Perry se encontraba en un profundo estado de conmoción —más que física, según estimaba Graves— y estaba allí de pie como un robot. No obstante, era resistente. Podía caminar, y lo haría. Por otro lado, ya no estaría en condiciones de ayudar a nadie, y si no podía utilizar las manos, tendría problemas para escalar la pendiente de roca. Sus brazos pendían a los costados de su cuerpo, quemados hasta los codos y completamente inservibles. En cuanto pasara la primera conmoción, el dolor sería terrible. Con un poco de suerte, eso ocurriría cuando todos estuvieran en la Nave de los Sueños Estivales.
Darya Lang necesitaría asistencia, sin duda. Su pie no se encontraba más quemado que los antebrazos de Perry, pero ella estaba mucho menos acostumbrada al sufrimiento físico. Ya estaba llorando por el dolor y la conmoción. Las lágrimas corrían por sus mejillas cubiertas de polvo.
Por último, estaba Geni Carmel. Aunque ella no necesitaba ayuda física, emocionalmente había quedado destruida. Apenas si parecía consciente de la presencia de los demás y no estaría en condiciones de cooperar con nada.
Rebka dictó las instrucciones de forma automática.
—Consejero Graves, usted ayude a Geni Carmel. Yo me ocuparé del comandante Perry, si lo necesita. J’merlia y Kallik tendrán que ayudar a la profesora Lang, en especial cuando comencemos a escalar. —Ahora veremos cuan resistente es Perry, pensó—. Comandante Perry, ya no podemos continuar en esta dirección para alcanzar la nave. ¿Tiene algún otro camino que sugerir?
Perry volvió a la vida. Se estremeció, bajó la vista hacia sus brazos quemados y alejó un poco la mano derecha del cuerpo. Señaló el lado izquierdo del afloramiento, moviendo el brazo como si éste se hubiese convertido en un accesorio extraño.
—La última vez que vinimos aquí, seguimos un lecho seco. Era de piedra, sin lodo en la superficie. Si logramos encontrarlo, tal vez podamos volver a seguirlo.
—Bien. Usted vaya delante.
Mientras rodeaban la mortífera zona de fango hirviente, Rebka alzó la vista hacia la cima de la roca. Aunque no se elevaba más de cuarenta metros, parecía una distancia imposible. El lecho no era empinado. Cualquier persona en condiciones podría escalarlo en treinta segundos, pero Perry emplearía eso en subir los primeros metros. Y no disponían de tanto tiempo.
Rebka avanzó hasta él y le colocó las manos sobre las caderas.
—Usted siga caminando. No se preocupe por tropezar. Yo estaré aquí. Si necesita un empujón, avíseme.
Se volvió un momento hacia atrás antes de que Perry comenzara a moverse. Julius Graves alentaba a Geni Carmel para que continuase avanzando. Ambos parecían bastante bien. J’merlia y Kallik habían renunciado a la idea de ayudar a Darya a caminar. En lugar de ello, la habían sentado sobre el lomo de Kallik, que subía por la pendiente mientras J’merlia la empujaba por detrás alentándola con una serie de silbidos.
Más allá del afloramiento, la superficie se sacudía con renovada violencia. Rebka vio cómo el coche aéreo en el que habían llegado se ladeaba y caía.
Una nube de humo negro lo envolvió y comenzó a avanzar lentamente hacia ellos.
Pon los cinco sentidos, se dijo. No mires hacia atrás ni hacia arriba.
Rebka concentró toda su atención en ayudar a Max Perry. Si el otro hombre caía, todos se irían con él.
Siguieron adelante, tropezando y resbalando sobre los guijarros sueltos. Hubo un momento crítico cuando Perry patinó y cayó boca abajo sobre la roca. Emitió un gemido al golpear sus manos quemadas contra la superficie. La piel de sus palmas se abrió. Rebka lo sujetó para que no continuase cayendo. Pocos segundos después, volvían a escalar la pendiente del lecho.
En cuanto Perry estuvo casi arriba, Rebka se volvió para ver qué ocurría atrás. Graves tenía las piernas tambaleantes, a punto de derrumbarse, 7 Geni Carmel lo sujetaba. Los otros tres todavía se encontraban a mitad de camino y avanzaban lentamente. Rebka pudo escuchar cómo Kallik chasqueaba y silbaba por el esfuerzo.
