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—Si los instrumentos dicen la verdad, muy cerca de nuestra nave.

—¿Cuan cerca?

—Diez kilómetros. Tal vez menos, incluso. Dicen que depende de cuánta potencia quede para utilizarla a modo de aerodeslizador.

Darya no dijo nada más. Diez kilómetros, cinco kilómetros, ¿qué diferencia había? Ella no podría caminar un kilómetro, ni siquiera para salvar su vida.

Pero una voz sorpresiva despertó en su interior y dijo: Tal vez sólo para salvar tu vida. Si la joven y azorada Elena Carmel puede hallar una reserva de fuerzas, ¿por qué tú no?

Antes de que pudiera discutir la cuestión consigo misma, se zambulleron entre las nubes. Un segundo después ya no hubo tiempo para darse el lujo de mantener un debate interno.

Hans Rebka pensaba que podría necesitar los vestigios de potencia que les quedasen y no estaba dispuesto a gastarlos sólo para amortiguar el descenso. El coche fue lanzado por el cielo como un corcho en una tempestad marina, pero no duró mucho tiempo. En menos de un minuto emergieron de la capa de nubes.

Todos se inclinaron hacia delante. No importaba lo que encontrasen allá abajo; no podrían volver a subir.

¿Todavía estaba allí la nave? ¿Había una superficie sólida sobre la cual pudiesen aterrizar? ¿O habían escapado a los rayos de Mandel y Amaranto sólo para morir entre la lava fundida de Sismo?

Darya miró, incapaz de responder a aquellas preguntas. Un humo denso cubría todo el suelo. Aunque suponía que se encontraban sobre las laderas de la Depresión Pentacline, podían estar en cualquier otra parte del planeta.

—Bien —dijo Rebka con suavidad, como hablando para sí mismo—, la buena noticia es que no tendremos que tomar una decisión. Mire el indicador de potencia, Max. Está en rojo. Vamos a descender, queramos o no. —Alzó la voz—. Colóquense las máscaras.

Entonces estuvieron flotando entre el humo gris azulado que se arremolinaba alrededor del coche, impulsados por unos vientos tan fuertes que hicieron que la voz de Rebka volviera a escucharse rápidamente.

—Nuestra velocidad respecto a la tierra es negativa. Descenderé lo más pronto posible, antes de que seamos lanzados nuevamente hacia el Umbilical.

—¿Dónde está la nave? —inquirió Julius Graves, sentado detrás de Darya en el estrecho compartimiento de equipaje.

—A dos kilómetros. No podemos verla, pero creo que todavía se encuentra allí. Estoy recibiendo un reflejo irregular en el radar. Como no podemos llegar hasta el afloramiento donde descansaba la nave, tendremos que aterrizar en la ladera del valle. Prepárense. Veinte metros de altitud… quince… diez… Listos para aterrizar.

De pronto el viento amainó. A su alrededor, el humo se tornó menos denso. Darya pudo ver el suelo a un costado del coche. Aunque se extendía yermo y tranquilo, por toda la ladera de la Pentacline había orificios de los que emergía vapor como el aliento de un dragón. La tupida vegetación que Darya esperaba ver en la depresión había desaparecido. No había nada salvo cenizas grises y algunos tallos marchitos.

—Un kilómetro y medio. —La voz de Rebka sonó sosegada y distante—. Cinco metros en el altímetro. La potencia se acaba. Parece que tendremos que caminar un poco. Tres metros… dos… uno. Vamos, belleza. Haz que nos sintamos orgullosos de ti.

Sólo faltaban tres horas para la Marea Estival. El coche tocó tierra sobre la humeante ladera de la Depresión Pentacline, con la misma suavidad de una mariposa nocturna.

21

Tres horas para la marea estival

Aunque Hans Rebka no estaba feliz, hay que reconocer que en las últimas horas se había sentido satisfecho.

Desde que lo asignaran a Dobelle se había sentido inseguro de sí mismo y de su trabajo. Lo habían enviado para averiguar cuál era el problema del comandante Perry y rehabilitarlo.

