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Darya todavía no estaba convencida de que Sismo fuese tan peligroso como aseguraba Perry, y conservaba un cierto deseo de permanecer allí y explorar. Pero, después de haber volado desde tan lejos para alcanzar el Umbilical, lo sensato era utilizarlo. Miró hacia delante. Sin duda habían caminado al menos medio kilómetro.

Al no mirar por dónde iba, Darya resbaló sobre una gruesa capa de polvo, lisa y traicionera como el aceite. Frente a ella, Rebka cayó en medio de una nube de polvo, rodó y se levantó con dificultad. En lugar de seguir avanzando, se detuvo y señaló hacia arriba.

Habían emergido en una región protegida del viento. La visibilidad había mejorado notablemente. Un disco circular, velado por el polvo en suspensión, pendía sobre ellos en el cielo. Mientras lo observaban, se elevó aún más y su tamaño pareció encogerse un poco.

El grito de Rebka coincidió con el momento en que ella comprendió lo que veía.

—El pie del Umbilical. Se está levantando.

—Pero llegamos antes de lo que esperábamos.

—Lo sé. No debería ocurrir. ¡Está subiendo mucho antes de lo programado!

El Umbilical se desvanecía frente a sus ojos. Su base circular se alejaba hacia las nubes y el polvo que volaba. A su alrededor se hallaba la plataforma con los coches aéreos. Ella conocía su tamaño y trató de calcular la altura a la que se encontraban. La base debía de estar casi a un kilómetro de la superficie.

Darya se volvió hacia Rebka.

—¡Hans, nuestro coche! Si pudiéramos regresar allí y hacerlo subir…

—No funcionará. —Acercó su cabeza a la de ella—. Aunque lográramos elevar el coche, no hay ningún sitio donde aterrizar en la base del Umbilical. Lo siento, Darya. Todo esto es culpa mía. Yo hice que viniéramos, y ahora estamos varados aquí.

Hablaba más fuerte de lo necesario… Como para convertir sus palabras en un desatino, el viento había cesado por completo. El polvo del aire comenzó a atenuarse. La superficie estaba en calma. Darya alcanzó a ver el coche aéreo.

Sobre ellos, el pie de Umbilical se cernía provocativamente cerca.

Aunque era el peor momento posible para tener semejante pensamiento, Darya decidió que, con un poco de angustia en la voz, Hans Rebka se volvía más agradable que nunca. La confianza en uno mismo y la aptitud eran virtudes…, pero también lo era la dependencia mutua.

Darya señaló.

—No continúa subiendo, Hans. ¿Quién lo controla?

—Tal vez nadie. —Ya no gritaba—. Las secuencias de control pueden estar prefijadas. Tal vez se trate de Perry y Graves… Quizá lo hayan elevado para alejarse de la superficie. Es posible que lo mantengan allí; que estén esperando para ver si aparecemos. ¡Pero no podemos alcanzarlos!

—Tendremos que intentarlo. —Sin dejar de mirar al Umbilical, Darya comenzó a caminar hacia el coche resbalando sobre la capa de talco—. Vamos. Si logramos elevar nuestro coche hasta la plataforma, es posible que logremos saltar sobre ella.

Darya escuchó con asombro sus propias palabras. ¿Era realmente ella la que proponía eso? En Puerta Centinela solía evitar las alturas. Tanto a sus amigos como a su familia les decía con estremecimiento que se sentía aterrorizada por ellas. En ese momento, la perspectiva de saltar desde un coche aéreo en movimiento al Umbilical, a un kilómetro o más del suelo, no la preocupaba lo más mínimo.

Hans Rebka la siguió, pero sólo para cogerla por el brazo y obligarla a girar.

—Espera un minuto, Darya. Mira.

Otro coche aéreo se acercaba por el noroeste, justo bajo el nivel de las nubes. Venía descendiendo, hasta que, aparentemente, su piloto alcanzó a ver el Umbilical. Entonces el coche se ladeó y comenzó a ascender en una lenta y trabajosa espiral.