Tendrían que arreglárselas por su cuenta. Su prioridad en ese momento debía ser la nave. ¿Estaría en condiciones de funcionar y tendría la potencia suficiente para ponerse en órbita? Perry se había acercado a la Nave de los Sueños Estivales y permanecía allí frente a la puerta cerrada. Alzó las manos con frustración cuando Rebka se acercó a él. Como no podía utilizar los dedos, no tenía forma de entrar.
—Vaya a decirle a los demás que se apresuren…, particularmente a Kallik.
Rebka abrió la portilla y entonces tomó conciencia de lo pequeña que era la nave. Aunque Perry le había dicho que se parecía más a un juguete que a una nave espacial, de todos modos su tamaño fue una sorpresa desagradable. El espacio interior no era mucho más grande que el del coche aéreo.
Fue a estudiar los controles. Al menos no tendría ningún problema con ellos, incluso sin la ayuda de Kallik o de Elena Carmel. El tablero era el más simple que jamás hubiese visto.
Encendió los indicadores. La potencia era verdaderamente escasa. ¿Y si sólo alcanzaba para dar la mitad del salto hacia la órbita? Miró el cronómetro. Menos de una hora para la Marea Estival. Eso respondía a su pregunta. No tenía alternativa. Mientras los demás se introducían en la nave, él se preparó para el despegue.
Darya Lang y Geni Carmel fueron las últimas en entrar.
—Cierren la portilla —dijo Rebka, y se volvió nuevamente hacia los controles. No las observó hacer lo que les había ordenado. Tampoco había tiempo para la larga lista de verificaciones que debían preceder a un ascenso al espacio. Por la ventana delantera podía ver un manto de fuego que avanzaba hacia ellos. En pocos segundos estaría sobre la nave—. Sujétense fuerte. Nos elevamos a tres ges.
Eso si tenemos suerte, pensó. Si no… Rebka aplicó la máxima potencia de ascenso. La nave tembló y se estremeció sobre el suelo.
Durante lo que parecieron minutos, nada pasó. Entonces, mientras las llamas avanzaban hacia ellos, la Nave de los Sueños Estivales emitió un gemido, se sacudió y se elevó hacia el cielo negro y turbulento de Sismo.
22
Marea estival
Diez segundos después de que su pie se introdujera en ese hirviente fango negro, el sistema nervioso de Darya Lang quedó afectado por una muerte aparente. No sentía dolor, no sentía preocupación, no sentía tristeza.
Aunque de forma vaga sabía que Max Perry estaba más quemado que ella y que de alguna manera los guiaba por la pendiente rocosa, no alcanzaba a comprender ese nivel de esfuerzo y compromiso. Si permanecía consciente, era sólo porque no encontraba la forma de desvanecerse. Y si subió hasta la nave con el resto, fue sólo porque Kallik y J’merlia no le dejaron alternativa. La alzaron y la transportaron, cuidando de que su pie y su tobillo no tocasen el suelo.
Por desgracia, su estado de aislamiento finalizó cuando se acercaron a la compuerta de la nave. Unas punzadas de dolor comenzaron a clavarse en su pie y su tobillo mientras Kallik la depositaba suavemente en el suelo.
—Nos disculpamos con gran pesar —dijo J’merlia con suavidad, acercando sus mandíbulas oscuras al oído de Darya—. Pero la entrada sólo permite el paso de uno. Tendrás que entrar sola.
¡Le estaban pidiendo que caminase, justo cuando el dolor se volvía insoportable! Su pie quemado tendría que tocar el suelo. Comenzó a suplicarles a los alienígenas, a decirles que no podría soportarlo. Era demasiado tarde. Se encontró balanceándose sobre una pierna frente a la compuerta.
—Apresúrese —gritó Max Perry desde el interior de la nave.
Ella le dirigió una mirada de odio. Entonces vio sus manos y antebrazos, llenos de ampollas y abiertos hasta el hueso por el contacto con los guijarros y piedras durante el ascenso. Perry debía sentirse peor que ella. Darya apretó los dientes, alzó el pie izquierdo, se aferró al marco de la compuerta y saltó al interior. Apenas si había espacio para la gente que ya estaba allí. De alguna manera logró avanzar hasta la ventanilla lateral de la nave y permaneció junto a ella apoyada en una pierna.