Sobre el papel parecía sencillo. ¿Pero qué se suponía que debía hacer exactamente? Él era un hombre de acción, no un psicoanalista. En toda su carrera no había hecho nada que lo preparase para una tarea tan imprecisa.

Ahora las cosas eran diferentes. Estaba rodeado por un grupo de alienígenas, inadaptados e inocentes, y le había sido asignada la tarea de llevar un coche sobrecargado y escaso de potencia alrededor de medio-Sismo. Ahora debería lanzar una nave de juguete hacia el espacio, antes de que el planeta los matara a todos ellos.

Podía ser una tarea imposible, pero al menos era precisa. Las reglas para llevarla a cabo no presentaban problemas. Las había aprendido mucho tiempo atrás en Teufeclass="underline" uno triunfa o muere en el intento. Hasta que uno triunfa, no se relaja jamás. Hasta que uno muere, nunca se renuncia.

Estaba cansado… Todos estaban cansados… Lo que Darya Lang había visto como un rebrote de energía era la satisfacción de liberar un montón de frustraciones reprimidas, que le había llevado hasta allí y le ayudaría a superar la Marea Estival.

En cuanto el coche tocó tierra, Rebka hizo que todos bajaran. No importaba lo peligrosa que pudiese ser la superficie. El vehículo ya no los llevaría a ninguna parte.

Rebka señaló la burbujeante ladera del valle.

—Allí es donde debemos ir. Es la dirección en que se encuentra la nave. —Entonces gritó por encima de los truenos a Max Perry, quien miraba a su alrededor con expresión ausente—. Comandante, su grupo estuvo aquí hace unos pocos días. ¿Le resulta familiar?

Perry meneó la cabeza.

—Cuando pasamos por esta zona estaba cubierta de vegetación… Allá está el afloramiento de basalto. —Señaló una masa de roca oscura, de cuarenta metros de alto, con su parte superior ennegrecida por el humo—. Debemos llegar hasta allí y escalarlo. Es donde debería de estar la nave.

Rebka asintió con la cabeza.

—¿Nos aguarda alguna sorpresa desagradable? —Cualesquiera fuesen sus defectos, Perry seguía siendo el experto en las condiciones de Sismo.

—Aún no puedo decirlo. Sismo está lleno de ellas. —Perry se agachó para apoyar la palma en el suelo—. Está bastante caliente, pero podremos caminar sobre él. Si tenemos suerte, el fuego habrá acabado con las plantas de la base del afloramiento y nos resultará más sencillo que cuando vinimos la última vez. Las cosas se ven distintas sin la vegetación. Y hace más calor…, mucho más calor.

—Entonces, vamos. —Rebka les indicó que avanzasen. El estruendo aumentaba, con lo que resultaba muy difícil mantener una conversación—. Usted y Graves delante. Luego ustedes dos. —Señaló a las gemelas—. Yo iré en la retaguardia, después de los demás.

Su tono no daba lugar a discusiones. Como el vuelo había sido un esfuerzo agotador para todos, Rebka no pensaba preguntarles si estaban en condiciones de recorrer uno o dos kilómetros por territorio difícil. Se enteraría de lo que no estaban en condiciones de hacer cuando los viese derrumbarse.

Aunque la superficie estaba tranquila cuando aterrizaron, cuando Perry y Graves comenzaron a caminar, la zona fue recorrida por un nuevo espasmo de energía sísmica. El terreno que tenían frente a ellos se quebró en pliegues longitudinales que descendían por la ladera del valle.

—Sigan adelante —gritó Graves sobre el estruendo de las rocas que se quebraban—. No podemos permanecer aquí y esperar.

Perry, que se había detenido, colocó una mano sobre el brazo de Graves para impedir su avance y se volvió para mirar a Rebka meneando la cabeza.

—Todavía no. Confluencia sísmica. Observe.

Unas ondas superficiales de diferente longitud y amplitud confluían a cincuenta pasos del grupo. Donde se cortaban, espumosas nubes de roca y de tierra saltaban por el aire. Un surco de profundidad desconocida apareció frente a ellos, se contrajo y, unos segundos después, se llenó para desaparecer por completo. Perry aguardó hasta estar seguro de que los principales movimientos terrestres habían pasado. Luego comenzó a avanzar.