El pie del Umbilical había comenzado a subir de nuevo y a más velocidad. Los dos observaron con impotencia desde el suelo cómo se desvanecía entre las nubes, seguido por el coche que se elevaba tras él. Cuando ambos desaparecieron, parecía que el coche estaba perdiendo la carrera.

Darya se volvió hacia Hans Rebka.

—Pero si Graves y Perry se encuentran en el Umbilical, ¿quién está en el coche?

—Debe de ser Max Perry. No son él y Graves quienes están en el Umbilical. Éste está efectuando su retirada automática programada para la Marea Estival; sólo que la realiza antes de tiempo. Ha sido reprogramado. —Meneó la cabeza—. Pero eso tampoco tiene sentido. Perry es el único que conoce los códigos que controlan el Umbilical. —Rebka la vio palidecer—. ¿No es así?

—No. —Darya apartó la vista—. Atvar H’sial los conocía. Todos. Ya te dije que así fue como vinimos desde Ópalo. Todo esto es culpa mía. Nunca debí haber aceptado trabajar con ella. Ahora estamos varados aquí, mientras que ella se encuentra a salvo en el Umbilical.

Hans Rebka alzó la vista con furia.

—Apuesto a que sí. Esa maldita cecropiana. Mientras volábamos, me preguntaba si todavía estaría sobre Sismo. Y J’merlia debe de estar con ella. Así que los del coche deben de ser Perry y Graves.

—O tal vez las gemelas Carmel.

—No. Ellas no tenían acceso a un coche aéreo. De todos modos podemos dejar de especular. Aquí viene.

El coche emergía de entre las nubes en espiral, buscando un buen lugar donde aterrizar. Darya corrió hacia él y agitó los brazos frenéticamente. El piloto la vio y se dirigió hacia ella. El coche efectuó un brusco aterrizaje a no más de cincuenta metros, creando una pequeña tempestad de polvo con sus chorros de aire descendente.

La puerta del coche se abrió. Hans Rebka y Darya Lang observaron con asombro cómo descendían dos humanas idénticas e idénticamente vestidas, seguidas por un lo’tfiano y una polvorienta hymenopt. Los últimos en bajar fueron Julius Graves y Max Perry.

—¡Pensamos que estabas muerta!

—¡Pensamos que erais vosotros los del Umbilical!

—¿Dónde las encontraron?

—¿Cómo llegasteis aquí?

Perry, Rebka, Lang y Graves hablaban al mismo tiempo, reunidos en un estrecho círculo junto a la puerta del coche. Los dos alienígenas y las gemelas Carmel se encontraban a un costado, observando el desolado panorama que los rodeaba.

—No detectamos ninguna señal de radio en el camino —continuó Graves. Miró a Darya Lang—. ¿Tiene idea de lo que ha ocurrido con Atvar H’sial?

—No estoy segura, pero pensamos que probablemente esté allá arriba, en el Umbilical.

—No. No hay nadie allí. Aunque logramos alcanzarlo, llegamos a ver que no había cápsulas en funcionamiento. Ya se encuentra fuera del alcance de un coche aéreo. ¿Pero qué hay de usted? Pensé que Atvar H’sial la había dejado abandonada.

—Así fue. Hans Rebka me rescató. No obstante, Atvar H’sial debe de planear volver a buscarme, porque me dejó provisiones y un generador de señales.

—No fue ella. Eso fue obra de J’merlia. —Graves señaló al lo’tfiano—. Dice que Atvar H’sial no le prohibió ayudarla. Por eso lo hizo. Dice que estaba muy preocupado por usted cuando la dejaron allí y que parecía estar muy mal equipada para sobrevivir en Sismo. Luego pensó que habría muerto, porque no logramos escuchar ninguna señal de su generador. Estoy seguro de que Atvar H’sial no se proponía volver por usted. Fue abandonada para que muriera en Sismo.

—¿Pero dónde está Atvar H’sial ahora? —les preguntó Rebka.