porque no podía ver las nubes negras y rápidas que exhibían su fuerza. Sus preocupaciones continuaban con Julius Graves.
Mientras volaban, Atvar H’sial le explicó todo su plan a través de J’merlia. En cuanto regresase el capitán Rebka, conocerían la respuesta oficial a su propósito de visitar Sismo. Si el permiso les era negado, se dirigirían inmediatamente a Sísmico, en un coche aéreo cuyo alquiler ya estaba pagado. Éste los aguardaba en la pequeña pista de otra Eslinga, no muy lejos del espaciopuerto de Estrellado. Para llegar hasta allí, alquilarían un coche local, uno cuyo alcance sería tan limitado que Rebka y Perry jamás imaginarían que se proponían llegar tan lejos.
Con J’merlia como intérprete, Atvar H’sial había podido realizar todos esos arreglos sin dificultad. Lo que no podía hacer, la única tarea para la cual Darya Lang era absolutamente esencial, era tomar una cápsula en el Umbilical.
Atvar H’sial expuso sus razones, mientras Darya la escuchaba con medio oído y luchaba contra la tormenta. Ninguna cecropiana había visitado Ópalo jamás. La aparición de una en Sísmico, tratando de abordar una cápsula del Umbilical, provocaría preguntas de inmediato. No les otorgarían permiso sin verificar los pases, lo que las conduciría de vuelta a Rebka y a Perry.
—Pero tú —dijo J’merlia—, tú serás aceptada de inmediato. Ya te tenemos preparados los documentos correctos. —La trompa de Atvar H’sial se estiró un poco. La cecropiana estaba apoyada sobre Darya, con los miembros delanteros unidos en una posición que parecía una plegaria—. Tú eres una humana… y eres una mujer.
Como si eso hubiese servido de algo. Darya suspiró. Tal vez la comunicación completa entre las especies fuese un imposible. Aunque se lo había dicho tres veces, la cecropiana parecía no poder aceptar el concepto de que entre los humanos las mujeres no eran el incuestionable género dominante.
Darya se dispuso a ganar altura. Esta no era una tormenta menor. Debían alejarse de aquellas nubes antes de iniciar el descenso. A pesar de que el coche era fuerte y estable, a ella no le gustaba nada la tarea que le aguardaba.
—Y conocemos las secuencias de control empleadas para ascender el Umbilical —continuó J’merlia—. En cuanto nos hayas conseguido permiso para acceder a la cápsula, nada se interpondrá entre nosotras y la superficie de Sismo.
Aquellas palabras trataban de alentar a Darya y calmar cualquier preocupación. Curiosamente, surtieron el efecto opuesto. Darya comenzó a preocuparse. La cecropiana había llegado a Ópalo después que ella… ¿y, sin embargo, ya tenía preparados los documentos falsos? ¿Y ya conocía todas las secuencias que controlaban el Umbilical? ¿Quién se los había entregado?
—Dile a Atvar H’sial que tendré que pensar en todo esto antes de tomar una decisión.
Tenía que pensar y averiguar varias cosas antes de comprometerse a viajar a Sismo junto a Atvar H’sial. La cecropiana parecía saberlo todo respecto a Dobelle.
Excepto, posiblemente, los peligros de las tormentas en Ópalo.
Estaban descendiendo. La turbulencia era atemorizante. Darya escuchaba y sentía gigantescas ráfagas de viento que golpeaban contra el coche. Razón para que la estabilización automática hiciese bien el trabajo. Ella no era ninguna superpiloto.
Atvar H’sial y J’merlia parecían bastante serenos. Tal vez, al ser seres que descendían de ancestros voladores, tenían una perspectiva más confiada de los viajes por aire.
Darya nunca conseguiría algo semejante, de eso estaba segura. Tenía un nudo en el estómago. Se encontraban entre las nubes y bajaban hacia una tempestad de lluvia más violenta que cualquiera que hubiese visto en Puerta Centinela. Con una visibilidad menor a cien metros y sin ninguna guía, debía confiar en los faros del sistema de aterrizaje automático en Estrellado.
Suponiendo que éste funcionase, en medio de semejante aguacero.
Por la ventana delantera no se veía más que lluvia. Habían estado descendiendo durante un largo rato…, demasiado largo. Darya trató de calmarse y observó el tablero de controles. Altitud, trescientos metros. Diagonal de distancia con el faro, dos kilómetros: Debían encontrarse a segundos del aterrizaje. ¿Pero dónde estaba la pista?
Darya alzó la vista del panel y durante un par de segundos alcanzó a ver las luces de aproximación. Estaban en el lugar apropiado. Redujo la potencia y el coche se deslizó hacia la línea brillante. Las ruedas rozaron el suelo un instante. Entonces una ráfaga transversal golpeó contra el vehículo, lo alzó y lo tumbó hacia un costado.
Todo comenzó a transcurrir a cámara lenta.
El coche cayó. Darya vio que un ala tocaba la tierra mojada de lluvia…
… la observó trazar un surco, curvarse y combarse…
… la oyó quebrarse en dos…
… sintió el comienzo de la primera vuelta del coche…
… y supo, sin lugar a dudas, que la mejor parte del aterrizaje había pasado.
Darya no perdió el conocimiento en ningún momento. Estaba tan convencida de eso que, después de un rato, su cerebro ya se había formado una explicación de lo que ocurría. Era simple: cada vez que cerraba los ojos, incluso por un momento, alguien cambiaba el decorado.
Primero, la angustia y el oprobio de ser arrastrada por el suelo húmedo y accidentado. Allí no había ningún decorado, porque sus ojos no estaban funcionando.
(parpadeo)
Estaba tendida boca arriba, mientras alguien se inclinaba sobre ella y le pasaba una esponja por la cabeza.
—Mentón, boca, nariz —decía una voz—. Ojos. —Y un terrible dolor—. Parece fluido de transmisión. —No le estaba hablando a ella—. Está bien; no es tóxico. ¿Podrás arreglártelas con los otros?
—Sí —dijo otro hombre—. Pero el grande tiene una raja en el caparazón. Gotea suciedad, y no podemos suturar. ¿Qué debo hacer?
—¿Colocarle una cinta, tal vez? —Una forma oscura se alejó de ella. Unas frías gotas de lluvia cayeron sobre sus ojos doloridos.