Выбрать главу

—Muy bien. Nos detendremos aquí. —Graves cogió la máquina grabadora y se volvió hacia Elena y Geni Carmel—. Tendrá que haber una investigación y un juicio allá en Shasta, bajo condiciones controladas, y también una audiencia en Miranda. Pero os aseguro que lo que me habéis dicho es suficiente para establecer inocencia de intención. Matasteis por accidente, sin saber que estabais matando, cuando estabais aterrorizadas y medio dormidas. Todavía hay un misterio para mí: por qué escapasteis. Pero esa explicación puede esperar. —Se levantó—. Ahora debo poneros a ambas bajo mi custodia. Desde este momento, estáis bajo arresto. Tenemos que abandonar este lugar.

Las gemelas intercambiaron una rápida mirada.

—No iremos —dijeron al unísono.

—Debéis hacerlo. Estáis en peligro. Todos lo estamos.

—Nos quedaremos aquí y correremos el riesgo —insistió Elena.

—No comprendéis —replicó Graves, frunciendo el ceño—. El comandante Perry puede brindaros más detalles, pero yo os lo diré brevemente: aunque os sintáis seguras en este momento, si permanecéis en Sismo no podréis sobrevivir a la Marea Estival de ninguna manera.

—Entonces déjenos. —Elena Carmel estaba a punto de llorar—. Nos quedaremos. Si morimos, será suficiente castigo como para satisfacer a todos.

Graves suspiró y volvió a sentarse.

—Comandante Perry, debe irse. Vuelva con los demás y despegue. Yo no puedo partir.

Perry permaneció de pie, sacó un arma portátil de abajo del cinturón y apuntó a las dos hermanas.

—Esto puede matar, pero también puede ser utilizado para producir aturdimiento. Si el consejero está de acuerdo, las llevaremos al coche inconscientes.

Las jóvenes miraron el arma con aprensión. Graves negó con la cabeza.

—No, comandante —dijo con fatiga—. No es ninguna solución. Usted sabe que jamás lograríamos subirlas por la ladera. Yo me quedaré. Usted debe partir y decirle a J’merlia y a Kallik lo ocurrido. —Se reclinó y cerró los ojos—. Márchese rápido, antes de que sea demasiado tarde.

Un trueno distante pareció apoyar sus palabras. Perry alzó la vista, pero no se movió.

—Decidme por qué —continuó Graves. Abrió los ojos, se levantó lentamente y comenzó a caminar por la tienda—. Decidme por qué no queréis regresar conmigo. ¿Pensáis que soy vuestro enemigo… o que los gobernantes de la Alianza son unos monstruos crueles? ¿Creéis que todo el sistema de justicia está dispuesto a atormentar y torturar a unas jóvenes? ¿Que el Consejo toleraría cualquier clase de maltrato hacia vosotras? Si sirve de algo, puedo daros mi promesa personal de que si venís conmigo no resultaréis lastimadas. Por favor, decidme a qué le tenéis tanto miedo.

Elena Carmel dirigió una mirada inquisitiva a su hermana.

—¿Podemos? —Y entonces, cuando Geni asintió con la cabeza, comenzó a hablar—. Habría tratamiento para nosotras. Rehabilitación. ¿No es verdad?

—Bueno, sí. —Graves se detuvo—. Pero sólo para ayudaros. Borraría el dolor del recuerdo… No querréis pasar el resto de vuestras vidas reviviendo esa noche sobre Pavonis Cuatro. La rehabilitación no es un castigo, es una terapia. No os hará daño.

—Usted no puede garantizar eso —dijo Elena—. ¿No se supone que la rehabilitación ayuda con los problemas mentales…, con cualquier problema mental?

—Bueno, aunque siempre está enfocada hacia un incidente o dificultad particular, ayuda en todos los aspectos.

—Incluso con un problema que nosotras no consideramos un problema. —Geni Carmel tomó la iniciativa por primera vez—. La rehabilitación nos volvería más «cuerdas». Pero nosotras no somos cuerdas; al menos según la definición que emplearía el Consejo.

—Geni Carmel, no tengo idea de qué estáis hablando. Nadie es completamente cuerdo. —Graves suspiró y se frotó su cabeza calva—. Y yo menos que nadie. No obstante, me sometería a la rehabilitación, si fuera necesario.

—Pero supongamos que tiene un problema del cual no desea curarse —insistió Elena—. Algo que fuese para usted más importante que ninguna otra cosa en el mundo.

—No estoy seguro de poder imaginar algo semejante.

—¿Lo ve? Y usted representa el pensamiento del Consejo —dijo Geni—. El pensamiento de la especie humana.

—Vosotras también sois humanas.

—Pero somos diferentes —replicó Elena—. ¿Alguna vez ha oído hablar de Mina y Daphne Dergori, de nuestro mundo de Shasta?

Hubo una pausa.

—No —respondió Graves confundido—. ¿Debí haberlo hecho?

—Son hermanas —replicó Elena—. Hermanas gemelas. Las conocemos desde que éramos pequeñas. Son de nuestra edad. Tenemos muchas cosas en común. Ellas y toda su familia sufrieron un accidente con una nave espacial. Casi todos murieron. En el último momento, Mina, Daphne y tres niños más fueron arrojados a la pinaza por un miembro de la tripulación y lograron sobrevivir. Cuando regresaron a casa, fueron enviadas a rehabilitación. Para ayudarlas a olvidar.

—Estoy seguro de ello. —Graves miró a Perry, quien volvía a señalar su reloj—. Y no me cabe la menor duda de que funcionó. ¿No es verdad?

—Las ayudó a olvidar el accidente. —Geni estaba pálida, y sus manos temblaban—. ¿Pero no lo comprende? Se perdieron la una a la otra.

—Las conocíamos bien —dijo Elena—. Las comprendíamos. Eran iguales a nosotras; había la misma unión entre ambas. Después de la rehabilitación, cuando volvimos a verlas…, esa unión había desaparecido. Por completo. Eran como dos personas cualesquiera.

—Y usted nos lo haría a nosotras —agregó Geni—. ¿No comprende que eso sería peor que matarnos?

Graves permaneció inmóvil unos momentos; luego, se dejó caer pesadamente en una silla.

—¿Por eso escapasteis de Pavonis Cuatro? ¿Porque pensasteis que íbamos a separaros?

—¿Y no es así? —protestó Elena—. ¿No querrán que tengamos vidas «normales» e «independientes», para que podamos vivir separadas? ¿No está incluido eso en la rehabilitación?

—Oh, Señor. —El rostro de Graves había vuelto a sus convulsiones espasmódicas. Se lo cubrió con las manos—. (Habríamos, hecho eso? ¿Sí? Sí, sí.

—Porque la unión y la dependencia mutua es algo «antinatural» —añadió Elena con amargura—. Habrían tratado de curarnos. No podemos soportar esa idea. Por eso tendrá que matarnos antes de que vayamos con usted. Así que ahora márchese y déjenos juntas. No queremos su cura. Si morimos, al menos lo haremos juntas.

Graves no parecía estar escuchando.

—Ciego —murmuró—. Ciego durante años, lleno de mi propia arrogancia. Convencido de que tenía un don. Tan seguro de que podía comprender a cualquier humano. ¿Pero puede un individuo relacionarse por completo con otro ser? ¿Existe semejante empatia? Lo dudo. —Graves se enderezó, se acercó a las dos jóvenes y extendió las manos como en una plegaria—. Elena y Geni Carmel, escuchadme. Si venís conmigo ahora y aceptáis entrar en rehabilitación por lo que ocurrió en Pavonis Cuatro, no seréis separadas. Nunca. Jamás habrá un intento de «tratar» vuestra necesidad de estar juntas o de quebrar vuestra unión. Continuaréis compartiendo vuestras vidas. Os lo juro con cada átomo de mi cuerpo, con toda mi autoridad como miembro del Consejo de la Alianza. —Dejó caer las manos y se volvió—. Sé que os pido que confiéis en mí más de lo razonable. Pero, por favor, hacedlo. Habladlo entre vosotras. El comandante Perry y yo os aguardaremos afuera. Por favor, hablad… y decidme que vendréis.

Las gemelas Carmel sonrieron por primera vez desde que Perry entrara en la tienda.

—Consejero —dijo Elena con suavidad—, tiene razón cuando dice que no comprende a las gemelas. ¿No entiende que no necesita irse y que nosotras no necesitamos hablar a solas? Ambas sabemos lo que la otra siente y piensa.